lunes, 10 de octubre de 2011

CLICK

Esta una historia en donde aparezco yo, yo y mis otros yo… Usualmente todas las personas son “ellas mismas todo el tiempo” pero yo no, yo soy especial. Desde que era pequeño no me alcanzaba conmigo mismo, necesitaba más, más compañeros de juego, más de mis “yo´s” para tener más novias, diferentes personalidades para intentar encajar, para que no descubrieran quien era (¿o quiénes somos?) en realidad, en fin, más como yo para hacer lo que siempre quería hacer, quitarme esta comezón tan familiar que siento cada que veo a pequeñas mujeres como ella, yo no podía con tanto placer, tenía que compartirlo, mostrarle al mundo lo genial que era y sigue siendo tenerlas entre mis manos, la emoción que provoca el forcejeo, los gritos, las lagrimas… Esa gran excitación que no se puede contener…
Mi yo original ya es un viejo apagado por los años, acabado por la vida, sin memorias terrenales, sin aspiraciones, esta asquerosa vida me ha convertido en un maldito autómata. Soy un asco total, un desastre, si me preguntan cómo me llamo o qué desayuné esta mañana no lo recordaré, pero mi falta de memoria no es el tema central en esta historia, les voy a contar mi última aventura, la última porque mi cuerpo no podrá aguantar más, la última y nos vamos, la última y me voy.
Me voy porque quiero irme, mis recuerdos ya se acaban, se van evaporando con los días, yo ya no puedo más pero dentro de mí todavía hay una gran energía, un apetito voraz por comerme al mundo, por comérmela a ella. Y aprovechando la ausencia de mi casi demencia senil y estos momentos de lucidez les voy a contar, les vamos a contar, lo que pasó y espero que lo entiendan y puedan disfrutarlo tanto como yo lo hice, usen su imaginación… Ya basta de hablar de mí.
Aquella tarde era bastante soleada, caminaba rumbo a mi casa cuando de repente me encontré con un viejo, descuidado, sucio, totalmente miserable. Se atravesó en mi camino y por poco me hace caer. Fue después de haber realizado una pequeña maniobra para mantener mi equilibrio que la vi, rodeada de sus amigas, con esa luz tan extraña que se presenta antes del atardecer haciendo que se notase más su sonrisa, fue ese el preciso momento en el que nos enamoramos de ella, en que supimos que tenía que ser nuestra, la elegimos para que fuera mi “cierre con el broche de oro”. Sólo podía pensar en tocar su cabello, acariciar su cara, tenerla cerca… Pero no, no era el momento, tenía que planearlo, casi como una ceremonia para venerarla, una ceremonia que la mereciera, era hora de hacer un plan…
Y fue así como comencé los preparativos para honrarla, pasaba a diario fuera de su escuela, casualmente me cruzaba en su camino, le sonreía, cualquier acto de amabilidad, lo que fuese para ganarme su confianza, hasta que un día me devolvió aquella sonrisa que me volvía loco, mientras su mirada reflejaba que quería estar conmigo tanto como nosotros queríamos estar con ella, era “sólo cuestión de tiempo para estar juntos”, me decía para tranquilizar mis deseos en esa tan larga espera para ambos.
Mientras intentaba que ese acercamiento se provocara, ocupaba mis demás energías para preparar su llegada, parecía que el universo conspiraba que llevara a cabo mis propósitos con ella, porque un día, el primero de muchos que la seguí hasta su casa sin que se diera cuenta, un letrero enorme con gastadas letras rojas llamo mi atención, “se vende” y un teléfono era lo único que el letrero decía, el lugar perfecto para mi última princesa, para mi mejor princesa, una casa ya abandonada de estilo colonial, algo derruida por el abandono pero sabíamos que con unos arreglos le iba a encantar, esa misma tarde hice la llamada y al siguiente día, la transacción y todos los trámites, la espera se iba acabando y mi emoción se iba acrecentando día con día.
Preparé su habitación, una cama, un espejo, un florero con las rosas rojas más hermosas que pude conseguir, incluso le compré un vestido de un precioso rojo carmesí y unos zapatos que le hacían juego, para que resaltarán el color de sus ojos y las luces en su cabello. Arregle la puerta para que estuviera segura de cualquier mal y nadie pudiera entrar ni ella pudiera salir, para guardar su belleza solo para mí; aislé las paredes de su habitación para que los ruidos de la calle no pudieran molestarla y para que nadie pudiese oír las palabras de amor que con tanto esmero había escrito día con día, para podérselas decir todas en la que sería nuestra noche; aproveché un crucifijo roto, de buen tamaño, que encontré mientras limpiaba la basura de la casa para tapar un agujero en una de las paredes del cuarto de mi princesa, pensé en resanarlo con cemento o algo así, pero quería observarla mientras se instalaba, mientras se arreglaba felizmente para nuestra cita, quería verla siendo feliz, ese sería el secreto que jamás le diría y ese crucifijo sería otra cosa más que me uniría a ella por siempre.
Finalmente el día había llegado. Como ya era mi costumbre, fui a esperarla a la salida del colegio, esta vez en mi auto, me hizo esperar demasiado aquel día, de hecho empezó a rondar por mi cabeza la idea de que faltaría a nuestro compromiso, pero no, poco después del anochecer salió por aquella puerta y emprendió su regreso a casa, iba caminando muy apurada cuando la alcancé en el auto, no había nadie ya a esa hora en la calle, así que le dije que si no quería que la llevara, que esas no eran horas para que una niña tan bella como ella anduviera sola por las calles, se negó… ¡No entendía que le pasaba, no era la manera cómo debía reaccionar a mis invitaciones! Así me bajé del auto para convencerla, para que me dejara ser el caballero que una damita como ella merecía, pero no me dejó, un golpe seco detrás de la nuca bastó.
Con mucha delicadeza, la recosté en el asiento de atrás, un olor a diferentes flores emanaba de su piel y su cabello, tuvimos que tener mucho cuidado para no arruinar las cosas. Muy feliz me dispuse a llevarla a su habitación, mientras todos gritábamos de alegría porque al fin la teníamos cerca. Llegamos y como el marido a la mujer, la cargué atravesando el umbral de la puerta, hasta llegar a su habitación y recostarla en su cama, la cubrí con una manta y cerré la puerta. Después, me encargué de que todo estuviese perfecto para la cena; la comida, las velas, todo. Cuando estuve seguro de que todo sería de su agrado me dispuse a velar sueño, moviendo ese crucifijo roto que ahora nos conectaba.
Pasado un buen rato despertó, bastante desconcertada debo decir, pero igual de hermosa que siempre, entré a la habitación y le pedí que se vistiera o tendría que hacerlo yo, con lágrimas de felicidad en los ojos lo hizo, y yo no podía pensar otra cosa más que ella era lo más esplendoroso que había visto en la vida. Le serví la cena a la luz de las velas pero no quiso probar bocado, le dije todos los trabajos y los esfuerzos que había tenido que pasar para encontrar el lugar y preparar nuestra gran cita, le dije al oído todas las cosas de amor que había escrito para ella, no dejaba de emanar lágrimas de felicidad, sé que estaba tan contenta cómo yo, temblaba de la emoción. Le pedí que bailara conmigo, teniéndola tan cerca de mí, no pudimos controlarnos más, intentamos darle un beso pero me dio un golpe, rompió su espejo, tiró sus flores, me apresuré para que no se lastimara, para llenarme de su perfume, de su esencia, para cuidar de mi niña, para tener a MI niña… De repente sentí, un líquido en mis manos, salía de su cabeza, su calor se iba, su delicioso aroma desaparecía. ¡Dios mío, cuanto la quiero!
Ella se había ido, yo tenía que irme con ella…
Tenía que darme prisa si quería alcanzarla…
El viaje ya había empezado, no podía bajarme del tren a estas alturas, sólo podía escuchar sus voces cantando la canción que escuchamos cuando la conocimos…
Lo saqué de mi bolsillo, abracé lo que quedaba de ella y me concentré en el canto: “Estábamos los dos mirando el mar, cuando la tarde moría”… 3… 2… 1.
Click!!

18 comentarios:

  1. Martinsky... 5 me gusta el monolgua

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  2. El final me sonó demasiado familiar, una peli tal vez

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