Mi personaje de la vida cotidiana se refugia tras el pseudónimo de Blanco. Escribo este cuento a cerca de él por el significado sentimental que contiene. Blanco es mi personaje preferido, lo encontré en una película, lo traspasé a un mortal de mi vida real, se transformó en mi objeto sentimental, en mi pesadilla recurrente, en mi aparición efímera y trágica. Me convirtió en su títere maleable, en su más versátil fantasía. Blanco tuvo un sueño, un sueño que ocurrió en una Ciudad inimaginable, una Ciudad preñada de significaciones llamada Ciudad Tesoro. Ciudad Tesoro es el espacio más puro de la Tierra, el sitio que Blanco construyó para sí mismo con el fin último del aislamiento.
Despiertas de un lesivo sueño, estás sentado en la contaminada esfera del metro en la Ciudad de México. Nunca has querido ser parte de esto. Yo te observo sabiendo que ambos estamos atrapados en análogos misterios impenetrables. -¿Qué pasa cuando no hay arcoíris bajo nuestro espacio etéreo?- me pregunto. Aquí no hay colores, no hay efervescencia, no hay capacidad de protesta, solo existen los efectos perniciosos de una tóxica ciudad en donde la vitalidad humana se confunde con la agitación permanente.
Por eso te mostraste anhelante de un viaje sin vuelta. Ciudad Tesoro es el único lugar donde se puede ser feliz sin complicaciones.
No nos damos cuenta de los placeres que contiene la vida hasta que pasan frente a nosotros convirtiéndose en espuma del pasado, nunca sabemos cuánto valió la pena hasta que desperdiciamos la oportunidad, sucede también que un encuentro casual resulta ser superfluo hasta el desvanecimiento de la alergia sugestionada ante las relaciones humanas.
Resulta ser que él y yo nos conocimos el suficiente tiempo como para saber que había una espontánea coordinación de caracteres y una compatibilidad extraordinaria; pero jamás lo aprovechamos ni mucho menos nos empeñamos en explotar todas las combinaciones de actividades placenteras por descubrir. El primer paso fue aprender que sólo nos veíamos el uno al otro como queríamos vernos cerrando los ojos y dejándole al escepticismo los aspectos negativos. Mi actitud era crítica sin llegar a seca, la suya era seca sin llegar a destructiva.
Nos conocimos el verano pasado, en una tarde de calor espeso. Fue un encuentro extraño en el que después de un rato de caminar y platicar sin saber nuestros nombres, llegamos a una casa abandonada en las orillas de la ciudad. La casa lucía deteriorada y algo tenebrosa, cayó la noche, el clima se acomplejó pasando del calor penetrante a un frío misterioso; por eso entramos a la casa, con el motivo de refugiarnos pues era casi media noche y el transporte público ya no otorgaba servicio.
Jamás había conocido a alguien con sus características, hablábamos de la vida, de nuestros miedos y nuestras repulsiones.
-Tuve un sueño muy profundo. Despertaba en un sitio nunca antes imaginado, era un Ciudad de paredes brillantes y luminosas sin interrupción del caos humano, sin alteraciones, donde se respiraba un aire de indiferencia involuntaria- me repetía Blanco.
Aquí, en la gran ciudad, la destrucción era ante todo el escudo de la sociedad, lo que me hizo entender el sueño de Blanco, la masa pseudohumana trataba de usar estrategias de represión para minimizarnos al punto de ser sustancias etéreas e intrascendentes, en cambio yo, luchaba contra la vida que cada día urdía más para alterar el sector de calendarios y así provocar el desencuentro fatal de nuestras vidas.
Y aparece ese caprichoso virtuosismo desapegado y crítico que quise adherir a mis principios y siempre fracasando, los valores morales como fantasmas y los prejuicios soc
iales quedaron a un lado siendo insignificantes, el transcurrir del tiempo determinaba ahora el ritmo de nuestros movimientos, la condición de nuestros cuerpos y la deformación de la conciencia.
Para mí todo ese proceso físico venía siendo la plataforma de nuestra relación, nunca quise jugar sucio sin embargo mi inconsciente me traicionaba con una metodología precisa, los malos pensamientos eran casi siempre el estímulo con el que justificaba mis estratagemas. El cinismo se convierte en religión ininteligible, se pierde el sentido a la imagen visual, llega el terremoto y las ideas se programan para ser destruidas. Las complicaciones se aproximan y me quedo inerte esperando, sabiendo de antemano que carezco de las armas necesarias para defenderme de toda aquella manifestación. Se escurrieron los deseos y la metamorfosis se volvió nuestra salida más recurrente.
En esta ciudad no basta el carisma para reconstruir el orden perdido. El camino más resbaloso pero al mismo tiempo el más factible era el éxodo hacia ese lugar que ambos deseábamos. Ciudad Tesoro parecía ser una Ciudad impenetrable, visitaba ese lugar sólo en mis sueños. Blanco estaba más inconforme, su actitud era casi siempre suave, casi nunca violenta ni agresiva. -¿Cómo salir de aquí con todos esos impedimentos morales?- se preguntaba Blanco constantemente. Mi misión en esta historia no era más que la de proporcionarle todas las herramientas que él necesitara para escapar de aquí y viajar allá. Jamás fui buena enfrentando a la indiferencia y al conformismo; pero con Blanco todo era posible.
Para Blanco cada día era el indicado para partir, siempre despertaba al servicio de la fe. ¿Por qué no huía si tenía todo lo necesario para hacerlo? Eso es algo que jamás comprendí completamente hasta el día que realmente decidió partir.
Blanco soñaba con libertad, soñaba con técnicas para la felicidad, con instructivos para la comodidad, con introspectiva permanente.
Era una mañana de agosto, una mañana brillante, multicolor, suave y alucinante. La felicidad se expandía en cada esquina, el viento regulaba el crisol de las emociones, y este día, la emoción era incomprensible y purificada. Tal esfera rompía con la cotidianidad; algo ocurría diferente a los otros días, algo estaba corrompiendo las leyes de la apatía, corrompiendo la complejidad cultural. Era el éxodo de Blanco. Blanco desapareció sin notificarme sus planes. Seguramente Ciudad Tesoro ya era parte de su realidad. Lo único que me acompleja ahora es que sus memorias muy seguramente van a desvanecerse, tal vez lo encuentre en otra vida y me cuente que terminó siendo un viejo sin memoria, feliz, pero sin rastros de memoria. Lo único que quedaba para recordar el mundo real era aquel crucifijo roto que encontramos en esa casa abandona.
Italia Gutierrez, 4
ResponderEliminarJosé Rodrigo Espino Mendoza, buena forma de terminar! me gustó tu cuento! 5
ResponderEliminarHeira Flores, 4
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarMartha Zamora, 5.
ResponderEliminarLiliana Tapia Martínez 4
ResponderEliminarCecilia Conde Rendón 4
ResponderEliminar4 :)
ResponderEliminarLiliana Rodríguez 4
ResponderEliminarArturo Espinosa 5 excelente ortografía
ResponderEliminarSusana Galván, 4 ...Me agrada :)
ResponderEliminarFernanda Rodríguez: Muy bueno, me gustó mucho 5 (:
ResponderEliminarAna Patricia Spìndola Andrade 4
ResponderEliminarno le había entendido bien! lo volví a leer y definitivamente...5! Gustavo Téllez Trejo
ResponderEliminarDavid Martinsky...4
ResponderEliminarEdith Martínez Rodríguez-4
ResponderEliminarJ. Carlos Glez. Piña - 3
ResponderEliminarEstefanía Elizondo, 5
ResponderEliminarCuando leí "excelente ortografía" me pregunté si sería cierto...
ResponderEliminarBuena..sí, excelente...falta poco, buen manejo del vocabulario, has leído y se nota, buena historia en general, 4