lunes, 10 de octubre de 2011

SIMPLEMENTE OTRA HISTORIA DE AMOR

En la oscuridad de la estancia, iluminada únicamente por la luz proveniente de la pantalla de la computadora portátil, Gina estaba recargada en el respaldo de la silla, con la cabeza inclinada hacia atrás y frotándose los ojos. Cuando dejó de hacerlo se inclinó hacia la pantalla, tomó el mouse y movió el curso; pero no tenía caso, lo único que continuaba apareciendo eran titulares de noticias sobre las Olimpiadas, el Mundial de Natación, los logros individuales y de pareja, pero nada más. Gina suspiró y se pasó la mano por su cabello teñido de color café rojizo y en cuyas raíces ya se apreciaba el tono negro natural, se levantó y fue al baño.

“¡Vaya lío en el que me he metido!” pensó acongojada mientras se lavaba los dientes. Se enjuagó la boca, escupió el agua y se miró al espejo: su rosto había cambiado, probablemente por el estrés y el poco descanso que había tenido últimamente. No es que antes fuera muy hermosa, pero sus ojos color avellana, su piel blanca y su rostro redondo transmitían una indescriptible simpatía; sin embargo, su rostro estaba demacrado y parecía como si hubiera bajado drásticamente de peso; su cabello lacio estaba maltratado y con las punas quebradas; y debajo de sus ojos tenía dos grandes manchas color marrón oscuro, lo que recordaba a un mapache.

Salió del baño, el cual estaba en el extremo de un pasillo que llegaba a la estancia, y se dirigió a su habitación en el lado izquierdo del pasillo. Una vez ahí se metió en la cama sin quitarse la ropa: estaba cansada, eran las cuatro de la madrugada y al siguiente día tenía que estar a las 9 en el asilo, por lo que debía despertarse a las 7. Aguantando las lágrimas de frustración que luchaban por salir, suspiró y trató de olvidarse de sus problemas y de la idea de que probablemente no terminaría su proyecto, lo que significaba un fracaso en su vida y esa era una idea que no soportaba. Sin embargo, logró quedarse profundamente dormida.

Hacía aproximadamente tres meses que había muerto Jorge Medrano Vargas, el último conocido de los “Fantásticos de Oro”, lo que había causado conmoción en aquellas personas, niños y jóvenes ahora adultos, que vivieron esa época gloriosa para el deporte en México y que lamentablemente, 50 años después, no se había repetido un acontecimiento similar y, al contrario, parecía que los atletas y deportistas nacionales bajaban de nivel con cada nueva generación y con cada competición mundial en la que participaban.

Los “Fantásticos de Oro” era el nombre que se los medios le otorgaron a los cuatro clavadistas mexicanos que ganaron medalla de oro en todas las competiciones internacionales (Mundiales y Juegos Olímpicos) desde el 2011 en el Mundial de Natación en Shanghái hasta el del 2023 en España, en las categorías de plataforma individual y sincronizada (varonil y femenil ambas). El cuarteto lo integraban Carmen Ruíz Pedroza, fallecida a los 45 años en un accidente automovilístico; Elisa Núñez Ramírez, quien desarrolló insuficiencia renal y murió de eso hacía un año, a los 80 años de edad; Jorge Medrano Vargas, recién fallecido a los 82 años debido a la diabetes que se le diagnosticó desde los 50 años; y finalmente, Emilio Zavala Gómez, la joven promesa, desaparecido después de las Olimpiadas en el 2020.

Mientras sus compañeros tenían entre 22 y 24 años, Emilio recién había cumplido los 14 años para la competencia en Shanghái, lo que lo convirtió en uno de los clavadistas más jóvenes de la historia. Sus capacidades innatas y su carisma le permitieron ganarse rápidamente el corazón de miles de mexicanos, quienes, ante la gran promoción que en esos años se comenzó a hacer de los diversos deportes además del futbol soccer, lo identificaron como la futura promesa del deporte en el país. Fue por eso que su accidente en el 2023 y su posterior desaparición causaron en la gente gran angustia, pues nadie esperaba que un joven como él se retirara a tan corta edad y menos que no se supiera nada más de lo que pasó con él. Aquí se involucra Gina.

A los 30 años de edad, Gina Mendoza había ganado 53 reconocimientos y 20 premios monetarios por diversos documentales, cortometrajes y demás producciones audiovisuales que había realizado. Tanta entrega por realizar su trabajo le había costado el distanciamiento con sus padres y el rompimiento con el que fue su prometido, quien se cansó de tener que reprogramar constantemente la fecha de la boda porque siempre se cruzaba con los proyectos de Gina, además de que se cansó de tener una relación virtual con su pareja. Hacía dos años que no hablaban, y el único recuerdo que tenía de él era una pulsera con un crucifijo hecho de vidrio y roto. Luis, su ex novio, se lo había dado cuando comenzaron a salir y él mismo lo rompió al enojarse y aventarlo cuando su compromiso terminó.

Después de la muerte de Medrano Vargas, Gina se obsesionó con hacer un proyecto sobre la vida de los “4 Fantásticos”, enfocándose principalmente en el más joven, que era del cual no se conocía nada. Su motivación, más que las ganancias que le pudieran generar o que su padre y abuelo hubieran sido fanáticos de todos los deportes acuáticos incluidos los clavados, se debía al reto que eso representaba, a la idea de lograr aquello que varios conocidos le habían dicho era imposible, a la superación de sus propios límites. Pero después de tres meses, lo único que había encontrado eran publicaciones escritas pasadas y notas en internet sobre el accidente, y un viejo que aparentemente no tenía memoria y a quien iría a visitar al siguiente día.

Cuando a la mañana siguiente llegó al asilo, ya la esperaban una enfermera y el viejo, a quien llamaban Paul pues a eso sonaba un extraño balbuceo que hacía constantemente. El asilo había recogido a Paul hacía dos semanas en una casa abandonada después de recibir una llamada anónima que les informaba de la situación del señor. Uno de los enfermeros que acudió a la casa era conocido de Gina y sabía lo que ésta estaba haciendo, no dudo en llamarla cuando Paul comenzó a hablar de clavados y de los “Fantásticos de Oro” la primera vez que se le acercó, además de que nunca soltaba una foto de los cuatro clavadistas mexicanos.

Cuando Gina se enteró, se emocionó mucho, sin embargo, cuando se enteró de que Paul no tenía memoria y que sólo hablaba cuando estaba dentro de la casa se desanimó un poco, pero consideró que eso era mejor que nada. Además de que Paul sabía mucho de clavados y de los personajes que le interesaban a Gina, por lo que ésta no dudaba que en cualquier momento su fuente dijera algo acerca de Emilio Zavala, del accidente y de lo que pasó después. El problema sería validar la fuente, pero de eso se preocuparía después ya que lo principal era conseguir información.

La casa era de un solo piso, las ventanas estaban cubiertas de tablones de madera y la puerta parecía que se caería en cualquier momento, pues la madera cada vez estaba más astillada y rota. Las paredes verde oscuro y con grafitis no inspiraban mucha confianza, sin embargo cuando bajaron del auto, cual niño pequeño que llevan a un parque de diversiones, Paul corrió alegremente para entrar en la casa. Gina entró con tranquilidad, acostumbrada al polvo que cubría el suelo y las sábanas blancas que a su vez cubrían los muebles. Siempre habían estado en la sala, por lo que se sorprendió al ver que Paul había entrado a la habitación principal.

En esta habitación había una cama matrimonial al centro con dos burós a cada lado, los tres muebles cubiertos con sábanas blancas; en la pared a la izquierda de la cama había un ropero grande de madera, de aproximadamente dos metros y medio de altura, y cubierto únicamente con una gran capa de polvo. Gina se quedó inspeccionando el ropero un momento, con miedo a abrirlo por la posibilidad de que saliera una rata o algo similar. En eso estaba cuando escuchó un ruido que la hizo voltearse, asustada. Era Paul que estaba sentado en la orilla de la cama, sollozando y mirando su foto de los fantásticos.

— ¿Hay algo que quieras contarme, Paul?— preguntó Gina mientras se sentaba a su lado con la grabadora encendida. Había descubierto que con esta pregunta lograba que su fuente comenzara a hablar hasta que se cansaba o ya no quería hablar más. Una vez que se detenía de manera definitiva era imposible hacerlo hablar de nuevo, pero por lo general hablaba por ratos no menores a una hora y media. En la última reunión, estuvo hablando de las Olimpiadas del 2020, por lo que Gina tenía la esperanza de que en esta ocasión le contara del mundial del 2021 y del accidente de Zavala.

— Jorge era muy sabio— dijo— siempre se preocupó por los demás, era como el padre de familia, el jefe, el líder del equipo. Por eso se sintió tan culpable cuando lo de Emilio, porque sabía que nunca debió permitirle competir en las condiciones que estaba. Dicen que él fue uno de los que más sufrió cuando vio que el muchacho midió mal el brinco y se estampó contra la plataforma, de manera que cayó inconsciente al agua, la cual se tiñó de rojo por la gran herida que Emilio tenía en la cabeza y que no dejaba de sangrar.— A Gina se le aceleró el corazón, pues no podía creer que finalmente estuviera hablando de eso— Consideró que no le dio los consejos necesarios, ni la guía correcta. Pero estaba equivocado, no fue culpa suya, ni de Paula.— “¿Quién es Paula?” pensó Gina— Todo fue culpa de Zavala.

— ¿Por qué tuvo la culpa Zavala?— preguntó Gina, pues a veces era necesario hacerle saber a Paul que le estaba poniendo atención, de lo contrario él comenzaba a clavar su mirada en ella de manera constante.

— Paula Espina y Emilio Zavala se conocieron a los 18 años. Ella había comenzado la carrera de enfermería y su tío formaba parte del cuerpo médico que acompañaba a Emilio y sus compañeros en las competencias. Él ya se había convertido en un famoso y humilde clavadista y en una figura deportiva alrededor de todo el mundo; sin embargo, lo que a ella le gustó de él fue su carisma, su seguridad en sí mismo, la naturalidad con que se expresaba y su bondad. A él, le gustó todo de ella: su sonrisa, su mirada, su timidez, su generosidad y su amabilidad — Paul hizo una pausa y se frotó los ojos que se le habían puesto llorosos— Era tan grande su amor, que sobrevivió ocho años de desacuerdos, de pleitos, y de competencias y entrenamientos de Paul. Ella dejó la universidad para poder acompañarlo siempre y de hecho se iban a casar, él le pidió matrimonio dos años antes de su último mundial.

El viejo hizo otra larga pausa y se quedó mirando el ropero. Había algo en su mirada que conmovió a Gina, quizá era la tristeza que percibía, o lo perdida que estaba recordando el pasado, como fuera, tenía ensimismada a Gina. ¿En verdad había perdido la memoria, o sólo pretendía? Y en caso de ser lo último, ¿por qué lo hacía, y por qué sólo hablaba en esa casa? ¿Qué tenía de especial la casa? ¿Cómo era que aquel hombre viejo y solitario se había cruzado en su vida en el momento preciso? ¿Casualidad que supiera tanto del tema, o había algo más?

— Pero Emilio se obsesionó con ganar— la voz de Paul provocó que Gina dejara sus pensamientos para después— Después de las Olimpiadas, los medios opinaban que a tanta fama le había hecho mal, pues no era el mismo y pronto se vería superado por clavadistas más jóvenes; además de que su equipo ya estaba al borde del retiro, por lo que difícilmente ganarían la medalla de bronce una vez más. Como no toleraba la idea de fracasar, sus entrenamientos eran más intensos, lo que provocó que descuidara a su prometida y que pospusiera la boda hasta después del Mundial en España.

— ¿Y qué pasó? ¿Se casaron?— Gina se sentía cada vez más interesada: se acercaba el momento del accidente, de saber que había sido de Emilio Zavala. Paul se quedó callado y la observó fijamente, Gina temió que la pregunta hubiera estado fuera de lugar y que ya no hablara más. Sin embargo, le sostuvo la mirada esperando la reacción del viejo, quien finalmente se volteó y continuó hablando.

— Un día antes de la final en España, Emilio buscó a Paula para pedirle perdón por su actitud en el último año. Jorge Medrano le advirtió que no lo hiciera, pero el joven clavadista no escuchó y fue por ella. Todo salió mal: discutieron una vez más porque él se ofendió cuando Paula le dijo que pasara lo que pasara en la final, ella lo amaría de cualquier forma. La llamó mentirosa, engreída, interesada y materialista, y le dijo que nunca se casaría con ella que sólo buscaba su fama, cancelando de manera definitiva la boda. Al otro día, por más que sus compañeras, sus entrenados, el cuerpo médico y Jorge trataron de ocultarlo, se enteró de que el taxi en que Paula viajaba de regreso a su hotel había chocado y ella había muerto.— Paul comenzó a llorar de manera desconsolada, sin siquiera preocuparse por contenerlo ni por los mocos que salían de su nariz.

— ¿Quieres que nos detengamos?— preguntó Gina al momento que le daba un pañuelo desechable. Paul se limpió los ojos y la nariz y negó moviendo la cabeza.

— Terminemos esto aquí. A pesar de lo anterior, Emilio se negó a retirarse de la competencia, pues aunque le dolía, no soportaría perder también la competencia, no quería fracasar; en ese momento para él era más importante ganar. Sin embargo, durante la ejecución de su salto no podía olvidar el rostro de Paula cuando él le gritó el día anterior: la luz de su mirada se desvaneció poco a poco, como si la vida se estuviera yendo del cuerpo de ella con cada palabra que Emilio decía. El resto lo conoces.

— No todo, ¿qué pasó con él después del accidente?— Paul no respondió y señaló el armario. Gina se levantó y lo abrió y encontró una caja de unos 60 centímetros cúbicos. Dentro había muchas cartas y cuadernos que alguna vez sirvieron de diario; lo que más le llamó la atención fue una foto de un muchacho de piel blanca, con cabello negro y corto peinado hacia arriba, con la barba apenas creciendo y una muchacha apiñonada, de cabellos corto, castaño y ondulado. Eran Emilio y Paula. Gina volteó a ver a Paul sorprendida y en ese momento comprendió que lo que balbuceaba siempre era Paula, no Paul.

— Estuve dos años en coma, tres en recuperación porque perdí la memoria debido al golpe, se mantuvo en secreto por los medios. Cuando la recuperé, lo cual fue un milagro, y recordé lo que había sucedido, decidí abandonarme por completo, recluirme a la soledad dentro de nuestra casa, aquí donde estamos, y morir en mi amargura. No lo logré, nuevamente la idea de fracasar me mortificaba, fracasar ante la vida. Me dejé el cabello y la barba largos y subí un poco de peso: la memoria de la gente es corta, por lo que nadie me reconoció en la tienda de autoservicio. El dinero me lo proveían mis padres y el que fue mi agente; ellos entendían mi dolor. La herencia de mis padres me duró hasta hace unas semanas, que fue cuando comencé a fingir demencia y falta de memoria y entonces vinieron por mí.

Zavala (Paul) calló y volteó a ver a Gina que estaba en shock. Como ella no dijo nada, continuó:

— Murió por mi culpa la persona que más me había amado y que yo más había amado por un tonto miedo al fracaso y finalmente me he desahogado con alguien. Puedes hacer lo que quieras con la información que te di.

Cuando Zavala se bajó del auto en el asilo, Gina aun no podía creerlo. Emilio Zavala había tenido el accidente por pensar en la mujer cuyo corazón había roto, y se lo había roto por su obsesión de triunfo, de ser el mejor, de ganar. Gina lo observó alejarse por el pasillo de la entrada, tomado del brazo de uno de los enfermeros del lugar. En eso algo brilló a lado de la palanca de velocidades: era el crucifijo de Luis que se había caído de la bolsa, donde siempre lo llevaba. Lo tomó y volteó a la parte trasera para ver la caja que Zavala le había dado. Bajó del auto.

— ¡Esperen!— gritó mientras trataba de correr con la pesada caja. El enfermero y el viejo Zavala voltearon— Esto es de Paul, creo que debe quedárselo— el enfermero le agradeció y le dijo muchas cosas que Gina no escuchó, pues su mirada y la de Zavala se clavaron mutuamente; éste le sonrío y asintió con la cabeza, aliviado; ella respondió el gesto, se había quitado un peso de encima.

Gina se dio la vuelta y caminó de regreso a su coche. Una vez dentro se quedó pensando si había sido lo mejor, si en verdad no quería terminar el proyecto y después arreglar otros asuntos. Se rió de sí misma y suspiro: claro que había sido lo mejor, había un proyecto más importante terminar y en el que no quería fracasar. Sacó el celular y lo llamó, al escuchar su voz sonrió, sabía que del otro lado él también sonreía. En esta ocasión, no lo iba a arruinar.

16 comentarios:

  1. Martinsky... 4, la historia es divertida, pero el titulo es common place, cuidemos eso

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  2. Estefanía Elizondo, 4 y una cosa más, Emilio Zavala? jajajaja ;)

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