miércoles, 19 de octubre de 2011

AD LIBITUM 1968

Por aquellos días el caos había llegado a mi vida. Sentía como si hubiera cruzado una puerta que me situaba en un mundo paralelo, un mundo igual al mío pero en el cual la lógica no existía, un mundo en donde no podía interactuar con nadie. Mi visión estaba bloqueada por una especie de película que me hacía ver todo en forma borrosa, deforme, con líneas irregulares. Las curvas se volvieron caóticas, zigzagueantes; las rectas parecían no tener final y se volvían circulares, los edificios eran monstruos gigantescos moviéndose de un lado a otro con el viento, los automóviles parecían derretirse en el pavimento, la gente… la gente era humo negro con rostros pálidos flotando sobre la acera.
Yo simplemente observaba aquel aterrador paisaje, ¿acaso he muerto? era la pregunta obligada. No podía moverme con facilidad, era como si mis pies pesaran 50 kilos. Para desplazarme tenía que arrastrarme como un lisiado, tenía que poner tensión en cada músculo de mi cuerpo, y así, poco a poco moverme. ¿Por qué yo no era una sombra flotante? me preguntaba. A cada paso me detenía un largo rato para descansar, el proceso de desplazarme era cansado, doloroso, angustiante. Cada que paraba alzaba la vista recorriendo el paisaje buscando algún rostro conocido.
Extrañamente, el tiempo transcurría más aprisa que antes, lo podía notar al mirar un gran reloj en lo alto de una iglesia a una cuadra de donde estaba. El ocaso del sol ya había teñido el cielo de rojo. Nadie más estaba en mi condición, todos eran sombras flotantes, iban de un lado a otro, mirándome con desprecio, con asco. Volví a hacer el esfuerzo de desplazarme, pero después del tercer paso me detuve, la noche había caído ya.
Miré al horizonte y advertí muy a lo lejos, irradiando una luz intensa, una mujer rodeada de sombras, la luz que iluminaba su entorno como si fuera de día, poco a poco se acercaba hacia mí, sus pasos eran suaves, no tocaba el piso, su movimiento cadencioso era hipnótico, de pronto la tuve enfrente. Tuve que cerrar los ojos debido a la luz que emanaba su cuerpo. La mujer susurro mi nombre, era una voz muy suave y familiar, pero no pude recordar de quien era, de hecho no pude recordar nada, mi mente estaba en blanco como si su voz hubiera llenado mi cabeza de luz. Ni siquiera podía recordar quién era yo, mi recuerdo más lejano era el de las rectas caóticas de algunos minutos atrás. La mujer no pronunció nada más, yo trataba de abrir mis ojos para ver su rostro de cerca pero no pude. Cuando logré abrirlos la mujer se había ido y todo era normal, recordé quien era yo, vi la ciudad igual que siempre, la gente era completamente normal, vi algunos rostros conocidos.
Estaba parado en la acera, sudando a chorros, la gente que pasaba me miraba con extrañeza y seguía su camino. Volteé a ver el reloj de la iglesia, eran las 4:55 de la tarde, supe que debía ir a casa en ese momento. No me sentía bien, comencé a caminar, cuando de pronto sentí una mano sobre mi hombro que me volteó suavemente. Era Susana mi hermana, me preguntó qué en dónde me había metido, que llevaba un buen rato buscándome, que de pronto me había perdido de vista como si me hubiese esfumado. En ese momento recordé que habíamos decidido ir a conseguir algunas películas para ver más tarde y que antes de aquella alucinación ella estaba discutiendo sobre las películas Hollywoodenses a lo cual le dije que no me interesaba y deseé no estar ahí para no escuchar su absurda discusión. Me quedé quieto un momento, sin decirle nada, mirándola mientras recordaba lo que había pasado. ¿Te sientes bien? me preguntó Susana, a lo que contesté que no, que me quería ir a casa. Se le notaba preocupada, se dio la vuelta y paró el primer taxi que pasó, subimos y llegamos a casa sin decir una palabra en el camino. Susana no dijo una sola palabra en el camino, se le notaba angustiada pues yo era lo único que tenía desde que nuestros padres habían muerto.
Cuando llegamos a casa encontramos un sobre en la entrada, parecía una carta, estaba arrugado y tenía letras ilegibles en la parte de enfrente. El sobre tenía un timbre postal de Salvador Allende. Susana lo levantó pero le dije que me lo diera. Pese a lo extraño que era el paquete no me causó mayor curiosidad y lo dejé a un lado de mi cama para verlo después. Dormí hasta el día siguiente.
Eran las 10 de la noche, Salvador seguía dormido. Entré muy cautelosa a su habitación para tomar el paquete de la entrada, no dejaba de moverse mientras dormía. Caminé despacio por la oscura habitación, tropecé con sus zapatos y golpeé una silla pero no se despertó. Tomé el sobre y salí rápidamente.
Fui a mi habitación y cerré la puerta con seguro. Dejé el paquete sobre la cama, abrí mis sábanas y me acosté. Tomé el paquete e intenté leer lo que tenía en la parte de afuera pero era ilegible, parecía que le había caído agua y se había derramado la tinta sobre el papel. Lo abrí, cayó un poco de tierra, cautelosa metí la mano y saqué un crucifijo de piedra negra. La cruz se había roto, el pedazo que le faltaba estaba en el fondo del sobre junto con una imagen de la Virgen del Carmen, una carta y otros documentos. La carta decía:

“Querido Salvador,
Los días sin ustedes no son lo mismo, desearía que pudieran estar con nosotros, los extrañamos mucho pero sabemos que es una oportunidad única el poder trabajar por acá.
Tu padre y yo hemos conocido a gente maravillosa y nos han ofrecido trabajar en el Instituto de Estudios Indígenas por un tiempo indefinido. Estamos pensando tomar la oferta pero no es seguro.
Antes de partir, tu padre compró una casa de campo que remodelaría al regreso para pasar los fines de semana todos juntos, sería una sorpresa pero ahora no queremos hacerlos esperar más para que la conozcan y comiencen ustedes con la remodelación para que la puedan usar. La dirección está en el documento de compra-venta junto con un crucifijo de piedra volcánica típico de la zona y una imagen de la Virgen del Carmen.
Los queremos mucho y esperamos volver a estar juntos pronto.
Con todo nuestro cariño, sus padres.”

Mis padres habían muerto hace 10 años cuando volvían de su viaje por Chile, habían rechazado la oferta de los investigadores del Instituto. El avión tuvo una falla a unos segundos de despegar, se fueron en picada y el avión explotó. No pude contener el llanto. Recordé todo el daño que me había causado saber que habían muerto, solo tenía 8 años. Esa noche no dejé de llorar, no supe la hora en que me quedé dormida con el crucifijo y la carta en la mano.
Eran las 11:11am cuando me desperté. Me levanté y me di cuenta que el paquete del día anterior no estaba en la mesa. Me vestí y fui a la cocina a buscar algo de comer. Ahí estaba Susana, con el sobre roto en la mesa y un crucifijo negro. No se movía, tomaba su café con la mirada perdida en un punto fijo. Le pregunté si se sentía bien, extendió su mano y me dio el sobre. Lo abrí, saqué una carta y la leí, era una carta de mis padres. Saqué el documento al que hacía referencia en la carta para revisar la dirección, le dije a Susana que iríamos a buscar la casa más tarde. Estaba tan agotado por la alucinación que había tenido el día anterior que no asimilé la importancia de la carta.
Eran ya las dos de la tarde, Salvador se había encerrado en su habitación desde que había visto la carta, yo ya estaba lista para salir. Salvador quiso ir en coche, no sabíamos que tan lejos estaba la casa, sólo sabíamos que era fuera de la ciudad. Salimos de la ciudad rumbo al sur, me di cuenta de la gran cantidad de zonas industriales que habían construido los últimos años, después de media hora por carretera, Salvador tomó un camino de terracería, íbamos entre campos de maíz, a nuestro paso sólo quedaba la polvareda que levantaba el rápido andar del coche. No fue difícil llegar, después de andar cinco minutos por la terracería encontramos la casa, quedaba justo de frente a nuestro camino.

Era una casa de madera, muy grande, con ventanales que llegaban del piso a la parte más alta. No tenía ningún vidrio roto, la pintura estaba impecable, los arbustos y plantas que había en el jardín estaban llenos de vida. Decidimos acercarnos, lo primero que pensamos era que alguien se había adueñado de la casa. Salvador se asomó por las ventanas, me volteó a ver extrañado, no había nadie. Después, fue a la puerta y antes de intentar abrirla tocó fuertemente pero nadie respondió. Giró la perilla pero tenía el seguro, sin pensarlo Salvador la abrió de una patada.
Entramos, la primera sensación que daba es que era una casa inmensa. Sus largos pasillos y altos techos hacían que te sintieras desprotegido. Todos los muebles aunque eran anticuados se encontraban en buen estado, lo único que delataba que no se habían movido en mucho tiempo era que en las orillas de las patas de la mesa y de los sillones había tierra acumulada. Desde que entramos Salvador se perdió de mi vista, lo busqué por toda la casa pero no lo encontré. Le gritaba para saber en dónde estaba pero no obtuve respuesta. Salí de la casa desesperada y me subí al coche llena de miedo. Me invadía una extraña sensación de soledad.
Desde que entré a la casa no volví a ver a Susana, el interior, contrario a la parte de afuera estaba totalmente destruido y vacío. Recorrí la casa, mis pasos hacían crujir el piso de madera, fui a la cocina en donde no había nada más que ratas. Al subir las escaleras noté que una de las puertas estaba abierta y con la luz encendida. Me aproximé cauteloso, cuando entré sentí como si hubiera cruzado una vez más una puerta dimensional, comencé a ver lo mismo que el día anterior, la misma pesadilla, sólo que esta vez cuando terminó me encontraba tirado en el piso, semiinconsciente. Con mucho esfuerzo me levanté y salí de la casa, cuando salí me di cuenta que la casa era diferente a la que yo había entrado, había muebles anticuados pero en buen estado, no podía ver bien todo lo veía borroso.
Me subí al coche, ahí estaba Susana, le pedí que manejara. Comenzamos a avanzar en silencio hasta llegar a la carretera. Me preguntó que en dónde me había metido, a lo que respondí, que había estado dentro de la casa en una de las habitaciones de arriba pero que había caído inconsciente. Le confesé que dos meses atrás había tenido un dolor muy intenso de cabeza, y que había ido al médico, que me habían hecho algunos estudios y que tenía un tumor en la parte frontal del hemisferio izquierdo del cerebro, que causaba alucinaciones y que pronto dejaría de sentir y pensar.
Me invadió una infinita tristeza, el rostro de Salvador tan resignado me anunciaba una soledad continua y permanente en mi vida. Solamente pude llorar.
Susana se soltó a llorar, lloró como nunca antes la había visto, incluso más que cuando nuestros padres habían muerto, detuvo el coche a la orilla de la carretera, se bajo y se arrojó a un camión que iba pasando.
Después de la operación la pérdida de memoria fue casi total. Las alucinaciones cesaron, así como mis sentimientos y casi todos mis recuerdos. Aún recuerdo el rostro de mi madre, a mi padre, a mi hermana, la ciudad de noche, la casa que nunca habitamos, el último regalo de mis padres que llegó retrasado, tantas cosas que poco a poco se van esfumando de mi mente y para siempre.

21 comentarios:

  1. Martha Zamora: El principio está estilo Kafka. Súpermegabueno, 5.

    ResponderEliminar
  2. Fernanda Rodríguez: me gustó, me gustó 5(:

    ResponderEliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar