lunes, 10 de octubre de 2011

EL VIEJO MISTERIOSO

Un domingo por la tarde en el centro de la ciudad, caminaba como cualquier otro día, despreocupado, pero observando los detalles de las tiendas que me encontraba al paso y a las familias que salían sonrientes de las diversas misas. En ese momento de mi vida, no me importaba realmente nada más que aprobar la preparatoria con ocho, que era el mínimo para entrar a una universidad como quería mi madre, que ¡Vaya que me hacía pasar dolores de cabeza! Era un joven de diecisiete años, sin una visión clara de lo que quería ni de lo que sería el futuro, sólo quería vivir la vida loca, ir a tomarme unas copas con mis amigos esa noche y ligarme a unas cuantas chicas; no me importaba nada, sólo vagaba sin rumbo por el centro como todos los domingos.
Fue al doblar la esquina que me lo encontré, un viejo escuálido, más bien raquítico, apenas ayudado por un bastón delgado y frágil, casi tanto como él, pero a mis ojos, bastante costoso; vestía ropas extrañas, bastante elegantes debo decir, me recordaban el estilo pachuco. El anciano tenía la mirada perdida, caminaba en la misma acera que yo, pero a unos metros de distancia enfrente de mí. Me quedé mirándolo con curiosidad, era extraño ver a un viejito con esas vestimentas andando sólo por las calles, tan alejado ya de los sitios turísticos y además sólo.
El hombre daba pasos pequeños, cortos, se tambaleaba y parecía desubicado. Sin previo aviso se giró hacía el flujo vehicular ¿Pensaba cruzar la calle? Bajó de la banqueta lentamente, corrí para detenerlo, el paso de los carros no cesaba, hubiese sido mortal dejarlo continuar; lo sujeté de los hombros y lo senté en el borde de la acera. Él me miró con cierta curiosidad, pensé que se molestaría, pero por el contrario me sonrió en seguida y pude ver que le faltaban algunos dientes. Sus ojos eran pequeñitos y dejaban entrever el color azulado, típico de los ancianos en senectud. Le calculé unos ochenta años por lo menos.
―Gracias― Pronunció quedo, yo no comprendí por qué me daba las gracias, debería haberse enojado de acuerdo a mi lógica.
―Por nada― Contesté sorprendido y no pude evitar sonreírle también. Algo me provocaba confianza, como si se tratase de mi propio abuelo.
― ¿Sabes dónde estamos hijo?― Preguntó tratando de ponerse en pie, para lo cual tuve que ayudarlo y levantarme también.
―Pues en el centro de la ciudad, la calle se llama Aldama… creo―Respondí con naturalidad intentando hacer memoria inútilmente y me sacudí el polvo de mis pantalones de mezclilla.
―Bueno hijo― Contestó. Aún mantenía esbozada una sonrisa en el rostro lleno de arrugas― ¿Podrías encaminarme a mi casa? La verdad es que ya estoy muy viejo y no sé ni lo que hago.
―Claro ¿Por dónde está? ― dije mientras pensaba para mis adentros “ojalá no esté lejos”, no me molestaba ayudarlo, pero entre menos me tardara mejor. El domingo era muy joven todavía.
―No lo sé con exactitud― articuló despacio y con la boca temblándole, la sonrisa se le desvaneció de la vergüenza, supongo que no quería causar molestias ―La verdad es que no me acuerdo de muchas cosas, pero lo único que recuerdo es que hay un crucifijo muy hermoso tallado en la puerta de la casa.
―Bueno, no importa― aseguré y creé en mi rostro la expresión más optimista que pude, para que no se sintiera mal. El señor me hablaba de una manera tan educada, me dio culpabilidad dejarlo a su suerte, corría peligro solo en la calle.
El viejo tomó mi brazo y lo ayude a continuar su torpe caminata, me platicó que sufría de una enfermedad extraña que hacía que lo olvidara todo, por eso no recordaba la dirección exacta de su casa, pensé que también debía ser la razón por la cual vestía de una manera tan pasada de moda. Pero hacía varios años que todos sabíamos el nombre de la enfermedad, Alzheimer, y no se encontraba en calidad de desconocida, todos sabíamos sobre sus efectos, aunque no mucho acerca de la cura. Quizás por su falta de memoria era también, que se encontraba desubicado en cuanto a la fecha y época en la que vivíamos actualmente, pues refería hechos que sólo conocía por mis libros de historia y los documentales que la maestra se esmeraba en traernos. También me dijo que la pérdida de memoria le afectaba por episodios, a veces recordaba unas cosas, a veces otras.
Seguíamos caminando y dando vueltas por las calles del centro, ya había perdido la cuenta de el número de veces que pasamos por el lugar donde nos conocimos, sin embargo, no tenía intención de rendirme y botarlo, me agradaba el viejo, hasta era divertido, si no encontrábamos su casa, lo llevaría a la mía y desde ahí llamaríamos a la policía, a mi madre no creía que le importase, “ayuda a la demás gente, sé más consciente” me repetía todos los días antes de marcharme a la escuela, en ese momento estaba siguiendo su consejo, que vueltas da la vida. De pronto, él se detuvo en seco frente a una casa hermosamente decorada, me pregunté por qué no había visto una mansión tan elegante, si habíamos dado más de diez vueltas a la manzana.
―Esa es mi casa― Anunció el anciano mientras la señalaba con alegría desde el fondo de su corazón, quiso correr a cruzar la calle de nuevo imprudentemente, pero lo detuve del brazo para ayudarlo a cruzar de la manera correcta.
Efectivamente, un enorme crucifijo cómo de un metro de altura, magnifica y pulcramente tallado en madera, decoraba la entrada por encima de la enorme puerta colonial. Dos ventanales se alzaban majestuosamente a los costados de ésta, uno de cada lado, decorados con cortinas, de esas que solamente se veían en los hoteles y restaurantes elegantes de la zona turística. Me quedé estupefacto, anonadado, el viejo había resultado ser un millonario de abolengo, vivía en una de esas casonas que acostumbraba a observar pensando en el tipo de gente que la habitaría; aunque eso había cambiado un poco mi concepción de él, realmente me daba vergüenza la idea de que me ofrecieran alguna especie de recompensa, no supe jamás porqué; pero quise salir corriendo cual madre irresponsable de las películas dramáticas, que abandonan a sus niños en medio de la noche frente a una casa elegante.
No obstante, hice caso omiso al impulso y me quedé a su lado mientras llamaba manualmente a la puerta ¿Acaso no tenía timbre? Una sirvienta de indumentaria antigua, que recordaban a las de las criadas de las películas de Pedro Infante, las cuales mi madre devoraba en lo que yo iba a vagar por el centro, abrió la puerta y lo saludó con una reverencia, lo llamó por su nombre; no pude entenderlo por alguna razón, tampoco él me lo había dicho, pero no importaba, hice mi buena obra del día. En cuanto lo vi dentro junto a una enorme fuente al centro, del igualmente enorme patio, di media vuelta para irme y así evitar que quisiese recompensarme o algo similar, sin embargo, antes de siquiera terminar el movimiento, me llamó con su tenue, débil y suave voz y me dijo: “gracias, si un alma caritativa cómo tú me hubiera salvado…” con un tono tan sincero, que me causó un sentimiento inexplicable de paz a pesar de no comprender muy bien a qué se refería. Yo respondí con un “de nada” inaudible, la voz se me había esfumado y todo se escapó de pronto, me hundí en la oscuridad, vi todo alejarse rápidamente como por un túnel.
― ¿Estás bien?― dijo una voz bastante familiar.
― ¿Qué me pasó? ―exclamé e intenté incorporarme rápidamente.
― ¡Espérate! ― soltó preocupada mi mamá echándome hacia atrás, a juzgar por la oscuridad de la calle, ya era bastante noche. Creo que ella salió a buscarme preocupada, lo notaba en su rostro.
― ¿Qué demonios pasó? ― insistí con incertidumbre ― ¿Qué hago tirado a media calle? ―La cabeza me daba vueltas, no sabía el porqué de esa situación, pero algo sí era seguro, había ayudado a un viejito a encontrar su casa durante la tarde. Me exalté ― ¿Y el viejo? ― grité cómo si mi madre supiera toda mi odisea del día.
― ¿Cuál viejo? ¿De qué hablas hijito? ― Ella se notaba más preocupada, tal vez pensó que había enloquecido, estaba enfermo, drogado o borracho. Me examinó y me puso la mano en la frente para comprobar si no tenía fiebre.
― Ayudé a un viejo ― confesé y le quité la mano de mi frente, luego le conté toda la historia, incluyendo lo último que recordaba.
Ella me señaló con calma dónde me hallaba sentado, justo detrás se encontraba la puerta elegante, ya bastante descompuesta por los años, roída por las polillas y cerrada con unas enormes cadenas, el enorme crucifijo, ya viejo, roto y cayéndose por los años de abandono, los ventanales cubiertos por periódico. Era la misma casa, pero estaba vieja, abandonada. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, no me había percatado, sostenía en mi mano derecha un crucifijo idéntico al de la casa, pero más pequeño, estaba roto por la mitad, le colgaba un juego llaves bastante viejas. Me pasmé, una idea loca cruzó mi mente. Por intuición introduje una en la cerradura de las cadenas, y ésta se abrió. Estaba estupefacto y asustado, salí corriendo como poseído seguido de mi madre.
Tiempo después averigüe que durante la década de 1920, un anciano con Alzheimer había sido atropellado en la calle Aldama por el auto de uno de sus vecinos, un crucifijo colgaba de su cuello, del impacto causado por el vehículo, quedó partido en dos. No iban a visitarlo ni le prestaban interés desde años atrás, sus hijos habían gastado la inmensa fortuna que el viejo forjó trabajando como comerciante textil, y lo abandonaron, lo único que le había quedado era la casa con una doncella que se encargaba de todo. Ese día, a esa hora, la joven salió a comprar ingredientes para la comida y dejó la puerta abierta por accidente. Nadie ayudó al pobre viejo en una de sus crisis, y tuvo ese cruel final. Los hijos, que solamente pensaban en dinero y envueltos casi en la quiebra total, pensaron en, que muerto el señor, podrían vender la casona a un precio razonable, mas todas las personas que intentaron vivir en aquel lugar referían escuchar ruidos extraños, presenciar sucesos inexplicables y llenas de temor pedían reembolso y se marchaban para nunca regresar.
Finalmente la casa fue completamente abandonada, tal y como el anciano décadas atrás. No se supo más de sus hijos, solamente que estaban envueltos en más y más deudas por despilfarradores e invertir en cosas erróneas el poco dinero que poseían, sin empleo y sin estudios superiores, poco a poco se fueron perdiendo en la historia. Ese viejo me dio las llaves de su casa, aún no tengo claro el porqué exactamente, simplemente le ayudé de corazón. Ahora que soy adulto narro esto a mis hijos, amigos y a quién lo quiera escuchar, para prevenir situaciones así; me he esforzado cada día por mejorar, la casa del anciano ahora es un restaurante que manejo junto con mi esposa y nos va bastante bien; después de averiguar la historia detrás, no quise terminar como los hijos de ese señor, ni mucho menos, causar a mis padres el mismo dolor y triste final que le causaron a él.

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