Un son cubano endulzaba el aire de aquella calle de la vieja Habana que recorría con cautela. Era una música tan suave, que se alcanzaban a distinguir las guitarras en armonía exacta con las claves, el bajo y el entrañable sonido del bongó. La letra se desvanecía entre los sonidos de la ciudad. Una melodía hacía temblar a esas viejas pero coloridas estructuras, llenas de vida y coronados por esos balcones floreados y misteriosos que esconden cientos de historias pintorescas, tan distintas en lo individual, pero tan iguales en su conjunto.
El motor de los anticuados carros, los niños jugando frente a mí, algunos viejos cantando y bailando, el ruido de la multitud en su cotidianidad, todo, todo parecía desvanecerse. "…Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia, de tu querida presencia…" ya podía escuchar claramente. La letra tomaba forma. Poco a poco, me acerqué al lugar de donde provenía la inevitable música. Deseaba llegar ahí.
Tonos de azul, blanco y rojo, pintaban una manta a lo lejos, en la ventana de la casa más pequeña y descolorida, una bandera iluminada por la luz de las 6:30 de la tarde, cuando el sol quiere descansar y sus rayos ligeros apenas nos calientan. Una hilera de pantalones cortos colgaban sus pieles cafés en un balcón que había sobre mí; unas pocas camisas les hacían compañía. Aquí la gente suele andar con pocas prendas. "…Vienes quemando la brisa, con soles de primavera, para plantar la bandera, con la luz de tu sonrisa…". Me detuve a escuchar, el sonido era más fuerte, una tranquilidad llegaba a mí y me hacía volar mientras cerraba los ojos. Cuando los abrí me encontraba frente a una casucha abandonada con un perfume que jamás podría olvidar, no sé de donde pero lo conocía. En la entrada, yacían los restos de una Palma Real, árbol nacional de Cuba. Duré varios minutos frente a la casa, era la misma de la bandera que colgaba del balcón.
El alumbrado comenzó a encenderse, aunque parpadeante y de luz débil. "…Tu amor revolucionario, te conduce a nueva empresa, donde esperan la firmeza, de tu brazo libertario…" sonaba mientras abría la perilla de la vieja puerta de madera apolillada, aunque no era necesario pues con un simple golpecillo ésta hubiera abierto. Con temor, me adentré, era más mi curiosidad por saber porqué la música salía de ahí si la casa no parecía estar habitada. Estaba un paso adentro. Todo se veía iluminado por una luz tenue proveniente del faro de la esquina. Ese todo era un cuarto casi vacío, sólo una parte estaba ocupada por viejos muebles que parecían haber sido utilizado recientemente. No sabría cómo explicarlo pero se sentía una frescura extraña, una frescura como esa que sientes cuando entras a un lugar al que esperabas llegar después de haber estado mucho tiempo fuera."…Seguiremos adelante, como junto a ti seguimos, y con Cuba te decimos: hasta siempre comandante…" disfrutaba mientras tarareaba, tal vez porque me había aprendido el ritmo, tal vez porque ya lo había escuchado antes.
Por un momento, había olvidado que la canción era lo que me había traído hasta aquí. Fijé toda mi atención en encontrar de dónde provenía, era de una vieja consola, un gramófono impresionante. Jamás creí volver a ver uno. Estaba frente a los pocos muebles conglomerados de la esquina. Comenzaba a sentir un fuerte vacío, perdí la tranquilidad que sentía cuando recorría las calles. Mi cabeza retumbaba, una punzadita del lado izquierdo. La melodía me hacía levitar, como si quisiera decirme algo, como si quisiera explicarme por qué la extraña sensación.
Decidí dar algunos pasos hacia el escritorio de frente a la consola, pasos inseguros, temerosos. Casi resbalo con un crucifijo que estaba tirado, era igual al que traía puesto, pero el hecho no me causó extrañeza pues cualquiera pudiera haberse encontrado uno. Son de esos que venden los ambulantes de la isla. Lo recogí, estaba roto, le faltaba la mitad del brazo derecho, roto exactamente en el mismo lugar que el que colgaba de mi cuello. No se me pudo haber caído, pues aún sentía el mío.
A pesar del mareo que sentí, llegué a un mueble carcomido con un letrero enganchado que decía "zapatero", me recargué. Sostuve entre mis manos una foto tomada hace diez años, era el rostro de un sujeto de unos sesenta y seis años, tez morena que contrastaba con los blancos cabellos debajo de un sombrero de paja, barba a medio salir, piel curtida por el sol, una nariz ancha como sus labios. Rasgos muy arraigados, de los de la antigua isla. Escazas cejas, orejas muy grandes aunque discretas, delgado por lo que pude apreciar. Sus ojos, ojos húmedos y pequeños recubiertos por algunas arrugas.
De nuevo un aire familiar, ¿acaso he olvidado algo? Tras un suspiro supe que lo que reproducía el gramófono era una Canción Protesta surgida tras La Revolución Cubana, "Hasta siempre, comandante". Ahora podía predecir un poco de la historia de aquel solitario hombre de la foto.
Todas las mañanas ponía su consola, Carlos Puebla y sus letras llenaban sus ojos de recuerdos, de lágrimas contenidas con ganas de salir de su lugar. Sus ojos llorosos reflejaban una inmensa tristeza que nunca pudo superar, ¿acaso alguna pérdida?, aún no lo descubría, aún no lo recordaba, más bien estaba borroso en mi mente, borroso como mi viaje hacia Miami. Ahora que lo pienso, no recuerdo nunca haberme bajado de la lancha. Sólo estaba presente la incesante tormenta, presente el frío océano encajándose en mi cuerpo hundiéndome al mismo tiempo que desaparecía mi convicción que me llevó a salir de la desastrosa y limitante Cuba, desaparecía mi sueño de triunfar en otras tierras libres de la opresión, tierras libres de recuerdos amargos y pérdidas causantes de un dolor que parecía infinito. ¿Y los bellos y alegres balcones, y el buen sabor del son?, ¿la alegría de la costa con el aire fresco que endulzan los callejones compartidos?, ¿y la esperanza?
"…Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia, de tu querida presencia, comandante che Guevara…". Después de esa melancolía que me hacía sentir la pieza al recordar apagué la consola, me senté en mi silla, prendí mi ventilador como de costumbre, unos cerillos sobre mi escritorio me indujeron a encender mi pipa. Dejé mi sombrero en el perchero empolvado, soplé un poco sobre mis objetos para limpiarlos, tenía que ponerme al corriente pues tanto tiempo fuera me había atrasado el trabajo, cuatro pares de botuchas por arreglar. Ahí estaba yo de nuevo, esperando a que volviera la tranquilidad que me causaba el son al ir descubriendo mi isla como si nunca hubiera estado aquí, no quiero volver al sito donde todo terminó, a ese inmenso mar sin fin, me arrepiento, me resigno. Regresé a Cuba, a la vieja y alegre Cuba pero esta vez, para quedarme.
Gustavo Téllez Trejo, 3
ResponderEliminarMiriam Martínez, 4
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ResponderEliminarLiliana Tapia Martínez 4
ResponderEliminarCecilia Conde Rendón 4
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ResponderEliminarArturo Espinosa 5
ResponderEliminarbuena imagen de Cuba ;) 5
ResponderEliminarKarina Cruz Reséndiz, 3
ResponderEliminarAna Patricia Spíndola Andrade 3
ResponderEliminarSusana Galván, 4
ResponderEliminarMArtha Zamora, buenísima imagen de Cuba verdad Ross? (: 5
ResponderEliminarme encantó quiero ir a Cuba, quien quiera que seas :)
ResponderEliminarHeira Flores, 5.
ResponderEliminarte faltó "contigo", jaja. eres un obvio.
ResponderEliminarEstefanía Elizondo, óyeme Martha, sólo irá conmigo, solo por eso estuve a punto de ponerle 1, pero me gustó, entonces: 5
ResponderEliminarDavid Martinsky... 4, saludenme al corrector xD
ResponderEliminarEdith Martínez Rodríguez-4
ResponderEliminarFernanda Rodríguez: 4 (:
ResponderEliminarJ. Carlos Glez. Piña - 2
ResponderEliminarMe encantó la ambientación de tu cuento, tu descripción detallada me hizo transportarme a la isla. Buen trabajo. 5
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