Era una fría tarde de octubre, el viento soplaba pero su brisa era muy suave, de esas que apenas y sientes que te tocan la piel, de esas que tan sólo hacen sentir su presencia. La casa, a pesar de su aspecto lúgubre y descuidado transmitía una sensación de calidez, y resguardaba del clima externo a Don Demetrio, que como de costumbre se columpiaba en aquella desgastada mecedora frente a la ventana del patio trasero.
La cara de Demetrio reflejaba el paso de los años, su boca seca y serena era el resultado de no haber pronunciado palabra alguna en mucho tiempo; la barba, que había dejado crecer por descuido y que algún día fue castaña, ahora se pintaba de blanco; y su frente y pómulos parecían pesado, ya no hacía expresiones, estaban cubiertos de arrugas, de esas que en verdad te hablan de cómo te trató la vida.
Sin embargo, en contraste con esa serenidad y la falta de expresividad, había un rasgo en el rostro del viejo que destacaba de todos los demás. Sus ojos eran distintos, a pesar de verse cansados verdaderamente reflejaban la esperanza de su alma, su espíritu y sentimientos; esos ojos verduzcos que resaltaban con su piel blanca daban la impresión de mirar pero sin mirar, de buscar sin encontrar, de esperar algo que no terminaba de llegar.
La rutina de aquel anciano era siempre la misma: despertaba muy temprano cuando el sol aún no aparecía, se levantaba sorprendido quizá por el crujido de algún viejo mueble de su triste casa, o por el ligero movimiento de su mecedora, esa que desde hace tiempo la hacía de cama y que sería su compañera hasta el último instante de vida.
Luego se dirigía a su polvorienta cocina y tomaba una taza de contenido dudoso, un líquido que tenía olor y sabor amargo, de tonalidad muy oscura, quién sabe, probablemente era café. Lo bebía tibio mientras se posaba nuevamente en la mecedora y fijaba su mirada con detenimiento sobre el exterior, ese que intentaba adivinar entre la suciedad de la ventana.
Y así pasaban las horas, así se le iban los días sin que a él pareciera importarle, al contrario, daba la impresión de realizar cada cosa como si fuera una tarea importante que cumplir. Disfrutaba cada sorbo de café como si en él se le fuera la vida, lo saboreaba mientras se sumergía en sus pensamientos y perseguía en su cabeza ese recuerdo que no lograba visualizar bien, pero que hacia estremecer cada poro de su piel.
Algunos días tan sólo permanecía inmóvil hasta que el sueño lo alcanzara, otras veces se veía sorprendido por el insomnio, ese dulce bandido que no le permitía descansar, pero que le regalaba más tiempo para dedicarle a su tarea favorita: esperar.
Pero ese día de octubre Don Demetrio se sentía diferente, tenía una sensación que hacía vibrar su pecho, una emoción de esas que, como escalofrío, recorre el cuerpo desde la cabeza hasta la punta de los pies, que provoca que las manos suden y que se acumula en la garganta con muchas ganas de salir disparada. Desde que se despertó, Demetrio quería gritar pero al parecer el viejo había olvidado cómo se hacía eso, se dio cuenta de que ya no recordaba ni el timbre de su voz.
Había intentado pronunciar un nombre, sin obtener resultado, no pudo ni siquiera articular las palabras, y sin más se meció con un tembloroso empujón de sus piernas cansadas.
Así transcurría aquel día, en silencio, con el único sonido que provocaba el choque del viento contra la ventana, cuyo cristal se empeñaba con la respiración del anciano. Pero, pese a la aparente calma, ese intenso sentimiento seguía latiendo dentro de su pecho, provocando que imágenes difusas acudieran a su mente de vez en vez.
De pronto se sintió menos inquieto, parecía que el tiempo se había detenido, y comenzó a percibir un aroma que alertó sus sentidos; un aroma suave, como a flores, a hierba, un olor que de repente le aclaró el panorama, y el nombre con la imagen se concretó:
-¡Teresa, tanto que te he esperado!
El viejo pronunció esas palabras casi sin querer, con la voz entre cortada y rasposa, parecieron de repente un susurro o una queja.
-¡Al fin!
Pronunció de nuevo, abriendo esos labios que hace mucho no servían más que para tomar café, parecía que intentaba formar una sonrisa, pero no consiguió más que un gesto extraño.
Veía frente a él a su amada Teresa, aquella mujer morena, delgada y dulce con la que había compartido toda su vida, con la que había reído y llorado, la chica tierna que lo atrapó a los 16 años y lo enseñó a amar.
Era ella a quien tanto había esperado sentado, en esa casa triste ubicada en la parte vieja de la ciudad; definitivamente era ella, y al fin la tenía frente a él. ¡Su aroma! sí, era eso lo que lo inundaba, esa fragancia a hierba había llenado todo sus ser y sintiéndose pleno cerró los ojos y se dejó llevar.
En ese instante sintió que una mano recorría su rostro y se detenía a acomodar los mechones revueltos de cabello blanco de su cabeza. La sintió de nuevo, como antes, como si nunca se hubiera ido. Sintió sus manos tersas y suaves, y se convenció por completo, era su bella esposa.
La tomó entre sus brazos temblorosos, la sintió, absorbió su aroma y la volvió a amar. Era ese amor el que sin duda nunca había podido olvidar, era ese sentimiento el que palpitaba en su pecho y lo hacía dormir, beber café, esperar frente a la ventana y vivir.
Pero un murmullo ensombrecería ese momento, el viejo desmemoriado abrió los ojos verdes, por los que desbordaba felicidad, y en un instante su amada ya no estaba, no había nada, solo un profundo silencio que lo hacía sentirse diminuto, pequeñísimo ante esa inmensa, triste y solitaria casa.
Se encontró a si mismo ahí, sentado en la sucia mecedora, observando por la ventana. Un recuerdo los hizo entristecer y provocó un extraño temblor en sus piernas, lo llenó de nostalgia y provocó que por sus ojos se asomaran algunas lágrimas.
Había sido el viento que se dejaba amar, esa brisa suave y fresca de octubre que le llevó la fragancia de su dulce Teresa.
Demetrio volvió su atención a la ventana cuando el sol aún mostraba sus rayos, sería esa luz la que permitiría observar de nuevo a su querida, que yacía descansando en patio trasero de su casa. Miró de nuevo sobre la lápida aquel crucifijo blanco, roto y desgastado que él había puesto hacía 7 años.
- ¡Ah, mi linda Teresa!
Pronunció con un suspiro el anciano, y sería esa frase la que inundaría su casa y retumbaría sobre los muros un buen tiempo, hasta que el sueño volviera a sorprenderlo, o quizá cuando la recordara de nuevo, total ya la había olvidado de nuevo.
5 :)
ResponderEliminarLiliana Tapia Mtz, 5
ResponderEliminarMiriam Martínez M. 4 ;)
ResponderEliminarJosé Rodrigo Espino Mendoza, 4
ResponderEliminarGustavo Téllez Trejo, 4
ResponderEliminarMartha Zamora, Bien bueno 5.
ResponderEliminarHeira Flores, 5
ResponderEliminarCecilia Conde Rendón 3
ResponderEliminar4 :)
ResponderEliminarArturo Espinosa 5 pobre anciano!
ResponderEliminarSusana Galván, 4
ResponderEliminarFernanda Rodríguez: 5 (:
ResponderEliminarAna Patricia Spíndola Andrade 3
ResponderEliminarEstefanía Elizondo, 5
ResponderEliminarDavid Martinsky... 4
ResponderEliminarEdith Martínez Rodríguez-5
ResponderEliminarJ. Carlos Glez. Piña - 3
ResponderEliminarMe gustó mucho 5. Buen trabajo
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