El camino parecía tener su fin en la cuadra siguiente. La luz tan tenue, que apenas iluminaba sus pasos, se encontraba en el fondo junto a una pila de pedazos de cartón. Era demasiado tarde para andar merodeando por las calles y el frio tan persistente, instalado desde hacía ya cuatro días, era insoportable. Elio llevaba caminando más de una hora; sus pasos eran firmes como si su destino lo llevará de la mano, sin embargo, la causa del paseo tan tarde se debía a un conflicto que había tenido con su esposa, por lo que decidió descargar toda la energía, que recorría su cuerpo, lleno de una rara sensación de impotencia y descontrol.
Llego a la esquina y al dar vuelta sintió la presencia de un automóvil siguiéndole. Guardó la calma, pues ¿Qué tenía de raro que un automóvil circulara a esas horas de la noche? se preguntó. Sus pensamientos ávidos comenzaban a desaparecer; decidió cruzar la calle, miró fijamente los focos de un auto que se aproximaba y pestañeó ante su intensidad. El carro no lo perdía de vista y en unos instantes desvió su curso, arrollando a Elio y siguiendo derecho tras su acción desmedida.
Un sonido irreconocible, irritante y estremecedor fue lo primero que captó Elio al despertar. Abrió lentamente sus ojos. La sensación de haberlos tenido comprimidos durante casi una vida lo dejó inquieto. Pasmado ante la blancura del lugar, tocó su rostro, miró sus manos, sintió sus labios y dio un grito de perturbación:
-¡Donde estoy!
Pronto estaría sedado y su mujer recibiría una llamada inesperada:
- Buenas tardes, ¿Sra. Lucy? hablamos del hospital México-Americano para comunicarle que el Dr. Lozano quisiera hablar con usted lo antes posible, es sobre su esposo, Elio Guevara, ¿Podría presentarse en el hospital antes de las 7 pm?-.
Lucy respondió inmediatamente sin pensarlo – voy para allá, no tardo- y colgó presurosa pero, con cierto temor y desasosiego.
Después de haber estado 10 años en estado de coma, Elio había despertado. Aún permanecía con pocos rastros de memoria, ya que las fuertes lesiones en el cerebro, ocasionadas por el accidente, seguían presentes. A sus 60 años de edad, Elio no recordaba su casa, ni a su mujer, ni a sus hijas y mucho menos se recordaba a sí mismo. La reconstrucción de su pasado y presente no fue tarea fácil. Sin embargo, Lucy asistía a diario al hospital, en promedio de dos a tres horas, con la esperanza de hacerle recordar que tenía una familia que lo extrañaba.
-Me inquietan mis sueños- murmuró justo cuando la enfermera habría las cortinas.
-¿Qué es lo que pasa, Elio?- Contestó risueña la enfermera.
- Siempre con su vestido color rojo- dijo Elio.
- ¿Eso te inquieta?- sonrió mientras le preparaba su medicina.
- Ella siempre viste de color rojo. Pareciera que es su color favorito o quizá se ha dado cuenta que la hace lucir radiante y fresca, con esos ojos negros que iluminan su alma y que ocasionan en mí el desborde de mis impulsos- tomo su medicina y suspiró.
- ¿Quieres contarme de qué se trata?- preguntó tranquila…
- Me desespera no saber quién es; siempre la sueño. Ni siquiera me ha dicho su nombre, ¡Que intrépida!, se inmiscuye en mi casa, la cual no parece ser la mía, porque ni la recuerdo. Parece estar angustiada y siempre que la miro fijamente desaparece- se recostó en la cama mirando a la enfermera.
Elio solía contar sus sueños a la enfermera que lo despertaba cada mañana y que le daba su medicina. Sentía que al contar sus sueños podría recordar su vida pasada. A Regina, la enfermera, le emocionaba escuchar una historia nueva cada día, pero siempre con un mismo personaje: ella…la del vestido rojo.
-Tienes visita Elio- dijo Regina presurosa, pues ya era hora de cambiar turno.
- Hoy no la quiero ver, dice que tengo una familia que me extraña, pero jamás han venido a visitarme- prendió la televisión e ignoró su alrededor.
Lucy entró en la habitación, se sentó en el mismo lugar de siempre y se quedó contemplando el mal carácter que lo embestía. Pasaron un par de minutos y todo parecía estar de igual forma. Levantándose de la silla, volteó a la ventana, miró hacia fuera y le dijo:
-Hoy es tu cumpleaños. Te he traído un pequeño detalle para que recuerdes-.
La televisión seguía trasmitiendo, el volumen se mantenía constante y Elio ignoraba aquella mano extendida, que traía consigo una caja color dorada con un pequeño moño rojo colocado justo en el centro. Lucy insistió en dárselo sin quitar la posición que había adquirido segundos atrás, obligando a que Elio tomara el obsequio y lo dejara con desdén junto a su almohada.
El mal trato que había recibido por parte de Elio ocasionó que Lucy abandonará la habitación con melancolía; se dirigió a su coche y partió a su casa. No entendía cómo Elio había cambiado tan drásticamente su comportamiento en unos cuantos días. Sin embargo, todo tenía una explicación, bastante entendible, dado que Elio no estaba seguro de todo lo que le contaban; se mantenía ajeno a las historias y las personas que decían ser parte de su vida y casi siempre dudaba de ellas. La confianza la depositaba en sus sueños, sólo ellos le podían revelar la verdad.
La mañana siguiente, Elio despertó con una sonrisa en su rostro. Cuando entró Regina a darle su medicamento, exclamó con fervor:
-¡Ella!- volvió a sonreír.
- ¿Quién? – tratando de sonar ajena al tema.
-Me invitó a pasar a su casa, observé su espalda suave y rígida a la vez. Me sentí acogido por el lugar, las fotografías se me hacían familiares, la comida tenía ese sabor de grata alegría y placer. Ella preparaba el postre, mientras, yo la esperaba con ansias. Cuando logré verla al fin, traía puesto su hermoso vestido rojo. Sonreí y le dije: “Sí, eres tú”.
Regina lo escuchaba atentamente, jaló una silla y decidió sentarse para saber más del sueño.
-La miré fijamente a los ojos y al fin pude darme cuenta de quién era. Reconocí su semblante, su figura y por su puesto su peculiar vestido. De repente todo fue desapareciendo, la casa quedó abandonada y ella se desvaneció. ¡La recordé!- gritó con felicidad, Elio.
Regina tenía que retirarse, nuevamente su turno había terminando. Recogió la habitación y al final le dijo:
-Sr. Elio, alguien lo espera detrás de la puerta, ¿Le digo que pase?-.
- Sí, ya era hora-.
Regina salió del cuarto, miró a Lucy y le dijo:
-Ya te está esperando-.
Lucy emocionada entró a la habitación de Elio, lo saludó y él le regresó el saludo con una sonrisa inmensa. Platicaron más de lo común y ella se despidió, ya que se le hacía tarde para ir al trabajo. Elio le pidió que se acercara un poco más, nerviosa ante la petición, Lucy dio tres pasos hacia él.
-Acércate más, quiero verte mejor- exclamó Elio.
Temerosa siguió la orden. Él le sujetó la mano, entrelazó sus dedos y la soltó instantáneamente. Lucy de inmediato se alejó y antes de partir le dijo:
-Hasta mañana Elio- . Se sujetó el cabello y avanzó a la puerta.
-Sólo queda esperar a que se detenga el tiempo en tus labios- murmuró Elio, un poco fatigado.
Cuando Lucy escuchó aquella frase acababa de emparejar la puerta, sus dedos soltaron la manija y lentamente los deslizó sobre su pierna. Trató de retroceder y volver a ser visible ante los ojos que se encontraban encerrados en aquella habitación y que la esperaban con júbilo. Pero Lucy permanecía inmóvil, como si espontáneamente estuviera perdiendo el control de sus movimientos. Presionó fuertemente sus dientes y de sus labios salieron tres palabras:
-Yo intenté matarte-.
No podía creer que ella había sido la que conducía el carro aquella noche, la causante de la tragedia de su esposo; llevaba 10 años sintiéndose culpable y lo era. El secreto había carcomido su alma, su conciencia y su amor por ella misma. Estaba muriendo en vida y lo único que la mantenía despierta era la idea de poder recuperar a su esposo. La frase pronunciada por Elio en esos instantes provocó que Lucy no pudiera contenerse. Era la misma que le había susurrado al oído la última noche antes de su accidente. Sin embargo, inconscientemente se había percatado que Elio la recordaba con ligereza y desencanto. A pesar de ello, aun no la llamaba por su nombre y quizá no sabía que estaba frente a sus ojos.
Eran las 10 de la noche y Elio regresaba de trabajar; abrió la puerta como cada viernes y entró saludando a su hija Bianca, quien como siempre estaba en el recibidor con un libro en sus manos, sólo que esta vez no podía concentrarse en su lectura. Cuando lo miro se lanzó sobre sus brazos y le dijo:
- Mamá está enojada, le he comprado este collar rojo, recuerda que es su color favorito, es preferible que se lo regales tú, quizá mejore su humor y podamos dormir tranquilos-. Elio tomó el collar, lo revisó, pero tan solo pensaba en qué pudo haber hecho mal para que Lucy estuviera molesta.
Al verlo Lucy, inmediatamente le arrojó un crucifijo, que había sido un regalo por sus bodas de plata, Elio alcanzo a tomarlo con su mano derecha y con un movimiento brusco y casi instintivo lo guardo en su bolsillo. La miró fijamente, manteniendo un semblante sereno y le dijo:
- Recuerdo nuestros 25 años de casados; ¡qué bonito día junto a la mujer de mi vida!-. Lucy permanecía parada y como respuesta a tal expresión lanzó al piso la fotografía de ambos, que se encontraba en el tocador.
Tomó aire, cerró sus ojos y Elio le pregunto:
- ¿Por qué destruyes nuestro recuerdos, Lucy? ¿A caso quieres terminar con cada uno de ellos, borrar nuestras vidas y partir rumbo a la soledad?-.
Frunció el seño, se puso sus lentes y mirándolo fijamente a los ojos con un intenso repudio, contestó:
- Quiero que vendas esta casa-.
Poco a poco, Elio se acercó a su figura; le acarició la cara con afecto, y con sus labios colocándose al filo de los de ella, le dijo:
- El tiempo resolverá esa acción, por el momento solo queda esperar a que se detenga el tiempo en tus labios, tranquilízate. ¡Te quiero, Lucy! –.
Abrió los ojos desconcertada y de inmediato se levantó del sillón; tímida y angustiada le preguntó a una enfermera:
– Disculpe ¿el señor Elio Guevara se encuentra hospitalizado aquí o sólo fue un terrible sueño? -.
La enfermera la miró condescendiente, y le dijo:
- Sra. Lucy, debería de ir a descansar, su esposo sigue internado aquí-.
Lucy se había quedado dormida recordando la noche de hace 10 años, las lágrimas comenzaron a apoderarse de ella, sujetó su cabeza con ambas manos y se dijo así misma:
-¿Por qué lo hice?-.
Mientras tanto, Elio se mantenía en el cuarto despierto. Volteó hacia la ventana para alcanzar a ver el sol que apenas asomaba entre las grandes nubes que cubrían el cielo. Tomó una pluma; se estiró para alcanzar el crucifijo; ese que consideraba le había salvado la vida; se cubrió bien con la cobija; puso su cabeza sobre la almohada, inhaló y exhaló tres veces, y cerró los ojos.
El reloj marcaba 15 minutos para el medio día; Lucy se sentía cansada y triste, así que decidió entrar a la habitación de Elio para despedirse como siempre. La puerta permanecía entreabierta, tal cual como ella la había dejado. Entró sigilosamente, se acercó a la cama y al ver a Elio postrado con sus manos pegadas a su pecho, se las separó. Entre ellas, se encontraba el crucifijo roto del día de su accidente; Lucy se lo arrebató, su cuerpo comenzó a flaquear, tomó la mano izquierda de Elio, la presionó y le gritó enloquecida:
- ¡Elio no me dejes!, perdóname por lo que intenté hacer, por lo que provoqué, ¡no me dejes! Quiero revivir nuestros recuerdos, nuestras vidas-. Lucy se inclinó ante su pecho, sollozando con fuerza, soltó su mano izquierda y al momento de extenderla, alcanzo a leer una frase:
“Antes de morir me llevare el único y más bonito recuerdo… el aroma que despide tu cabello, Lucy”.
Miriam Martínez, 5 :)
ResponderEliminarGustavo Téllez Trejo, 4
ResponderEliminarHeira Flores, 4
ResponderEliminarCecilia Conde Rendón 3
ResponderEliminar4 :)
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ResponderEliminarArturo Espinosa 4
ResponderEliminarMartha Zamora 3.
ResponderEliminarSusana Galván, 4
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ResponderEliminarDavid Martinsky... 4, buen cuento me cayó bien el vestido
ResponderEliminarEdith Martínez Rodríguez-5
ResponderEliminarEstefanía Morán Elizondo, 5 :')
ResponderEliminarFernanda Rodríguez: 4 ;)
ResponderEliminarJ. Carlos Glez. Piña - 5
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ResponderEliminarMiriam Martínez, 3
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