Ahora era oficialmente
A Jules Barbey D`Aurevilly con todo mi intestino grueso
El aire helado golpeaba sádicamente los pulmones de Abelardo, mientras sus manos inertes se aferraban al vaho que bailaba en torno a su boca, salpicando la calle con su agonizante olor agridulce. Un cosquilleo escurridizo se clavó en su garganta para dirigir una macabra peregrinación de flemas hacia lo que alguna vez fueron sus bronquios. Carraspeó un poco y logró expulsar algunas de las flemas invasoras. Las más débiles, no resistieron la carraspera y se estrellaron contra sus manos, cubriéndolas con un pellejo viscoso que, gracias al frío, las manos no alcanzaron a percibir. Abelardo, comenzaba a pagar por los miles de cigarros que habían encontrado la muerte entre las grietas de sus labios duros y callosos. Lo sabía muy bien. Treinta años de alojar nicotina en los pulmones fueron suficientes para que su respiración amenazara con irse para siempre. El frío no suponía un problema tan grave. La vida en la calle había acostumbrado a Abelardo a vivir con la piel tensa y salpicada por las llagas que le provocaban las heladas nocturnas, siempre molestas con sus sesenta kilos de existencia andrajosa y escurridiza. No era muy alto. Poco más de metro y medio le bastaba para almacenar las casi cinco décadas de traumas que lo habían creado. Su rostro lampiño y con aquel color canela tan común en el aserrín viejo, estaba colocado detrás de unos casi líquidos ojos negros que, a pesar de su contraste con la enmarañada cabellera gris que le colgaba de la cabeza, le daban un aspecto casi adolescente. Sólo los kilos de mugre que jugaban a ser esa barba que nunca apareció, ayudaban a Abelardo a presentar una imagen más acorde a su edad y situación, tan lejana de ese rostro pueril que tanta vergüenza le causaba entre los melenudos con los que salía a recorrer las calles en busca de cigarros, comida, mujeres, o cualquier cosa que le ayudara a escapar de sus demonios portátiles.
Alrededor de Abelardo se desarrollaba un universo de oscuridad que crecía con cada paso dado por alguno de sus tenis rotos. El golpeteo de los tenis contra el pavimento era causa de una sinfonía de rechinidos que, de vez en cuando, era interrumpida por la agonía de algún perro, o por el destripamiento de algún gato en manos de un congénere más fuerte. Es verdad que algunas casas orgullosas se negaban a ceder espacio a la gravedad y se empañaban en mantener de pié sus decadentes y leprosas fachadas, pero en ninguna de ellas había vida ya; todas estaban abandonadas a merced del viento y de los vándalos que se divertían haciendo volar sus otrora soberbios ventanales, en miles de cristalitos que quedaban inmovilizados en las banquetas, formando verdaderas cordilleras de polvo y cristal. A lo lejos, donde la ciudad ganaba verticalidad y levantaba su elegante silueta dorada, se podían escuchar algunas patrullas. Las piernas de Abelardo comenzaban a cansarse.
Conforme el frío se ensañó con su piel, Abelardo no tuvo más remedio que meter una mano en la bolsa de su chaqueta y hurgar en busca del último cigarro que le quedaba. La carraspera arreciaría, pero Abelardo disiparía la angustia manifestada en esa mano sudorosa que hurgaba entre la tibia piel de la bolsa, desesperada por encontrar a ese cigarro que, en vano, trataba de escabullirse. Sin ninguna misericordia, la mano tomó el cigarro y lo llevó hacia la boca de Abelardo. Una muerte anaranjada se posó sobre la cabeza del cigarro y el martirio dio comienzo. Por cinco minutos, Abelardo se sintió redimido por ese cigarro. Durante un buen rato, la única luz que se atrevió a existir en aquella oscuridad aplastante, fue la del cigarro. Poco a poco, otra pequeña luz surgió amenazante hacia el fondo de la calle. Brotaba de una de las casas y era fría y opaca. Asaltado por la curiosidad, Abelardo arrojó la colilla al suelo y caminó hacia aquella nueva luz haciendo que los rechinidos de sus tenis se volvieran cada vez más frecuentes. Una vez que estuvo ante la fachada de la casa de dónde venía la luz, unos murmullos atravesaron la piedra y se escurrieron en sus tímpanos. Abelardo no podía descifrarlos. Algunos trozos de tela podrida cubrían las ventanas separando a Abelardo de los murmullos y de la luz.
Con la mente ocupada siempre en sus recuerdos y en sus cigarros, lo normal era que a Abelardo no le quedara tiempo para ponerse a mirar dentro de las casas; de hecho, no le gustaba. Lo encontraba patético, ilógico, ridículo y despreciable. No había para él nada más asqueroso que la desnudez de aquellas familias, tan distintas pero a la vez tan iguales al despojo de familia que él había tenido tantos años atrás. Sin embargo, con el pesar de su aversión a mirar por las ventanas, esa casa venció su curiosidad y lo invitó a adivinar lo que se ocultaba detrás de aquellas cortinas.
Como Abelardo era muy bajo para ver por el hueco que quedaba entre el canto de la ventana y las cortinas, caminó hacia la puerta y trató de buscar algún hueco dónde pudiera colocar el ojo. No tardó en darse cuenta de que aquel imponente pórtico de manera despostillada estaba abierto, y no solo abierto, también a punto de pasar a mejor vida. Un rechinido seco y rasposo lo delató como un pórtico desahuciado. Abelardo lo empujó hacia atrás y se deslizó por el hueco que se abría entre la puerta y la bisagra fantasma que, alguna vez, había tenido su casa entre la cantera de la pared. Su extrema delgadez, siempre le había permitido a Abelardo escabullirse por los huecos más inverosímiles, ayudándole a conseguir el pan en más de una ocasión. Una vez que Abelardo fue succionado por la casa, su nariz sintió la relación sexual desarrollada entre el agrio olor de la madera cadavérica y el amargo del papel chamuscado; éste venía del mismo lugar que la luz y los murmullos: una pequeña habitación que se encontraba a la derecha del oscuro pasillo que conectaba la puerta con la nada.
Abelardo, se internó en aquel laberinto demoníaco. Cuando llegó a la puerta de la habitación que le interesaba, giró levemente la cabeza, se paró de puntas y, tratando de no ser visto, la recorrió con la mirada. Estaba desnuda. Sólo un viejo candelabro transformado en vecindad de arañas y un crucifijo sin una pierna habían sobrevivido al apocalipsis ocurrido entre las paredes de aquel lugar. Al centro había una fogata que no dejaba de devorar periódicos y rollos de papel higiénico. Alrededor de ésta, había tres figuras patéticas que, sentadas sobre varias pilas de ladrillos rotos, no dejaban de alimentar aquellas llamas mezquinas. Parecía un aquelarre en honor al más insignificante de los demonios. Abelardo se quedó mirando inmóvil por un rato. Los súbditos de aquel fuego fatuo: dos hombres y una mujer, no habían notado aún su presencia. “¡Imbéciles!”, pensó Abelardo mientras uno de ellos agitaba inútilmente un diario, esforzándose para que su caprichoso fuego no los abandonara. Los cachetes de Abelardo le hicieron espacio a una sonrisa burlona, luego, la luz se desvaneció dando lugar a un océano de humo que se alojó en los pulmones de Abelardo. Los raspones volvieron a su garganta, seguidos por otra peregrinación de flemas, finalmente llegó una carraspera ensordecedora que sacó del éxtasis a las figuras patéticas y las hizo mirar hacia la puerta.
— ¿Quién anda ahí? —Preguntó una voz grave y masculina— respóndale, ¿Quien anda ahí?
Abelardo decidió presentarse con ellos, después de todo, era obvio que no eran los dueños de la casa.
— Soy yo —Abelardo tosió un poco— Soy yo.
— ¬¿Quién yo? Indentinfiqueseee…
— Un compa —dijo Abelardo con la voz totalmente seca— un compa. Me llamo Abelardo, quería ver si me dejan dormirme acá, es que me agarró allá el frío canijo este que hace y pos me agarré a caminar toda la calle de la estación hasta que di con esta casita.
Las tres figuras intercambiaron miradas y de nuevo habló el de la voz grave:
— Tsss, chale ira. Pos acá mis valedores la neta, como que no tienen pedo, pero ps yo ni sé ira ¿Traés pa´pistear?
— No— respondió Abelardo.
— Tsss. Tas erizo carnal, tas erizo. Es que ese es el pedo —El hombre de voz grave negó con la cabeza— si no traés pisto ¿A qué te quedas?
— Ejalo e se jede —Balbuceó la mujer mientras restregaba una estopa sucia contra su cara— no sea ulero.
El de la voz grave miró al tercer integrante del grupo, un anciano que no había cambiado de posición en toda la noche. Luego le dio un trago a una botella que traía en la mano y siguió hablando:
— Ira tú. Nomás por hacerle segunda a mis carnales, te voy dejar que te quedes acá en nuestro penjaus. Nomás no te me pases de rosca porque te tuerzo el mecate carnal ¿Agarras el pedo?
— Simón— respondió Abelardo mientras el de la voz grave lo rodeaba con los brazos y repartía palmadas por toda su espalda.
Una vez que el tipo soltó a Abelardo, caminó hacia una de las esquinas del cuarto y volvió con un garrafón ahogado en líquido gris. Inclinó suavemente el garrafón sobre la fogata y ésta resucitó acompañada de un olor amargo pero delicioso. Por primera vez, Abelardo pudo ver con claridad las caras de sus anfitriones. El de la voz grave no era más viejo que él, sin embargo era mucho más alto y corpulento. Una jungla sucia y pastosa se abría paso entre sus orejas y bajo su nariz, crecían cientos de alambres que hacían imposible verle la boca. La mujer, por el contrario, era incluso más baja y delgada que Abelardo, casi no tenía senos y en su cara quedaban los restos de una belleza sepultada bajo el imperio de la mugre. Su cabello era notable colección de rastas naturales y en una mano llevaba fuertemente agarrado un tubo de pegamento que no soltaba por nada. El anciano era el más limpio de los tres; era delgado, muy delgado. Su cara estaba apenas calcada sobre el cráneo y sus negros, casi iguales a los de Abelardo, estaban siempre perdidos entre las danzas de la fogata. Una gorra de los pumas fingía ser su cabello.
Se quedaron contemplando el fuego, incómodos por ese ruido silencioso que hacía la carne del periódico al disolverse entre aquel océano de furia naranja. Los ojos de Abelardo eran un espejo dónde los trozos de periódico podían ver la metamorfosis de su carne en ceniza. La del papel era una agonía gris, gris como el líquido que mantenía vivo a aquel demonio de fuego. Las llamas devoraban las noticias a un ritmo terrible. A Abelardo le provocaba mucha lástima pensar en aquellos que habían sido fotografiados para esos periódicos perecederos; atrapados en un papel para siempre, tuvieron como destino avivar el fuego de unos vagos. A veces los envidiaba, pues le entraban unas ganas irresistibles de arrojar su carne sucia y vieja en aquellas llamas y terminar con su existencia dolorosa para siempre. Adiós calle, adiós mugre, adiós calambres en la entrepierna.
Detrás de las llamas, se asomaba la terrible mueca del cristo cojo. El cristo, se esforzaba por salir de su cruz, también a él le daban ganas de arrojarse contra el fuego. Abelardo recorrió la geografía empolvada de aquel crucifijo convaleciente. La única pierna del cristo estaba dolorosamente clavada a un taburete de cobre rojizo; más arriba, una superficie zigzagueante anunciaba la interrupción de su piel de porcelana en el lugar que le hubiese correspondido a la otra pierna. Un taparrabos ficticio cubría un pene inexistente. Encima, surgía un vientre casi plan que se mantenía sobrehumanamente adherido a lo que se suponía era la espalda. El cristo no tenía cuello, sólo una simulación de barba que brotaba de sus labios derretidos y marchitos; parecía la espuma de un animal rabioso a punto de perder su mandíbula para siempre. Su nariz no estaba ya, había huido dejando en su lugar un agujero negro que desafiaba al rostro pueril de Abelardo. Los ojos del cristo estaban condenados a mirar perpetuamente hacia arriba, añadiéndole una dimensión más a la tortura que le ofrecía el depravado madero donde estaba clavado, ese madero que no lo abrazaba, pero tampoco lo dejaba huir de la rigidez de sus brazos. El madero pervertido y juguetón, cómplice de un Dios Padre desalmado que gozaba viendo agonizar a su hijo. “Maldito Dios Padre”, pensó Abelardo mientras retiraba la mirada del espectáculo ofrecido por aquel trozo de porcelana destrozada. “Eres un culero”.
— No nos hemos presentado, mi Abe —dijo el de la voz grave sacando a Abelardo de sus meditaciones blasfemas— Yo soy Felipe, pero acá en la bandera me dicen “El Chilis”. Ella es Juana —señaló hacia la mujer, que aún no retiraba la estopa de su nariz— acá le decimos “La Yein”. Aquel de allá —señaló ahora hacia el anciano— es no tiene nombre. Nomás le decimos “Don”, no habla ni nada. Se quedó pendejo. Nomás pistea y se la vive en su trip. Pero es bien chido el Don ¿Verdad Don?
El don se limitó a mover la cabeza de arriba abajo. Hizo contacto visual con Abelardo y giró de nuevo la cabeza hacia dónde estaba el fuego. Algo había en aquel anciano que le resultaba familiar a Abelardo. No era una familiaridad agradable, por el contrario, le provocaba repulsión y le recordaba aquellos días de su infancia cuando, recién cadaverizada su madre, la casa se volvió alcohólica y se llenó de ese maldito olor a agridulzón del tequila mezclado con Coca-Cola y… semen, manchas de semen que salpicaban toda la cocina mezclándose con el tono negro de la sangre coagulada en la cabeza y el ano de un Abelardo ahogado en lágrimas y moretones. El Don le recordaba al que lo había crucificado en la calle, obligándolo a huir de la casa con apenas once añitos cumplidos. Le recordaba a su padre, es más, era su padre. Tenía que serlo ¿Por qué le habría desviado la mirada si no?
Un lento cosquilleo subió desde el estómago de Abelardo y se detuvo entre la sequedad pastosa de su garganta. Las manos comenzaron a temblarle y su corazón amenazó con reventarle las costillas. Sus ojos ahora bailaban al compás del fuego y sus labios vibraban según el ritmo que imprimía el aire que escapaba de su tráquea. Frente a él estaba el miserable que se había encargado de regalarle una orfandad fría y trituradora, el que lo había traído al mundo como un niño trae su juguete a casa. El que lo había hecho renegar de su infancia para buscar una vida adulta que nunca se dignó en aparecer. Aun después de pasados tantos años, era el momento de vengarse.
Los ojos de Abelardo volvieron a la carne cristalina del patético crucificado que gobernaba aquel cuarto. El dios rabioso, inmóvil como siempre, contestó la mirada de Abelardo con una colección de arrugas bañadas en sangre de porcelana. Las arrugas olían a muerte, una muerte gris como la de los papeles incinerados en la fogata. Ese cristo estaba siempre a punto de morir. Esa vez no quería morir solo, quería llevarse a alguien con él. Abelardo lo sabía muy bien. Para sus estúpidos compañeros, concentrados sólo en su estopa y en sus cervezas, aquel crucificado cojo no era más que una baratija con la que la historia se había ensañado. Para Abelardo, era un espejo. Dónde los demás veían sólo madera unida a una masa de porcelana, él veía un libro con su vida escrita en una sola frase y, además, escuchaba una voz que le susurraba algo al oído. Una palabra que poco a poco se desnudaba para el oído de Abelardo: “¡Mátalo! ¡Mátalo de una vez!, ¡Véngame!”
— No estoy seguro de que sea él— Balbuceaba Abelardo desde el interior de su cabeza.
— ¿Cómo no va a ser él? ¡Míralo! — insistía la voz imaginaria— es el mismo viejo asqueroso que nos crucificó, a mí en esta cruz y a ti en la puta calle.
— No, no es él.
— ¡Que lo mires bien dije!
Abelardo giró su cabeza y en sus pupilas hirvientes por obra y gracia del fuego, se dibujó el raquítico cuerpo de aquel anciano calvo y desdentado que trataba de evitar a toda costa la presencia de Abelardo. Todo en él era tal como cuarenta años atrás. Era el mismo demonio que en otras épocas había hecho tan desgraciado a Abelardo, solo que en viejo y moribundo. Su cabeza seguía igual de grande y sus ojos igual de dilatados. Las manchas blanquecinas del semen fantasma habían abandonado sus pantalones. Ya no le funcionaba aquel artefacto de tortura que solía colgar entre sus piernas. Ahora era débil. Ahora él, era el débil.
Abelardo lo miró con desprecio y se tragó una masa de saliva parricida que no pudo satisfacer su impulso de estrellarse contra el rostro carcomido del viejo. Aún no estaba convencido de vengarse. El Don le había provocado tanto dolor, que cualquier sufrimiento le parecía poca cosa para lo que el desgraciado merecía. Sin embargo, Felipe y la Mona eran muy amigos de aquel anciano. Al entrar al cuarto, había visto un pequeño tubo negro de metal bajo el cinturón de Felipe. No era buena idea hacerle algo al Don enfrente de sus cuates. El seco crepitar de la fogata fuñe interrumpido por la voz dura de Felipe:
— Oye mi Abe, ¿Vete por unas chelas, no?
Abelardo giró la cabeza. El rostro alambrado de Felipe, lleno de mugre y restos de comida, lo provocaba poco menos que lástima ¡Unas chelas!
— Claro, simón ¿Dónde hay?
— En el patio de atrás carnal, ahí llégale y están unas cajas. Traite unas dos. Dile al Don que te ayude. Órale Don, lléguele a ayudarle al Abe.
El Don giró su cabeza y bajó la mirada en cuanto estuvo frente a Abelardo. Éste se levantó y salió del cuarto. Volvió al pasillo negro por donde entró e inició su camino hacia el patio. Unos pasos huecos y crujientes lo seguían tratando de guardar distancia. Era el don olfateando su lecho de muerte. Abelardo ya había tomado su decisión. Esa noche, el don iba a ser abandonado por la señora existencia. El pasillo era una garganta de polvo y cristales rotos que se esforzaban por engullir a Abelardo y al Don. Los desnutridos rayos de una luna azul gangrena se estrellaban contra las hileras de ladrillos condenados a la inmovilidad perpetua. Esos ladrillos custodiaban un pequeño patio al final del pasillo. Ahí fuñe dónde los ojos de Abelardo dieron con una montaña de cajas llenas de botellas turbias y temerosas ante la idea de que unos labios les chuparan el alma. Tomó una de las cajas y se dispuso a volver a la fogata. En la entrada del pasillo se erigía el cuerpo transparente del Don. Parecía un monumento la lástima. Sus ojos, pintados de azul por la generosa luz de la luna, miraban hacia adelante suplicando una clemencia olvidadiza. No dijo ni una palabra. Un puntapié de Abelardo bastó para derribarlo. No gritaba. Unos pocos chillidos alcanzaban a escapar de su boca mientras sus ojos se humedecían y una transparencia líquida unía su nariz con sus labios. Pronto, sus costillas comenzaron a tronar y la transparencia líquida se volvió roja. Sus dientes escaparon cobardemente de su boca, mientras una sensación salada contaminaba su rostro. Las manos de Abelardo se posaron sobre su cuello. Unos pulgares huesudos y calientes se insertaron en su tráquea, provocando que se su boca saliera una pasta rojinegra. Sus pupilas se ocultaron avergonzadas, dejando sus ojos en blanco. Un minuto después, un saco de piel Inerte ocupó el lugar del Don, ahora era oficialmente un cadáver.
Los ojos de Abelardo se estaban derritiendo. Por fin era libre de ése bastardo, por fin había vengado tantos años de abusos, golpes y vagancia obligada. Por fin se había bajado de su cruz. El anciano se había evaporado para siempre. Abelardo despegó los pies del reciñen creado cementerio y se dirigió hacia la puerta de la casa. Su paso por el cuarto de la fogata fue interrumpido por la gravedad de la voz de Felipe.
— ¿Qué pasó mi Abe? ¿Ya trajeron las chelas?
Abelardo lo ignoró y cruzó el arco podrido tras el cual se dibujaba la noche callejera. Sus tenis volvieron a rechinar, cada vez más rápido.
— ¡PINCHE PERRO HIJO DE TU RECONTRAPUTA MADRE! —se escuchó desde el interior de la casa— ¡No mames! Te dije que no te pasaras de rosca. Hacerle estas mamadas al pinche Don ¡al Don! Ese güey era tan buen pedo —al lamento le siguió el martilleo pesado de unas botas— Ahora si lo mato al puto, ahora sí lo mato. Espérame aquí, Mona. Voy a darle crank a este cabrón.
En las sienes de Abelardo se incrementó la presión. El piso se volvió blando y la acidez se instaló en su estómago. Desde atrás, brotó un sonido seco y explosivo. Una descarga eléctrica se dejó caer sobre su espalda, mientras su corazón era perforado por un cuerpo caliente y puntiagudo. Su pecho quedó empapado de un líquido frío y espeso. La calle se transformó en un mundo blanco y brillante. Su cuerpo se inclinó y se incrustó en el pavimento. A su alrededor, se formó un charco helado y multicolor. Sus párpados cayeron derrotados y el mundo blanco se tiñó de un negro permanente. Era oficialmente un cadáver.
Italia Gutierrez, 5
ResponderEliminarHeira Flores, 5
ResponderEliminarLiliana Tapia Martínez, 3
ResponderEliminar4
ResponderEliminarMartha Zamora, 4.
ResponderEliminarCecilia Conde Rendón 3
ResponderEliminarGustavo Téllez Trejo, 4
ResponderEliminar4, bueno pero el final aaah como que me faltó
ResponderEliminarSusana Galván, 5
ResponderEliminarEstefanía Elizondo, 5 aunque me espanté jajaja
ResponderEliminarArturo Espinosa 5 interesante!
ResponderEliminarMartinsky... 4, proliferacion de descripcion, dialogo desfaasado, dedazos, oraciones muy largas cuidar eso
ResponderEliminarperigrinacion de flemas..buenas frases!! jaja 4
ResponderEliminarEdith Martinez Rodriguez-4
ResponderEliminarFernanda Rodríguez: 4 ;)
ResponderEliminarMiriam Martínez, 4
ResponderEliminarJ. Carlos Glez. Piña - 1
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