lunes, 10 de octubre de 2011

ESPECTRO SOSÍAS

Era increíble. Justo ahí, frente a mí se encontraba este individuo perfectamente idéntico a mí. Estaba tumbado en el suelo – lo vi llegar dando tropezones, en clara agonía- y aún tenía en su rostro el fantasma de una expresión de horror. Ese horror que sólo la muerte puede causar en alguien. A pesar del rostro crispado pude reconocer mis facciones en él, no podía estar seguro, pero estaba seguro de que tenía una estatura similar a la mía, incluso su barriga se asemejaba a la mía; idénticas complexiones.
Vaya escenario de película jalada, definitivamente jamás habría creído esto, pero me estaba sucediendo, y era real, muy real. Este tipo igualito a mí moría a mis pies, sí, confieso que había bebido un poco, pero de ninguna manera me estaba imaginando esto.
Mi “otro yo” estaba que daba pena, además de estar muerto, claro. Vestía ropas sucias y viejas, aunque iba bastante formal, por alguna razón. – Pobre cabrón – me dije, mira que venir a morir frente a un tipo idéntico a ti, seguro venía bastante mal pero el susto lo acabó de matar.
De pronto me asaltó una idea, una idea que solamente en circunstancias tan extraordinarias como éstas me pudo haber llegado. La verdad es que nunca había sido mamón ni dramático, pero este escenario de película me abrió una oportunidad, ¿oportunidad? , una completa locura, pero algo me decía que no era una coincidencia que mi doble viniera a morir a mis pies. Estas cosas no pasan porque sí, pensé.
No sé que me animó a hacerlo, tal vez el fervor del momento, o qué sé yo. Total, ¿quién me iba a extrañar? Mi esposa, lo dudaba, tal vez mis hijos, o eso esperaba. Mi padre hacía mucho había aprendido a olvidarse de mí, de mi madre ni hablar, pensé amargamente. Ahora lo sé, fue la duda lo que me llevó a cambiar identidades con este sujeto, y tal vez un leve deseo de escapar.
Volteé alrededor y no vi nada ni nadie, era tardísimo y ese sector de la ciudad era bastante solitario, tan rápidamente como pude le quité la ropa, - Estamos igualitos- no pude evitar pensarlo cuando examine con detenimiento a mi doble. En sus bolsillos encontré su cartera y unas llaves, las tome y procedí a desnudarme, rapidito porque hacía frío. Finalmente, y como pude, vestí al hombre, que empezaba a ponerse tieso, con mi ropa. Era yo, y estaba muerto, nadie lo dudaría, al verlo ahí tirado, estuve seguro.
En la cartera del doble encontré algunas identificaciones, y tarjetas de crédito, de esas platino de crédito ilimitado. Esto me desconcertó mucho, el andrajoso resulto no ser lo que yo pensé. Sus credenciales me dijeron quién era, Santino Torres Leyva. Me sonó muy familiar, para acabarla de chingar, el tal Santino tenía la misma edad que yo.
Encontré una dirección y decidí ir allí ¿qué más iba a hacer? Faltaban horas para que se supiera de mi muerte, además el hecho de que hubiera llegado solo a morir a un lugar tan abandonado en medio de la madrugada me dijo que probablemente vivía solo.
Me dirigí a la dirección del difuntito, en una buena colonia, de las más antiguas en la ciudad. Su casa no tenía número pero debía ser esa, una enorme residencia, que alguna vez debió reflejar opulencia al por mayor. Sin embargo ahora estaba abandonada, se veía tenebrosa, me acerque a la reja y como estaba abierta entré, la puerta principal abrió con una de las llaves que tomé, pasé con cautelo.
Era una pocilga, pero definitivamente alguien vivía ahí, había platos y algunos vasos sucios en los rincones. Los muebles estaban cubiertos con sábanas y había una gruesa capa de polvo en todo el lugar. El doble había mantenido su hogar olvidado, al igual que yo, aunque yo me largué de aquel hoyo en cuanto pude; él se quedó aquí y cavó un hoyo más profundo, o eso me pareció; no me gustaba pensar en asuntos familiares.
Con tremenda curiosidad, me dediqué a buscar algo que me dijera más sobre el misterioso Santino. No encontré nada en el primer piso, por lo que subí las escaleras hacia las habitaciones. Fue en el último cuarto, el más alejado de la escaleras, que encontré algo, mucho más de lo que esperaba.
Era un estudio, cubierto de polvo igual que el resto de la casa. Junto a la ventana, en una silla de piel se sentaba un viejo que, de primer momento, me pareció estar muerto. Esta imagen me hizo estremecerme de terror, y regresé apresuradamente a la puerta, entonces el viejo despertó. Estaba vivo y me miraba con desconfianza.
-¿Quién eres tú?- me gritó, notablemente alterado. Tuve miedo, pero me aferré en mi papel y contesté – ¡pues yo! Pareció reconocerme, y su semblante se suavizó. –Santi, regresaste, hijo- . ¡En la madre!, pensé, al parecer mi doble no había vivido en esta casa por un largo tiempo, y este viejo debía ser su padre.
Ahora el viejo pensaba que era su hijo que regresaba al hogar de la familia, -acércate, Santino, deja que tu viejo te mire bien-, pensé que quizá el viejo no tendría la mejor vista y reconocería en mi a su hijo. Me acerqué y repentinamente el viejo se altero de nuevo, - ¿Quién eres tú? ¡No te conozco! ¡Lárgate de mi casa! – me apresuré a la puerta, decidido a salir de ahí. Entonces escuche los sollozos del viejo, decir que estaba muy desconcertado es poco.
Volví la vista y noté que lloraba con profunda consternación, no pude dejarlo, nunca sabré porqué. De nueva cuenta me acerqué a él, esta vez extendió el brazo, quería darme algo. La impresión al ver lo que me ofrecía casi me hizo desmayar, en su mano reconocí un objeto que no había visto en décadas, desde que mi madre enfermara.
El crucifijo que sostenía el viejo era el mismo, estaba seguro. El tiempo no había pasado en vano y ahora estaba roto, pero era el mismo. Nunca olvidaría ese crucifijo, mamá me dejaba sostenerlo cuando algo me afligía, - no hay mal que Dios no cure, amor – siempre me decía, y siempre lograba tranquilizarme. Había amado a mí madre muchísimo. Nunca había logrado perdonarme por lo que pasó.
-Tómalo-, me dijo el viejo.- A ella le hubiera gustado que tú lo tuvieras -, fue en ese momento que miré bien al hombre.
Mi padre me miró también, las lágrimas llenaban sus ojos, aquellos ojos que fríamente me miraron abandonar mi casa a los 17 años. No había vuelto a ver esos ojos desde entonces, y aún no lo perdonaba, como sé que él jamás me había perdonado a mí, amaba a mi madre como nunca amó a nadie en su vida, eso todo el mundo lo sabía. Perdió las ganas de vivir cuando perdió a su esposa.
Pero entonces su mirada cambió de nuevo, me miro con furia y agresión - ¿Quién eres tú?, ¡Llamaré a la policía e irás a prisión por entrar a mi casa! ¿A caso no sabes quién soy? ¡Largo, vago! -, había perdido la razón, o la memoria, razón nunca tuvo.
Tomé el crucifijo de mi madre y salí de la casa.
Caminé aceleradamente, sin rumbo, los recuerdos regresaban y olvidé por completo lo ilógico y ridículo de lo que acababa de vivir. Mi pasado, el que había enterrado hacia tanto tiempo, salía de debajo de la tierra para abrazarme nuevamente. Percibí mis palpitaciones aceleradas y comencé a respirar con dificultad. Mientras más caminaba me atacaba un mareo que me provocó náuseas.
El crucifijo de mi madre casi me ardía en la mano, y en ese momento caí al suelo, aplastado por el peso del crucifijo, ¿o era la culpa lo que me aplastaba? Miré alrededor, la calle estaba vacía y nadie me podría ayudar allí, justo como nadie logró ayudarme a olvidar mi obscuro pasado. Viví negado, atrapado en mi propia culpa, fue eso lo que alejó a todos los que intentaron amarme: mi ex – esposa, mis hijos, mis amigos. Fue hasta ese momento que lo entendí.
Esta revelación me dio las fuerzas para levantarme, estaba mareado, y sentía mi corazón palpitar con violencia mientras seguía caminando, necesitaba ayuda. Ayuda para soportar esta carga, para librarme de la culpa por la muerte de mi madre, una ayuda que nunca antes me interesó buscar.
Fue entonces que a lo lejos vi a un hombre salir de un establecimiento, se dirigía a su auto, mi urgencia y desesperación me impulsó para acercarme a él. Notaba como mis pasos se hacían más lentos y el mareo ya casi no me permitía ver nada, el crucifijo cayó de mi mano. Me acerqué al hombre, que estaba de espaldas tratando de entrar a su vehículo, debió oír mi dificultad al respirar pues volteó a verme. Ayúdame, pensé al ver que volteaba, miré su rostro y me sentí caer, escuchando el último latido de mi corazón. Era yo.

19 comentarios:

  1. Heira Dali Flores, 5. Buena trama, el único problema que encontré fue en el planteamiento de los díalogos, pues se utiliza guión largo, y no guión corto como aquí se ve.

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  4. Martha Zamora, bueno ya, mereces un gordo 5.

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  5. David Martinsky... 5, felicidades, es el que más me ha gustado

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