lunes, 10 de octubre de 2011

NO TE ESPERES TANTO

El señor Guajardo era un hombre desagradable a la vista, extremadamente delgado de aspecto enfermizo. El hombre de 62 años de edad, aparentaba 100 si exagerar, su rostro parecía el de una momia, las arrugas de la frente dibujaban un sendero de líneas maltrechas sobre una gruesa raya de cejas grises, blancas y una que otra negra. Sus ojos eran claros, grandes y redondos, su mirada parecía triste, cansada, como la de una vaca en matadero; tenía una nariz chata con dos grandes poros de los cuales se asomaban unos largos y retorcidos pelos que se perdían de vista entre el bigote mal recortado. Su boca era una curva hacia abajo, se notaba que había pasado mucho tiempo desde su última sonrisa y era como si hubiera olvidado como sonreír. El poco cabello que se resistía a abandonar su cabeza era gris con blanco, largo hasta el cuello y se posicionaba en la parte media de la mollera como una media luna en la cabeza del Sr. Guajardo.
El señor trabajaba como velador en una modesta fábrica de calcetines, había pasado los últimos 15 años de su vida en ese puesto y en el mismo turno, trabajaba todos los días, a excepción de los martes, (día en que descansaba) de 10 de la noche a 10 de la mañana. En todo el tiempo que Guajardo trabajó en la media de oro, nunca faltó a sus labores y a pesar de las largas jornadas, el señor nunca se quejó o renegó sobre su empleo. A decir verdad, le encantaba su trabajo, amaba la soledad y tranquilidad de la noche. Para él el turno nocturno era más sencillo de lo que decían, nunca nadie irrumpía en la fábrica y el único riesgo que corría Guajardo era el de quedarse sin café. Pasaba las horas sentado en una sillita plegable dentro de un pequeño cuarto, con una linterna en la mano y su paquete de cartas en compañía de un radio viejo, el señor Guajardo pasaba las noches en vela al cuidado de aquella fábrica.
Por su apariencia de pocos amigos y su estilo de vida, el señor Guajardo no tenía muchas amistades, siendo honesto con ustedes, no tenía ni una sola, además de Manuel, su compañero de trabajo que se encontraba en la mañana, Don Arnulfo, el encargado de la farmacia donde compraba sus medicinas y la señora Amalia que atendía la tienda, el señor Guajardo no sostenía diálogo con nadie más, era un apartado social que parecía estar en pugna con sus semejantes y aparentemente él disfrutaba de ser así.
Nuestro protagonista vivía a unas cuadras de la fábrica, en una casa vieja de modestas dimensiones que parecía se derrumbaría en cualquier momento. Habían pasado más de 10 años desde que el señor Guajardo había recibido visitas en aquella vivienda, aparte de una docena de ratas y una colonia de cucarachas, nadie más, aparte de él, había pisado el suelo de la casa.
Su casa estaba llena de recuerdos, entre estantes llenos de libros apolillados y fotografías viejas, su refugio se componía de lo que alguna vez lo definió como persona y le dio sentido a su vida, en la actualidad, todos aquellos vistazos al pasado, no significaban más para él que un montón de cosas desordenadamente apiladas, que resguardaban polvo y unos que otros recuerdos pasados que alguna vez le dieron alegría a su vida.
El señor Guajardo llevaba una vida muy cotidiana y repetitiva, al salir de su trabajo, llegaba a casa como al cuarto para las 11 de la mañana, y sin excepción, se tendía en su cama a dormir hasta pasadas las 6 de la tarde. Al despertar se ponía a comer, comía cualquier cosa que encontrara en la alacena, desde latas de atún hasta conservas, el sr Guajardo tenía años sin probar una comida preparada. Mientras comía, acompañaba sus alimentos con más de una docena de partidas de solitario, que extendía hasta la hora de irse a trabajar.
En punto de las 9 con 25 minutos de la noche, salía armado con su baraja y una vieja linterna camino a su trabajo, llegaba siempre con 15 minutos de anticipación a la hora de entrada, y pacientemente esperaba fumando un cigarrillo a que dieran las 10.
Así pues vivía su vida como si no quisiera vivirla, pasaba los días en espera de dejar este mundo y visitar el siguiente, sin ninguna razón que lo motivara a cambiar algo de su realidad, hasta el 20 de Diciembre del 2010, fecha en la que la vida del señor Guajardo cambió rotundamente y definió el camino que ahora debería de transitar.
El 20 de Diciembre fue un día nublado, de frío calador de ese que llega hasta los huesos. El señor Guajardo salió a la misma hora de su casa camino a la media de oro con su baraja y la vieja linterna, llegó como siempre antes de la hora de entrada solamente para encontrarse con Manuel, quien le informó que lo habían solicitado en la oficina de recursos humanos, el señor Guajardo, sin preguntar ni lo más básico, se dirigió a la oficina y se presentó con la joven secretaria que ya guardaba sus cosas y apagaba la computadora para retirarse a su casa.
- Buenas noches señorita, soy Antonio Guajardo, el vigilante nocturno, mi compañero me dijo que me habían llamado y aquí estoy, dígame ¿para que soy bueno?
- ¡Ah! Señor Guajardo, sí, lo andábamos buscando, ¿ya le dijeron?
- No señorita, no me han dicho nada.
- Lo que pasa es que estamos recortando personal por que las cosas no andan muy bien, la competencia está dura y ya no podemos pagar vigilancia de noche.
- Sí… ¿y? – Respondió el señor Guajardo con un tono molesto en su voz
- Pues lamentablemente lo vamos a tener que dejar ir. – Contestó la señorita mientras se echaba al hombro su bolsa.
- Eso de dejarme ir ¿significa que ya no voy a trabajar más aquí?
- Lamentablemente sí señor, puede pasar usted el próximo lunes por su liquidación, y si me disculpa, me tengo que ir. – La señorita paso a un lado del señor Guajardo y presurosamente abandono la oficina.
El señor Guajardo permaneció un rato en ese pequeño cuarto, tardo un momento en digerir y entender la noticia mientras golpeteaba con el pie el piso de mármol y apretaba los dedos de las manos como preparándose para soltar un puñetazo. Luego de un par de minutos, el señor Guajardo salió de la oficina, paso por un lado de la caseta de vigilancia, entregó la linterna a Manuel y se fue a casa.
Camino a su casa, Antonio pensaba en lo que iba a hacer ahora, en cómo iba a vivir sin su sueldo de vigilante, que, aunque no era mucho, lo mantenía medio alimentado y le daba para sus cigarrillos. A unas puertas de su casa, se detuvo en la tienda de la señora Amalia para comprar un paquete de cigarros, compro también un poco de queso y una pieza de pan, le dio las gracias y las buenas noches a la encargada y se fue a su hogar.
Apenas cruzó la puerta se sintió mucho mejor, la incertidumbre de no contar con una fuente de ingresos disminuyo notoriamente, puso el queso y el pan sobre la mesa y se apresuró a la alacena para buscar una botella de Jack Daniels que guardaba desde hace años sin destapar. En la parte de abajo y detrás de unas latas de chicharos, estaba dicha botella, añejada y empolvada, lista para hacerle olvidar lo que recientemente había pasado, la tomó con desesperación, la destapó torpemente y le dio un trago directo.
Se sirvió cuba tras cuba, bebió como si su sed fuera insaciable, echo humo como chimenea y se fumó todos los cigarrillos del paquete. Tomaba y fumaba mientras barajeaba las cartas una y otra vez, tras cada trago, sus movimientos con la baraja se hacían más lentos y torpes, tiraba las cartas y las aventaba por toda la mesa como si estuviera jugando una partida con otras personas, sus ojos se humedecían y su chata nariz se sonrojaba mientras su ebriedad subía de nivel con cada cuba que se recetaba.
Luego de terminar con la botella, el señor Guajardo estaba completamente borracho, ahogado en alcohol, se cayó de la silla y tiró uno de los libreros del pequeño cuarto, llevando al suelo cajas y libros que ahí descansaban. Con todo el tiradero en el suelo, el señor Guajardo intentó levantarse sin tener éxito, tropezó un par de veces y en una de esas, rompió una pequeña caja de porcelana que tenía adentro uno de los objetos que más añoraba y que éste viejo sin memoria ya ni recordaba, era un crucifijo roto, antiguo y de madera reducido casi a polvo por las terminas que ahí se colaban, pero éste no era cualquier crucifijo, era el amuleto que acompañó desde niña a su madre y que en la última vez que la vio, se hizo de él.
Su madre había muerto ya hacía más de 30 años, pero el señor Guajardo tenía más de 40 sin verla, esto era debido a que Antonio, a la edad de 22 años, dejó su casa tras una pelea que tuvo con su mamá, el motivo de la disputa ya ni lo recordaba, pero estaba seguro de que había sido algo grande, ya que no se volverían a hablar desde ese momento, y ahora la extrañaba más que nunca.
Al tener en sus manos el crucifijo de su madre, Antonio de inmediato recordó los momentos más alegres de su infancia, sus vivencias más felices se apretujaban en su mente y se filtraban en su subconsciente proyectándolas borrosamente en la cabeza, recordó su primer día de clases en el que su mamá permaneció con él hasta que dejo de llorar, los domingos en los que iban a la iglesia muy temprano y luego a comer un tamalito con su atole, estos y más flashazos del pasado desfilaron por su mente como una película de su propia vida hasta hacerlo llorar como a un niño.
El señor Guajardo lloró como no lo hacía en mucho tiempo, sus ojos por primera vez en años sacaban lagrimas que escurrían hasta perderse en sus bigotes, lloró la muerte de su madre y más que nada lamento el no poderse haber despedido de ella por un tonto conflicto que los separo. Apretaba el crucifijo entre sus viejas y arrugadas manos mientras lloraba a mares y gritaba en alto el nombre de su madre. Una vez secado de los ojos y tras horas de llanto inconsolable, el señor Guajardo recordó entonces a su hijo Luis, a quien no veía desde hace 15 años, habían tenido tiempo atrás una pelea y su hijo decidió irse de casa a los 17 años. El señor Guajardo no podía pensar en nada más que su hijo, no había hablado con el por ningún medio y solamente conocía su dirección por una carta que años atrás le había enviado Luis, Antonio decidió en ese momento que él no le causaría el dolor que ahora sentía gracias a su madre, no pensaba hacerlo cargar con la pena de no poderse despedir de su viejo que ya se sentía en las últimas y juro que a la mañana siguiente iría a la capital a visitarlo y así disculparse por la disputa que 15 años atrás tuvieron. Con la firme idea de ir a ver a su primogénito, el señor Guajardo se tiró en la cama y al paso de 2 minutos se quedó profundamente dormido.
A la mañana siguiente, a eso de las 10 am, salió de su casa camino a la terminal, cargado con sus ahorros, una maleta y el viejo crucifijo de su madre, se trepó a un camión y durmió todo el camino hasta la ciudad de México. Llegando a la capital, el señor Guajardo tomó un taxi y le pidió lo llevara a la dirección que tenía anotada en la vieja carta de su hijo, al paso de dos horas, el taxista lo dejó a las afueras de la casa y tras un breve titubeo, toco la puerta.
Al llamado acudió un joven de unos 35 años de edad, alto y fornido de tez blanca con ojos verdes y aspecto pulcro, al ver al viejo que tocaba a la puerta, el joven preguntó.
- Sí señor, ¿Qué se le ofrece?
- Dispénseme joven, ¿ésta es la casa de Luis Guajardo? – Preguntó Antonio con pena y timidez en sus palabras, el joven lo miró con asombro y entre tartamudeos le respondió:
- Sí… sí… efectivamente, esta es la casa de Luis, pero… disculpe, ¿usted quién es?
- Soy Antonio Guajardo para servirle a usted, padre de Luis. – El joven quedo perplejo, su cara se torno más pálida de lo que ya era, se puso como si hubiera visto un fantasma, pelo los ojos y dio un paso hacia atrás.
- ¿Usted es el padre de Luis?
- Sí joven, yo soy su padre, ¿Por qué la sorpresa?
- Disculpe usted señor, pero Luis me había dicho que su padre había fallecido cuando él era un niño…
- ¡¿Qué?! Eso es imposible, puesto que aun sigo vivo. – Contesto Antonio exaltado.
- Sí, ahora veo, es por eso mi sorpresa, pero pase usted señor, permítame invitarle un vaso con agua – Ambos entraron a la casa y se sentaron en la sala a platicar.
- Disculpe la indiscreción señor, pero ¿Por qué usted y Luis no se hablaban? – Pregunto el joven.
- Pues mi hijo y yo tuvimos una discusión hace 15 años, él me confesó quien era en realidad y yo no lo soporte – Dijo el señor Guajardo mientras frotaba sus manos nerviosamente.
- Entonces, ¿ustedes no se veían desde hace 15 años?
- Lamentablemente así es joven, mi hijo y yo no hemos cruzado palabra en todo este tiempo. – Un silencio invadió el lugar y tras un sorbo de agua por parte de ambos, el señor Guajardo preguntó.
- Disculpe que me entrometa joven, pero usted ¿Quién es? Por las fotografías en la pared me doy cuenta de que conoce a mi hijo, ¿es eso correcto?
- Sí señor, efectivamente conocí a su hijo, yo era su pareja y lo amaba como a nadie he amado… - El señor Guajardo miró hacia abajo y comenzó a golpetear en el piso con su zapato nerviosamente, volvió la mirada hacia el joven y le dijo:
- Siendo honesto con usted, mi hijo y yo nos peleamos hace 15 años por eso, Luis me confesó que él sentía un gusto hacia los hombres y me dijo que no esperara verlo con una muchacha porque a él no le gustaban… eso no lo soporte y con gritos y groserías lo corrí de la casa… - Confesó el viejo entre lagrimas y gimoteos. El joven se levanto de su asiento y se sentó junto al señor Guajardo, lo abrazo y enseguida le dijo:
- Señor, lamento mucho escuchar esto y me conmueve muchísimo que usted y su hijo se hayan alejado tantos años por una cosa así, pero estoy seguro de que si Luis estuviera aquí, lo perdonaría y lo abrazaría con mucho cariño. – Luego de secar sus lagrimas, el sr Guajardo dijo:
- Gracias joven, de verdad gracias por sus palabras, pero… ¿Por qué habla de mi hijo como si él no estuviera aquí? ¿Qué a caso usted y él ya no son pareja? –El joven aparto su brazo de la espalda del señor Guajardo, tomó un poco de agua, arrebato del ambiente una fuerte bocanada de aire y dijo:
- Señor, no quisiera ser yo quien le diga esto, pero… Luis murió hace 2 años… - El señor Guajardo abrió su boca formando una gran y redonda O mostrando sus dientes amarillos, sus ojos se llenaron nuevamente de lagrimas y se echo para atrás quedando recargado en el respaldo del sillón.
- No me diga eso joven… eso no puede ser cierto. – Antonio dijo mientras lloraba desconsolado y apretaba con las manos la orilla del sofá.
- Eso quisiera señor, en verdad me gustaría estar mintiendo pero no es así, Luis murió hace dos años en un accidente automovilístico, y yo, al pensar que usted estaba muerto, pues nunca pensé en contactarlo. – El señor Guajardo se desplomo y se entrego de lleno al llanto, lloró y lloró por más de media hora y le pidió al joven que le mostrara una fotografía reciente de Luis. El joven se apresuro a buscar la foto de su difunto novio y se la obsequio con todo gusto. El señor Guajardo vio en su hijo la viva imagen de él a la edad de 30 años, este viejo sin memoria de inmediato comenzó a recordar a Luis y todas las alegrías que él le había causado.
Luego de una amplia y emotiva platica donde Antonio le contó con singular gusto todas las curiosidades de la infancia de Luis, y el joven le relató las vivencias que había pasado junto a su hijo, el joven le ofreció pasar la noche en su casa debido a que ya era tarde, el señor Guajardo acepto encantado y durmió en la antigua cama de Luis.
Al día siguiente, el joven llevo a la terminal al señor Guajardo, y entre abrazos, risas y llanto, se despidieron como dos grandes amigos, dos grandes amigos que compartieron cada quien la mitad de la vida de Luis y que ahora los unía para siempre ese recuerdo.
El señor Guajardo abordó su autobús, en el camino reflexionó acerca de todo lo que había pasado, le pidió a Dios ser perdonado por haberse portado así con su hijo, pidió por su eterno descanso, por el joven que había conocido un día antes, por el progreso de la media de oro, por su compañero Manuel y la señora Amalia, cerró los ojos y murió dormido.

21 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  2. Susana Galván Martínez, 4

    ResponderEliminar
  3. Heira Flores, 5. Hay error en el uso del guión.

    ResponderEliminar
  4. Temática interesante, en general buena historia salvo algunos acentos y pequeños errores, recuerda buscar sinónimos para referirte al mismo elemento dentro de un párrafo, incluso si de los nombres se trata. 4

    ResponderEliminar