-Como un mar de inspiraciones, calmado y reflexivo-. Así decía mi abuelo siempre que contemplaba Tuetémano; el pueblo donde nació. Y es que en realidad es así: sereno por la mañana, pajaritos cantando, el bala de los borregos por todos lados, el mugido de las vacas también, uno que otro relinche de caballo se aúna al cacareo de las gallinas y canto de los gallos, toda una orquesta animal. Por las tardes uno se contagia de paz, al grado de hundirte en las reflexiones que el corazón manda, en la energía caviladora que de su gente emana. Aunque no llegaba a ni siquiera doscientos habitantes, contenía mucha de la magia que mueve al mundo.
Don Teófilo “el viejo olvidadizo”, así conocían a mi abuelo. Podía enfrascarse en una profunda charla detallada y específica, pero enseguida, como recuerdo fugaz, sus ideas partían de su cabeza hacia no sé dónde. No era una enfermedad, solamente tenía el pensamiento muy revuelto, mas cuando lograba atrapar una idea, la retenía por un buen rato en su mente.
Llegué yo, diez años después de aquella última vez que lo vi. Me recuerdo como un niño que tenía una capacidad de admiración muy bonita e inocente; todo me admiraba, hasta el rebuznar de los burros. Dejé la selva de concreto y vine a Tuetémano, al fin en este pueblo dejé mi origen, esa tierra forjó mi sangre y conspiró para que yo naciera.
Fue en un domingo por la mañana, el ambiente era de absoluto sosiego que no podía creer la existencia de un lugar así: no había ruido ni gente apresurada, en vez de claxons sonando había jilgueros gorjeando, el olor a combustible quemado fue sustituido por el olor a ganado, ¡bueno! Con decir que hasta la popo de los animales olía bien. Nada de apretujones al treparte al camión ni mentadas de madre porque te dejara lejos de la parada. Hasta la gente te dice “buenos días”, así por nada, sólo así: BUENOS DÍAS, sin ningún compromiso, increíble ¿no?
La sorpresa me la llevé cuando al entrar a la casa de mi abuelo no había nadie. Gritaba “abuelo, abuelo”, pero aquella morada sólo me respondió con el eco de mi voz. Lucía muy desolada, como una casa abandonada. Pensé: ¿se le habrá olvidado el camino de regreso a mi abuelo? Imposible con tantos años viviendo aquí, ¿Fue a trabajar en su parcela y se quedó hasta tar…? ¡Parcela! Corrí enseguida con la esperanza de encontrar al viejo arando el campo llano, pero lo único que encontré fue un terreno inhóspito, yermo, sin evidencia de haber sido tocado por la mano del hombre durante un largo tiempo, ¿dónde andaría el viejo olvidadizo? ¿Se le habría olvidado sembrar la tierra?
Contemplé un momento el armonioso campo, horizonte basto de naturaleza, ahí donde el hombre es nomás hombre. Único lugar en el que el ser humano puede ser natural. Fui con el tendero.
-Bueno días- dije con aire de preocupación.
-Bueno días joven, ¿quévallevar?- contestó con voz amable.
-Nada señor, quiero preguntar qué sabe del paradero de don Teófilo.
-No, ps él no tenía paradero, el único que conozco es el del camión, pero ése es de todos.
-Quiero decir que si sabe dónde está.
Nunca había sentido tanta frustración, lo único que ocupa la mente es eso, frustración. Mi corazón aumentó su actividad, pum pum pum… como de mil veces por minuto. Creí que explotaría, pero lo único que pasó es que se me subió a la garganta. A veces, las personas no tomamos consideración que otras personas nos necesitan; anhelan oír timbrar el teléfono y escuchar: “Cómo estás”. Por qué es tan difícil preguntarlo y por qué se ha vuelto tan difícil contestarlo –con sinceridad-. Es una necesidad básica del ser humano, somos como pequeños bebés recién nacidos, pues hasta que lloran sabemos que están vivos. Deberíamos llorar más seguido un “¿Cómo estás? ¡Neta muy bien!” Para sabernos vivos.
El tendero me dijo: -Murió la semana pasada, está en el panteón, su tumba está hasta atrás, es la que tiene un crucifijo roto-.
Ahí estaba el pequeño montículo, un puño de tierra que formaba un bulto. Mi abuelo estaba allí enterrado y sin poder decir más: -Como un mar de inspiraciones, calmado y reflexivo- y sin tener quién le compre un crucifijo; fue sepultado en su mar y junto a sus inspiraciones. Su epitafio decía: “si más no recuerdo les digo: AMEN AHORA O MUERAN POR SIEMPRE”.
Miriam Martínez, 5 :)
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