lunes, 10 de octubre de 2011

NARRACIÓN

Había un bonito río, con agua cristalina y muy calmado. La rivera no era muy ancha, pero los peces nadaban como locos de aquí para allá y de allá para acá. Los árboles eran muy frondosos, sus copas parecían tocar el cielo; las hojas, al soplar el viento, emitían un sonidito que tranquilizaba a la mente más estresada y al viejo más gruñón. Como el que acostumbraba a sentarse en la orilla del río, cerca de la gran roca que ocupaba como respaldo. Talvez por eso iba ahí, porque no le gustaba ser gruñón. Odiaba ser gruñón, pero era gruñón, muy gruñón.
Solía estar largo tiempo viendo al agua correr y a los peces zambullirse. Le causaba cierta gracia cuando brincaban por encima de la superficie y volvían a caer, eso le dibujaba una sonrisa muy difícil en su rostro. Podía quedarse todo un día sin problema, puesto que no tenía hijos, familia y el trabajo no le ocupaba su atención, eso decía él.
Cuando miraba al cielo, a veces se ponía más gruñón. Porque trataba de recordar su niñez sin éxito, le enternecía un poco el corazón la idea de recordarse niño, se dijo: odio ser un viejo olvidadizo. Lo único que recordaba con más claridad era un crucifijo roto, no sabía el porqué de ese recuerdo y por qué era más claro que otros. Se quedaba pensativo, muy pensativo, con la mirada en el río, mientras ocupaba la mente en excavar en el cerebro, pero sin éxito.
Intento tras intento pertinente, una chispa destelló en su mente. Sin saber la manera, recordó una imagen, era de una casa. Se le hizo muy familiar y llegó a la conclusión que esa imagen correspondía a la vieja casa que estaba allá, en la cuenca del río. Movido por un impulso que no sabía de dónde surgió, o quizá sí sabía pero se le olvidó, fue a esa casa, además estaba consciente de que su familia no lo esperaba, porque no tenía o también se le pudo haber olvidado que tenía. Ya después de caminar casi un kilómetro, llegó, y sí, la imagen de su mente era igualita a esa casa. Era bonita, pequeña pero se veía acogedora. Toda de madera con una sola puerta y dos ventanas a los lados. Tocó. Tocó. Otra vez tocó. Una vez más. Se le olvidó cuántas veces tocó. Agarró la manija y abrió la puerta. El ambiente tenía un olor a madera y a antiguo, se identificó con el ambiente. Se sintió cómodo y tranquilo, ya no tan gruñón, de hecho se le había olvidado que era gruñón.
La entrada estaba junto a la sala, un comedor enseguida que lo separaba una barra luego la cocina. Estuvo merodeando, pero no había sillas, trastes –no sé si ya existía la tele o el refri-, muebles. Caminó al pasillo que seguía rumbo a las habitaciones, no era un pasillo muy largo, pero sí algo oscuro y al final había un pequeño mueble. Contenía encima algo, eran evidentes las veladoras encendidas y el tambaleo de la flama. Se acercó, vio el crucifijo roto de su recuerdo y, sorpresa: otro destello en su mente.
Ahora recordó un camino que lo llevaba rumbo a un gran árbol; salió de la casa y lo siguió. Al llegar estaba un niño trepado en una rama. Le preguntó ¿Quién eres? El niño contesto que se llamaba Pedrito. Y luego el viejo hizo otra pregunta: ¿Dónde estoy? Pedrito contestó que debajo de una árbol. El viejo se confundió pero ya no estaba tan gruñón y se quedó callado.
Pedrito brincó de la rama y dijo: Abuelo dame el crucifijo para ponerlo otra vez en la casa porque si te vuelves a poner gruñón y todo se te olvida, no habrá nada en que te vuelva a traer los recuerdos.
Pedrito agarró al viejo de la mano y se fueron.

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