miércoles, 19 de octubre de 2011

AD LIBITUM 1968

Por aquellos días el caos había llegado a mi vida. Sentía como si hubiera cruzado una puerta que me situaba en un mundo paralelo, un mundo igual al mío pero en el cual la lógica no existía, un mundo en donde no podía interactuar con nadie. Mi visión estaba bloqueada por una especie de película que me hacía ver todo en forma borrosa, deforme, con líneas irregulares. Las curvas se volvieron caóticas, zigzagueantes; las rectas parecían no tener final y se volvían circulares, los edificios eran monstruos gigantescos moviéndose de un lado a otro con el viento, los automóviles parecían derretirse en el pavimento, la gente… la gente era humo negro con rostros pálidos flotando sobre la acera.
Yo simplemente observaba aquel aterrador paisaje, ¿acaso he muerto? era la pregunta obligada. No podía moverme con facilidad, era como si mis pies pesaran 50 kilos. Para desplazarme tenía que arrastrarme como un lisiado, tenía que poner tensión en cada músculo de mi cuerpo, y así, poco a poco moverme. ¿Por qué yo no era una sombra flotante? me preguntaba. A cada paso me detenía un largo rato para descansar, el proceso de desplazarme era cansado, doloroso, angustiante. Cada que paraba alzaba la vista recorriendo el paisaje buscando algún rostro conocido.
Extrañamente, el tiempo transcurría más aprisa que antes, lo podía notar al mirar un gran reloj en lo alto de una iglesia a una cuadra de donde estaba. El ocaso del sol ya había teñido el cielo de rojo. Nadie más estaba en mi condición, todos eran sombras flotantes, iban de un lado a otro, mirándome con desprecio, con asco. Volví a hacer el esfuerzo de desplazarme, pero después del tercer paso me detuve, la noche había caído ya.
Miré al horizonte y advertí muy a lo lejos, irradiando una luz intensa, una mujer rodeada de sombras, la luz que iluminaba su entorno como si fuera de día, poco a poco se acercaba hacia mí, sus pasos eran suaves, no tocaba el piso, su movimiento cadencioso era hipnótico, de pronto la tuve enfrente. Tuve que cerrar los ojos debido a la luz que emanaba su cuerpo. La mujer susurro mi nombre, era una voz muy suave y familiar, pero no pude recordar de quien era, de hecho no pude recordar nada, mi mente estaba en blanco como si su voz hubiera llenado mi cabeza de luz. Ni siquiera podía recordar quién era yo, mi recuerdo más lejano era el de las rectas caóticas de algunos minutos atrás. La mujer no pronunció nada más, yo trataba de abrir mis ojos para ver su rostro de cerca pero no pude. Cuando logré abrirlos la mujer se había ido y todo era normal, recordé quien era yo, vi la ciudad igual que siempre, la gente era completamente normal, vi algunos rostros conocidos.
Estaba parado en la acera, sudando a chorros, la gente que pasaba me miraba con extrañeza y seguía su camino. Volteé a ver el reloj de la iglesia, eran las 4:55 de la tarde, supe que debía ir a casa en ese momento. No me sentía bien, comencé a caminar, cuando de pronto sentí una mano sobre mi hombro que me volteó suavemente. Era Susana mi hermana, me preguntó qué en dónde me había metido, que llevaba un buen rato buscándome, que de pronto me había perdido de vista como si me hubiese esfumado. En ese momento recordé que habíamos decidido ir a conseguir algunas películas para ver más tarde y que antes de aquella alucinación ella estaba discutiendo sobre las películas Hollywoodenses a lo cual le dije que no me interesaba y deseé no estar ahí para no escuchar su absurda discusión. Me quedé quieto un momento, sin decirle nada, mirándola mientras recordaba lo que había pasado. ¿Te sientes bien? me preguntó Susana, a lo que contesté que no, que me quería ir a casa. Se le notaba preocupada, se dio la vuelta y paró el primer taxi que pasó, subimos y llegamos a casa sin decir una palabra en el camino. Susana no dijo una sola palabra en el camino, se le notaba angustiada pues yo era lo único que tenía desde que nuestros padres habían muerto.
Cuando llegamos a casa encontramos un sobre en la entrada, parecía una carta, estaba arrugado y tenía letras ilegibles en la parte de enfrente. El sobre tenía un timbre postal de Salvador Allende. Susana lo levantó pero le dije que me lo diera. Pese a lo extraño que era el paquete no me causó mayor curiosidad y lo dejé a un lado de mi cama para verlo después. Dormí hasta el día siguiente.
Eran las 10 de la noche, Salvador seguía dormido. Entré muy cautelosa a su habitación para tomar el paquete de la entrada, no dejaba de moverse mientras dormía. Caminé despacio por la oscura habitación, tropecé con sus zapatos y golpeé una silla pero no se despertó. Tomé el sobre y salí rápidamente.
Fui a mi habitación y cerré la puerta con seguro. Dejé el paquete sobre la cama, abrí mis sábanas y me acosté. Tomé el paquete e intenté leer lo que tenía en la parte de afuera pero era ilegible, parecía que le había caído agua y se había derramado la tinta sobre el papel. Lo abrí, cayó un poco de tierra, cautelosa metí la mano y saqué un crucifijo de piedra negra. La cruz se había roto, el pedazo que le faltaba estaba en el fondo del sobre junto con una imagen de la Virgen del Carmen, una carta y otros documentos. La carta decía:

“Querido Salvador,
Los días sin ustedes no son lo mismo, desearía que pudieran estar con nosotros, los extrañamos mucho pero sabemos que es una oportunidad única el poder trabajar por acá.
Tu padre y yo hemos conocido a gente maravillosa y nos han ofrecido trabajar en el Instituto de Estudios Indígenas por un tiempo indefinido. Estamos pensando tomar la oferta pero no es seguro.
Antes de partir, tu padre compró una casa de campo que remodelaría al regreso para pasar los fines de semana todos juntos, sería una sorpresa pero ahora no queremos hacerlos esperar más para que la conozcan y comiencen ustedes con la remodelación para que la puedan usar. La dirección está en el documento de compra-venta junto con un crucifijo de piedra volcánica típico de la zona y una imagen de la Virgen del Carmen.
Los queremos mucho y esperamos volver a estar juntos pronto.
Con todo nuestro cariño, sus padres.”

Mis padres habían muerto hace 10 años cuando volvían de su viaje por Chile, habían rechazado la oferta de los investigadores del Instituto. El avión tuvo una falla a unos segundos de despegar, se fueron en picada y el avión explotó. No pude contener el llanto. Recordé todo el daño que me había causado saber que habían muerto, solo tenía 8 años. Esa noche no dejé de llorar, no supe la hora en que me quedé dormida con el crucifijo y la carta en la mano.
Eran las 11:11am cuando me desperté. Me levanté y me di cuenta que el paquete del día anterior no estaba en la mesa. Me vestí y fui a la cocina a buscar algo de comer. Ahí estaba Susana, con el sobre roto en la mesa y un crucifijo negro. No se movía, tomaba su café con la mirada perdida en un punto fijo. Le pregunté si se sentía bien, extendió su mano y me dio el sobre. Lo abrí, saqué una carta y la leí, era una carta de mis padres. Saqué el documento al que hacía referencia en la carta para revisar la dirección, le dije a Susana que iríamos a buscar la casa más tarde. Estaba tan agotado por la alucinación que había tenido el día anterior que no asimilé la importancia de la carta.
Eran ya las dos de la tarde, Salvador se había encerrado en su habitación desde que había visto la carta, yo ya estaba lista para salir. Salvador quiso ir en coche, no sabíamos que tan lejos estaba la casa, sólo sabíamos que era fuera de la ciudad. Salimos de la ciudad rumbo al sur, me di cuenta de la gran cantidad de zonas industriales que habían construido los últimos años, después de media hora por carretera, Salvador tomó un camino de terracería, íbamos entre campos de maíz, a nuestro paso sólo quedaba la polvareda que levantaba el rápido andar del coche. No fue difícil llegar, después de andar cinco minutos por la terracería encontramos la casa, quedaba justo de frente a nuestro camino.

Era una casa de madera, muy grande, con ventanales que llegaban del piso a la parte más alta. No tenía ningún vidrio roto, la pintura estaba impecable, los arbustos y plantas que había en el jardín estaban llenos de vida. Decidimos acercarnos, lo primero que pensamos era que alguien se había adueñado de la casa. Salvador se asomó por las ventanas, me volteó a ver extrañado, no había nadie. Después, fue a la puerta y antes de intentar abrirla tocó fuertemente pero nadie respondió. Giró la perilla pero tenía el seguro, sin pensarlo Salvador la abrió de una patada.
Entramos, la primera sensación que daba es que era una casa inmensa. Sus largos pasillos y altos techos hacían que te sintieras desprotegido. Todos los muebles aunque eran anticuados se encontraban en buen estado, lo único que delataba que no se habían movido en mucho tiempo era que en las orillas de las patas de la mesa y de los sillones había tierra acumulada. Desde que entramos Salvador se perdió de mi vista, lo busqué por toda la casa pero no lo encontré. Le gritaba para saber en dónde estaba pero no obtuve respuesta. Salí de la casa desesperada y me subí al coche llena de miedo. Me invadía una extraña sensación de soledad.
Desde que entré a la casa no volví a ver a Susana, el interior, contrario a la parte de afuera estaba totalmente destruido y vacío. Recorrí la casa, mis pasos hacían crujir el piso de madera, fui a la cocina en donde no había nada más que ratas. Al subir las escaleras noté que una de las puertas estaba abierta y con la luz encendida. Me aproximé cauteloso, cuando entré sentí como si hubiera cruzado una vez más una puerta dimensional, comencé a ver lo mismo que el día anterior, la misma pesadilla, sólo que esta vez cuando terminó me encontraba tirado en el piso, semiinconsciente. Con mucho esfuerzo me levanté y salí de la casa, cuando salí me di cuenta que la casa era diferente a la que yo había entrado, había muebles anticuados pero en buen estado, no podía ver bien todo lo veía borroso.
Me subí al coche, ahí estaba Susana, le pedí que manejara. Comenzamos a avanzar en silencio hasta llegar a la carretera. Me preguntó que en dónde me había metido, a lo que respondí, que había estado dentro de la casa en una de las habitaciones de arriba pero que había caído inconsciente. Le confesé que dos meses atrás había tenido un dolor muy intenso de cabeza, y que había ido al médico, que me habían hecho algunos estudios y que tenía un tumor en la parte frontal del hemisferio izquierdo del cerebro, que causaba alucinaciones y que pronto dejaría de sentir y pensar.
Me invadió una infinita tristeza, el rostro de Salvador tan resignado me anunciaba una soledad continua y permanente en mi vida. Solamente pude llorar.
Susana se soltó a llorar, lloró como nunca antes la había visto, incluso más que cuando nuestros padres habían muerto, detuvo el coche a la orilla de la carretera, se bajo y se arrojó a un camión que iba pasando.
Después de la operación la pérdida de memoria fue casi total. Las alucinaciones cesaron, así como mis sentimientos y casi todos mis recuerdos. Aún recuerdo el rostro de mi madre, a mi padre, a mi hermana, la ciudad de noche, la casa que nunca habitamos, el último regalo de mis padres que llegó retrasado, tantas cosas que poco a poco se van esfumando de mi mente y para siempre.

DANTE

Fue un jueves el día que Dante murió, la mañana era fría, el cielo estaba totalmente nublado y el viento soplaba fuerte y ruidoso, uno de esos días en que nadie quiere salir de su cama, cuando las cobijas parecen abrazarse al cuerpo intentando que permanezcas dormido.
Pero para Dante no fue este el caso, realmente nunca fue su caso, él nació en las clases bajas, el único familiar que conocía era su madre, ambos dormían en el piso de una vieja casa abandonada, sus paredes eran frías, el piso se encontraba repleto de escombro , debido a que el techo siempre estaba viniéndose abajo , las ventanas entre maderas hinchadas y vidrios rotos solo dejaban pasar el viento y el fuerte estruendo que dejaba con su paso.
Aquella mañana fue arrollado por un autobús que transportaba pasajeros, cuyo conductor no logro ver al pequeño niño que se encontraba a un costado de este, mismo que esa mañana al levantarse quería cambiar, quería algo más que aquello que había conocido desde el día que vino al mundo.
Cada mañana al levantarse tomaba la poca ropa que tenía y abrazaba a su madre, misma que desde hace algún tiempo había dejado de levantarse de la cama para acompañarlo, debido a una fuerte tos que por más que pasara el tiempo no lograba detenerse, pero esa mañana era distinta Dante no quiso despertar a su madre y simplemente cogió su canasta con algunos dulces y se marchó.
Ese jueves Dante se sentía solo, se preguntaba en silencio por que si él no era malo vivía como vivía y por qué su madre estaba tan enferma, lo pensó sobre todo cuando caminaba entre los autos viendo como las madres apresuradas llevaban a sus niños pequeños a la escuela.
Mientras Dante se encuentra sucio, trabajando entre autos cuyos conductores lo ignoran de la forma más cruel que pudiera existir, sintiéndose solo estando rodeado del ruido de la calle, Felipe de una edad avanzada salió de su casa a recoger el periódico, desde hace algún tiempo se siente perdido.
Pero esta mañana decidió salir por el periódico, y siguió caminando y caminando y caminando cuando de pronto se descubrió a si mismo sin saber hacia dónde se dirigía, esto ya le había ocurrido anteriormente cuando perdía sus llaves que rápidamente olvidaba donde las había dejado.
Ernesto por su parte se había levantado tarde por lo que su camión iba retrasado, si no llegaba a tiempo perdería su premio de puntualidad por lo que decidió dar una vuelta rápida en la que recogería a menos pasajeros para no realizar tantas paradas como de costumbre, por lo que al bajar el ultimo pasajero decidió acelerar.
Era alrededor de las 7 de la mañana cuando Felipe atemorizado por no saber en dónde se encontraba cruzo de una manera inadvertida aquella avenida donde se encontraba Dante se , entre tantos automóviles que intentaban avanzar, y justo cuando la multitud de autos se alejaba de la esquina por la que caminaba Dante, justo cuando Felipe cruzaba la calle, Ernesto casi se impacta contra el anciano pero con sus reflejos viro hacia la derecha sin mirar que Dante se encontraba frente a él.
Todo fue tan rápido, casi nadie lo presencio, o nadie dijo nada, Ernesto siguió su camino, al parecer sin mostrar ningún cambio, solo siguió preocupado por llegar a tiempo. La única persona que pareció notarlo, percatarse de que Dante se encontraba en ese sitio fue Felipe pero su recuerdo se marchó al igual que su memoria.
De Dante solo quedaría un crucifijo roto, que traía consigo desde el día en que nació, aunque no conocía mucho de él y generalmente ignoraba que lo traía consigo, fue lo único que permaneció en aquella avenida en la que con regularidad trabajaba, ya nadie notaria su ausencia.
Ni siquiera su madre lo noto, ella ya no tenía noción del tiempo, mientras se encontraba acostada sobre el frio suelo su enfermedad acabo con ella y la muerte no tardo en llegar. De igual forma en que Dante pareció desaparecer tras el impacto en aquella calle de su madre no quedaría ningún recuerdo.
Precisamente el día que aquel niño había despertado, el día que comenzó a soñar algo diferente, el día que decidió dejar de soñar en esa horrible pobreza en la que nació, justamente aquel día había terminado su existencia en este mundo, se había marchado sin dejar nada a su paso.
Tal vez si el despertador de Ernesto hubiera soñado 10 minutos antes, o si hubiera quedado algún pasajero que hiciera que su velocidad fuera más baja, o si simplemente Felipe no se hubiera perdido aquella mañana y su periódico hubiera estado en su entrada, o si simplemente Dante no hubiera nacido donde nació y tal vez se encontrara seguro en la escuela, tal vez Dante no hubiera muerto.
Pero eso no sucedió nadie hablaría de Dante, ni de lo que le paso y mucho menos de su madre que lo acompañaría en su camino hacia la muerte, ni Felipe ni sus hijos, porque él ya era viejo y su memoria ya había desaparecido, ni siquiera su asesino lo recordaría, no saldría en las noticias, nadie hablaría de ello, porque tan fugaz su vida fue como su muerte.
Dante siguió siendo nada, cuando despertó ya no se encontraba aquí si no en un hermoso lugar donde el clima era perfecto, donde no hacia ni frio ni calor, donde el cielo se encontraba repleto de nubes que amenazaba con llover, pero esa lluvia nunca llega, uno de esos días en los que vale la pena salir de la cama.
Llego a esa enorme casa que conocía muy bien , pero ahora no estaba desmoronándose sino que era cálida, y justo en la entrada se encontraba su madre, de pie esperando por él, porque ya no era lo que dejo, ahora simplemente viviría siendo lo que soñó, viviría despierto en un mundo distinto al que conoció.

UN EXTRAÑO RECUERDO

Era un lugar lejano, recuerdo que abundaban arboles y flores, es más, pensemos que era un bosque (mi memoria a esta edad de 63 años no es la misma, no, definitivamente ya no es muy buena) mis padres acostumbraban llevarnos al menos una vez al mes, acampábamos y pasábamos un día de campo maravilloso. Mis papás se relajaban, mis hermanos: Martin de cinco años, Laura de dos y yo, nos divertíamos en grande.
Lo que mas recuerdo era la enorme tranquilidad que ahí reinaba, aunque no se la ubicación exacta, tengo imágenes claras de pequeños rincones en los que solíamos estar. Todo era verde, animalitos como ardillas, mariposas e incluso uno que otro venado se dejaban ver de vez en cuando.
Nuestro día iniciaba cuando mamá nos levantaba de la cama muy temprano, papá por su lado, ya estaba subiendo todo lo necesario para nuestro día de campo: cobijas, colchonetas, comida, la casa de acampar (obviamente) y demás objetos curiosos para hacer más amena la estancia.
Posteriormente tomaba rumbo y cuando menos acordábamos mis hermanos y yo, ya estábamos en medio del bosque, armábamos nuestra casita y comenzábamos a buscar distintos animalejos raros, plantas, en fin…cualquier cosa fuera de lo que comúnmente teníamos entre manos y competíamos para saber quien era el mejor “reclutador” de cosas extrañas de los tres.
Posteriormente comíamos, platicábamos un rato (en lo que reposábamos la comida), luego jugábamos pelota en familia o ya cuando comenzaba a anochecer quemábamos bombones y así pasábamos juntos aquellos días con la naturaleza, hasta una noche, en la cual mis hermanos ya cansados no querían jugar mas, mi hermana: dormida y mi hermano: bien sincero de plano me dijo que no, que ya no quería jugar.
Entrada la noche papá y mamá trataban asuntos domésticos (los cuales no me interesaban) y me dispuse a emprender una pequeña caminata, aun recuerdo que mi madre extrañada insistió en que esperara a que amaneciera pues estando todo oscuro podría darme miedo…
-Yo que tu, esperaría a mañana hija (dijo mi mamá).
-¡No, estoy aburrida! Y tal vez caminando me distraiga un rato, por que lo que son ustedes no me hacen caso, solo platican y platican y yo ya me aburrí.
-ja-ja-ja-ja- ja (rieron mis papas).
-vete a dormir (insistía mamá).
Así que me di la media vuelta y me marche de la vista de mis padres, ellos por su parte nada dijeron, pues obviaron que les había echo caso y que iba directa a la casa de campaña junto a mis hermanos, pero ¿cual seria su sorpresa? Mi rumbo cambio y de pronto me encontraba caminando sin rumbo fijo y sin darme cuenta, me había alejado de mi familia.
No se cuanto tiempo abra transcurrido cuando de pronto me encuentro con una casa, una casa abandonada, todo estaba sucio, lleno de telarañas, polvo, en fin, parecía que hacia una eternidad que no limpiaban aquel lugar. A decir verdad aun no encuentro una explicación para que aquello no me causara miedo, creo que me gano la curiosidad.
Algo que inmediatamente llamo mi atención fue un enorme crucifijo negro que estaba en la entrada de la pequeña casa que aunque roto, imponía, pues el tamaño, el color y que estuviera roto eran características muy peculiares, nunca había visto un Cristo negro y menos roto, ¿quien tendría un crucifijo roto? Me pregunte -¡Yo compraría uno nuevo!
Realmente no había mucho por ver, solo un pequeño sillón “blanco” (creo que era más gris por la mugre que blanco), dos sillas a un lado del sillón y una mesa cuadrada de madera muy viejita y ya, no había más.
Me causaba mucha curiosidad pensar, ¿Quién podría vivir ahí? Sin refrigerador, ni estufa, no creo que en ese entonces las maruchan existieran, además necesitaría micro y pues menos, si no llegaban a refrigerador que es de necesidad de primera mano, menos tendría horno de microondas, ¿qué comerían los que ahí vivían? Mas tarde y sin encontrar algo más interesante me dispuse a salir, de pronto veo que colgaba en la puerta una imagen, un joven apuesto, fuerte y sonriente, estaba ahí retratado, lo mire un instante e imaginé que seguramente sería el dueño de la casa, dije hola (casi gritando) y nadie respondió, fue entonces que me salir de ese lugar.
Al cerrar la puerta y levantar la mirada cuál sería mi sorpresa, entre la oscuridad vi la silueta de una persona, a juzgar por el tamaño era una persona pequeña, no alcanzaba a ver bien por lo que me acerque poco a poco.
Era un viejito con una mirada triste, en un principio me dio un poco de miedo, pero al ver su rostro arrugado y tan indefenso, que creo que me gano con la ternura que desprendía o tal vez siendo más honesta la curiosidad hizo otra vez de las suyas y le pregunte como se llamaba, pero él no contestaba, cada vez me acerca más lentamente, el, callado, no se movía, mientras yo cada vez mas intrigada.
Después de no sé cuánto tiempo, solo me dijo…
-Qué edad tan hermosa es la que tienes, la mejor de todas, donde no necesitas de nadie para salir adelante, disfrútala… (Y un silencio se hizo presente)…disfrútala porque cuando estés como yo, nadie te recordara, te abandonaran cuando mas necesites de su ayuda y comprensión y muy sola te quedaras. Creo que casi lloro al oírlo, lo dijo en un tono tan lleno de melancolía, que me dio mucha tristeza.
Quise abrázalo y trate de acercarme más ha él pero parecía que conforme me acercaba, el se alejaba. Lo único que pude decirle fue que no estuviera triste, que yo podría ser su amiga.
-¡dime cómo te llamas y seremos nuevos amigos! Le dije
A lo que me respondió:
-no tengo nombre, no tengo familia, no tengo nada, ahora soy un viejo sin memoria, sin recuerdos, sin pasado que me atormente y me haga recordar lo solo que estoy. Valora a tu familia y aprovéchala lo más que puedas, para que si de viejo no te recuerdan, al menos lo disfrutes ahora
Y de pronto… ¡Pum! Desapareció, recuerdo llamarlo y llamarlo y nada, no obtenía respuesta alguna, simplemente desapareció, se fue, la verdad es que no se si lo soñé, si fue una aparición o la edad me hace creer que son recuerdos de mi pasado simples alucinaciones.
Lo que si puedo decir es que es algo que he tenido mucho en mente últimamente, esa experiencia me hizo querer y valorar a mi familia aun mas, no me imaginaba sola, sin ellos.
Yo no quería ser una viejita como aquel señor triste y abandonado, simplemente quería estar con mi familia y que me quisieran tanto como yo a ellos, creo que ando algo nostálgica y por esto lo recuerdo tanto, ¿será acaso que extraño a los míos? No tiene mucho de la última vez que los visite, pero parece que si es eso, los extraños bueno pues, ¿qué hago aquí? Me alistare y me iré a buscarlos, tal vez y con suerte hasta me inviten a comer, sí, eso hare, sin antes cerrar estas páginas escribiendo, la importancia de la familia, y el recordar que algún día todos llegaran a una edad en la que no podrán estar solos y necesitan de los que más los quieren, cuiden y protejan a sus viejitos, para que el día de mañana los cuiden con el mismo amor con el que a mí me cuidan.
Firma
Josefa Ortiz de Domínguez

lunes, 10 de octubre de 2011

NO TE ESPERES TANTO

El señor Guajardo era un hombre desagradable a la vista, extremadamente delgado de aspecto enfermizo. El hombre de 62 años de edad, aparentaba 100 si exagerar, su rostro parecía el de una momia, las arrugas de la frente dibujaban un sendero de líneas maltrechas sobre una gruesa raya de cejas grises, blancas y una que otra negra. Sus ojos eran claros, grandes y redondos, su mirada parecía triste, cansada, como la de una vaca en matadero; tenía una nariz chata con dos grandes poros de los cuales se asomaban unos largos y retorcidos pelos que se perdían de vista entre el bigote mal recortado. Su boca era una curva hacia abajo, se notaba que había pasado mucho tiempo desde su última sonrisa y era como si hubiera olvidado como sonreír. El poco cabello que se resistía a abandonar su cabeza era gris con blanco, largo hasta el cuello y se posicionaba en la parte media de la mollera como una media luna en la cabeza del Sr. Guajardo.
El señor trabajaba como velador en una modesta fábrica de calcetines, había pasado los últimos 15 años de su vida en ese puesto y en el mismo turno, trabajaba todos los días, a excepción de los martes, (día en que descansaba) de 10 de la noche a 10 de la mañana. En todo el tiempo que Guajardo trabajó en la media de oro, nunca faltó a sus labores y a pesar de las largas jornadas, el señor nunca se quejó o renegó sobre su empleo. A decir verdad, le encantaba su trabajo, amaba la soledad y tranquilidad de la noche. Para él el turno nocturno era más sencillo de lo que decían, nunca nadie irrumpía en la fábrica y el único riesgo que corría Guajardo era el de quedarse sin café. Pasaba las horas sentado en una sillita plegable dentro de un pequeño cuarto, con una linterna en la mano y su paquete de cartas en compañía de un radio viejo, el señor Guajardo pasaba las noches en vela al cuidado de aquella fábrica.
Por su apariencia de pocos amigos y su estilo de vida, el señor Guajardo no tenía muchas amistades, siendo honesto con ustedes, no tenía ni una sola, además de Manuel, su compañero de trabajo que se encontraba en la mañana, Don Arnulfo, el encargado de la farmacia donde compraba sus medicinas y la señora Amalia que atendía la tienda, el señor Guajardo no sostenía diálogo con nadie más, era un apartado social que parecía estar en pugna con sus semejantes y aparentemente él disfrutaba de ser así.
Nuestro protagonista vivía a unas cuadras de la fábrica, en una casa vieja de modestas dimensiones que parecía se derrumbaría en cualquier momento. Habían pasado más de 10 años desde que el señor Guajardo había recibido visitas en aquella vivienda, aparte de una docena de ratas y una colonia de cucarachas, nadie más, aparte de él, había pisado el suelo de la casa.
Su casa estaba llena de recuerdos, entre estantes llenos de libros apolillados y fotografías viejas, su refugio se componía de lo que alguna vez lo definió como persona y le dio sentido a su vida, en la actualidad, todos aquellos vistazos al pasado, no significaban más para él que un montón de cosas desordenadamente apiladas, que resguardaban polvo y unos que otros recuerdos pasados que alguna vez le dieron alegría a su vida.
El señor Guajardo llevaba una vida muy cotidiana y repetitiva, al salir de su trabajo, llegaba a casa como al cuarto para las 11 de la mañana, y sin excepción, se tendía en su cama a dormir hasta pasadas las 6 de la tarde. Al despertar se ponía a comer, comía cualquier cosa que encontrara en la alacena, desde latas de atún hasta conservas, el sr Guajardo tenía años sin probar una comida preparada. Mientras comía, acompañaba sus alimentos con más de una docena de partidas de solitario, que extendía hasta la hora de irse a trabajar.
En punto de las 9 con 25 minutos de la noche, salía armado con su baraja y una vieja linterna camino a su trabajo, llegaba siempre con 15 minutos de anticipación a la hora de entrada, y pacientemente esperaba fumando un cigarrillo a que dieran las 10.
Así pues vivía su vida como si no quisiera vivirla, pasaba los días en espera de dejar este mundo y visitar el siguiente, sin ninguna razón que lo motivara a cambiar algo de su realidad, hasta el 20 de Diciembre del 2010, fecha en la que la vida del señor Guajardo cambió rotundamente y definió el camino que ahora debería de transitar.
El 20 de Diciembre fue un día nublado, de frío calador de ese que llega hasta los huesos. El señor Guajardo salió a la misma hora de su casa camino a la media de oro con su baraja y la vieja linterna, llegó como siempre antes de la hora de entrada solamente para encontrarse con Manuel, quien le informó que lo habían solicitado en la oficina de recursos humanos, el señor Guajardo, sin preguntar ni lo más básico, se dirigió a la oficina y se presentó con la joven secretaria que ya guardaba sus cosas y apagaba la computadora para retirarse a su casa.
- Buenas noches señorita, soy Antonio Guajardo, el vigilante nocturno, mi compañero me dijo que me habían llamado y aquí estoy, dígame ¿para que soy bueno?
- ¡Ah! Señor Guajardo, sí, lo andábamos buscando, ¿ya le dijeron?
- No señorita, no me han dicho nada.
- Lo que pasa es que estamos recortando personal por que las cosas no andan muy bien, la competencia está dura y ya no podemos pagar vigilancia de noche.
- Sí… ¿y? – Respondió el señor Guajardo con un tono molesto en su voz
- Pues lamentablemente lo vamos a tener que dejar ir. – Contestó la señorita mientras se echaba al hombro su bolsa.
- Eso de dejarme ir ¿significa que ya no voy a trabajar más aquí?
- Lamentablemente sí señor, puede pasar usted el próximo lunes por su liquidación, y si me disculpa, me tengo que ir. – La señorita paso a un lado del señor Guajardo y presurosamente abandono la oficina.
El señor Guajardo permaneció un rato en ese pequeño cuarto, tardo un momento en digerir y entender la noticia mientras golpeteaba con el pie el piso de mármol y apretaba los dedos de las manos como preparándose para soltar un puñetazo. Luego de un par de minutos, el señor Guajardo salió de la oficina, paso por un lado de la caseta de vigilancia, entregó la linterna a Manuel y se fue a casa.
Camino a su casa, Antonio pensaba en lo que iba a hacer ahora, en cómo iba a vivir sin su sueldo de vigilante, que, aunque no era mucho, lo mantenía medio alimentado y le daba para sus cigarrillos. A unas puertas de su casa, se detuvo en la tienda de la señora Amalia para comprar un paquete de cigarros, compro también un poco de queso y una pieza de pan, le dio las gracias y las buenas noches a la encargada y se fue a su hogar.
Apenas cruzó la puerta se sintió mucho mejor, la incertidumbre de no contar con una fuente de ingresos disminuyo notoriamente, puso el queso y el pan sobre la mesa y se apresuró a la alacena para buscar una botella de Jack Daniels que guardaba desde hace años sin destapar. En la parte de abajo y detrás de unas latas de chicharos, estaba dicha botella, añejada y empolvada, lista para hacerle olvidar lo que recientemente había pasado, la tomó con desesperación, la destapó torpemente y le dio un trago directo.
Se sirvió cuba tras cuba, bebió como si su sed fuera insaciable, echo humo como chimenea y se fumó todos los cigarrillos del paquete. Tomaba y fumaba mientras barajeaba las cartas una y otra vez, tras cada trago, sus movimientos con la baraja se hacían más lentos y torpes, tiraba las cartas y las aventaba por toda la mesa como si estuviera jugando una partida con otras personas, sus ojos se humedecían y su chata nariz se sonrojaba mientras su ebriedad subía de nivel con cada cuba que se recetaba.
Luego de terminar con la botella, el señor Guajardo estaba completamente borracho, ahogado en alcohol, se cayó de la silla y tiró uno de los libreros del pequeño cuarto, llevando al suelo cajas y libros que ahí descansaban. Con todo el tiradero en el suelo, el señor Guajardo intentó levantarse sin tener éxito, tropezó un par de veces y en una de esas, rompió una pequeña caja de porcelana que tenía adentro uno de los objetos que más añoraba y que éste viejo sin memoria ya ni recordaba, era un crucifijo roto, antiguo y de madera reducido casi a polvo por las terminas que ahí se colaban, pero éste no era cualquier crucifijo, era el amuleto que acompañó desde niña a su madre y que en la última vez que la vio, se hizo de él.
Su madre había muerto ya hacía más de 30 años, pero el señor Guajardo tenía más de 40 sin verla, esto era debido a que Antonio, a la edad de 22 años, dejó su casa tras una pelea que tuvo con su mamá, el motivo de la disputa ya ni lo recordaba, pero estaba seguro de que había sido algo grande, ya que no se volverían a hablar desde ese momento, y ahora la extrañaba más que nunca.
Al tener en sus manos el crucifijo de su madre, Antonio de inmediato recordó los momentos más alegres de su infancia, sus vivencias más felices se apretujaban en su mente y se filtraban en su subconsciente proyectándolas borrosamente en la cabeza, recordó su primer día de clases en el que su mamá permaneció con él hasta que dejo de llorar, los domingos en los que iban a la iglesia muy temprano y luego a comer un tamalito con su atole, estos y más flashazos del pasado desfilaron por su mente como una película de su propia vida hasta hacerlo llorar como a un niño.
El señor Guajardo lloró como no lo hacía en mucho tiempo, sus ojos por primera vez en años sacaban lagrimas que escurrían hasta perderse en sus bigotes, lloró la muerte de su madre y más que nada lamento el no poderse haber despedido de ella por un tonto conflicto que los separo. Apretaba el crucifijo entre sus viejas y arrugadas manos mientras lloraba a mares y gritaba en alto el nombre de su madre. Una vez secado de los ojos y tras horas de llanto inconsolable, el señor Guajardo recordó entonces a su hijo Luis, a quien no veía desde hace 15 años, habían tenido tiempo atrás una pelea y su hijo decidió irse de casa a los 17 años. El señor Guajardo no podía pensar en nada más que su hijo, no había hablado con el por ningún medio y solamente conocía su dirección por una carta que años atrás le había enviado Luis, Antonio decidió en ese momento que él no le causaría el dolor que ahora sentía gracias a su madre, no pensaba hacerlo cargar con la pena de no poderse despedir de su viejo que ya se sentía en las últimas y juro que a la mañana siguiente iría a la capital a visitarlo y así disculparse por la disputa que 15 años atrás tuvieron. Con la firme idea de ir a ver a su primogénito, el señor Guajardo se tiró en la cama y al paso de 2 minutos se quedó profundamente dormido.
A la mañana siguiente, a eso de las 10 am, salió de su casa camino a la terminal, cargado con sus ahorros, una maleta y el viejo crucifijo de su madre, se trepó a un camión y durmió todo el camino hasta la ciudad de México. Llegando a la capital, el señor Guajardo tomó un taxi y le pidió lo llevara a la dirección que tenía anotada en la vieja carta de su hijo, al paso de dos horas, el taxista lo dejó a las afueras de la casa y tras un breve titubeo, toco la puerta.
Al llamado acudió un joven de unos 35 años de edad, alto y fornido de tez blanca con ojos verdes y aspecto pulcro, al ver al viejo que tocaba a la puerta, el joven preguntó.
- Sí señor, ¿Qué se le ofrece?
- Dispénseme joven, ¿ésta es la casa de Luis Guajardo? – Preguntó Antonio con pena y timidez en sus palabras, el joven lo miró con asombro y entre tartamudeos le respondió:
- Sí… sí… efectivamente, esta es la casa de Luis, pero… disculpe, ¿usted quién es?
- Soy Antonio Guajardo para servirle a usted, padre de Luis. – El joven quedo perplejo, su cara se torno más pálida de lo que ya era, se puso como si hubiera visto un fantasma, pelo los ojos y dio un paso hacia atrás.
- ¿Usted es el padre de Luis?
- Sí joven, yo soy su padre, ¿Por qué la sorpresa?
- Disculpe usted señor, pero Luis me había dicho que su padre había fallecido cuando él era un niño…
- ¡¿Qué?! Eso es imposible, puesto que aun sigo vivo. – Contesto Antonio exaltado.
- Sí, ahora veo, es por eso mi sorpresa, pero pase usted señor, permítame invitarle un vaso con agua – Ambos entraron a la casa y se sentaron en la sala a platicar.
- Disculpe la indiscreción señor, pero ¿Por qué usted y Luis no se hablaban? – Pregunto el joven.
- Pues mi hijo y yo tuvimos una discusión hace 15 años, él me confesó quien era en realidad y yo no lo soporte – Dijo el señor Guajardo mientras frotaba sus manos nerviosamente.
- Entonces, ¿ustedes no se veían desde hace 15 años?
- Lamentablemente así es joven, mi hijo y yo no hemos cruzado palabra en todo este tiempo. – Un silencio invadió el lugar y tras un sorbo de agua por parte de ambos, el señor Guajardo preguntó.
- Disculpe que me entrometa joven, pero usted ¿Quién es? Por las fotografías en la pared me doy cuenta de que conoce a mi hijo, ¿es eso correcto?
- Sí señor, efectivamente conocí a su hijo, yo era su pareja y lo amaba como a nadie he amado… - El señor Guajardo miró hacia abajo y comenzó a golpetear en el piso con su zapato nerviosamente, volvió la mirada hacia el joven y le dijo:
- Siendo honesto con usted, mi hijo y yo nos peleamos hace 15 años por eso, Luis me confesó que él sentía un gusto hacia los hombres y me dijo que no esperara verlo con una muchacha porque a él no le gustaban… eso no lo soporte y con gritos y groserías lo corrí de la casa… - Confesó el viejo entre lagrimas y gimoteos. El joven se levanto de su asiento y se sentó junto al señor Guajardo, lo abrazo y enseguida le dijo:
- Señor, lamento mucho escuchar esto y me conmueve muchísimo que usted y su hijo se hayan alejado tantos años por una cosa así, pero estoy seguro de que si Luis estuviera aquí, lo perdonaría y lo abrazaría con mucho cariño. – Luego de secar sus lagrimas, el sr Guajardo dijo:
- Gracias joven, de verdad gracias por sus palabras, pero… ¿Por qué habla de mi hijo como si él no estuviera aquí? ¿Qué a caso usted y él ya no son pareja? –El joven aparto su brazo de la espalda del señor Guajardo, tomó un poco de agua, arrebato del ambiente una fuerte bocanada de aire y dijo:
- Señor, no quisiera ser yo quien le diga esto, pero… Luis murió hace 2 años… - El señor Guajardo abrió su boca formando una gran y redonda O mostrando sus dientes amarillos, sus ojos se llenaron nuevamente de lagrimas y se echo para atrás quedando recargado en el respaldo del sillón.
- No me diga eso joven… eso no puede ser cierto. – Antonio dijo mientras lloraba desconsolado y apretaba con las manos la orilla del sofá.
- Eso quisiera señor, en verdad me gustaría estar mintiendo pero no es así, Luis murió hace dos años en un accidente automovilístico, y yo, al pensar que usted estaba muerto, pues nunca pensé en contactarlo. – El señor Guajardo se desplomo y se entrego de lleno al llanto, lloró y lloró por más de media hora y le pidió al joven que le mostrara una fotografía reciente de Luis. El joven se apresuro a buscar la foto de su difunto novio y se la obsequio con todo gusto. El señor Guajardo vio en su hijo la viva imagen de él a la edad de 30 años, este viejo sin memoria de inmediato comenzó a recordar a Luis y todas las alegrías que él le había causado.
Luego de una amplia y emotiva platica donde Antonio le contó con singular gusto todas las curiosidades de la infancia de Luis, y el joven le relató las vivencias que había pasado junto a su hijo, el joven le ofreció pasar la noche en su casa debido a que ya era tarde, el señor Guajardo acepto encantado y durmió en la antigua cama de Luis.
Al día siguiente, el joven llevo a la terminal al señor Guajardo, y entre abrazos, risas y llanto, se despidieron como dos grandes amigos, dos grandes amigos que compartieron cada quien la mitad de la vida de Luis y que ahora los unía para siempre ese recuerdo.
El señor Guajardo abordó su autobús, en el camino reflexionó acerca de todo lo que había pasado, le pidió a Dios ser perdonado por haberse portado así con su hijo, pidió por su eterno descanso, por el joven que había conocido un día antes, por el progreso de la media de oro, por su compañero Manuel y la señora Amalia, cerró los ojos y murió dormido.

BRISA DE OCTUBRE

Era una fría tarde de octubre, el viento soplaba pero su brisa era muy suave, de esas que apenas y sientes que te tocan la piel, de esas que tan sólo hacen sentir su presencia. La casa, a pesar de su aspecto lúgubre y descuidado transmitía una sensación de calidez, y resguardaba del clima externo a Don Demetrio, que como de costumbre se columpiaba en aquella desgastada mecedora frente a la ventana del patio trasero.
La cara de Demetrio reflejaba el paso de los años, su boca seca y serena era el resultado de no haber pronunciado palabra alguna en mucho tiempo; la barba, que había dejado crecer por descuido y que algún día fue castaña, ahora se pintaba de blanco; y su frente y pómulos parecían pesado, ya no hacía expresiones, estaban cubiertos de arrugas, de esas que en verdad te hablan de cómo te trató la vida.
Sin embargo, en contraste con esa serenidad y la falta de expresividad, había un rasgo en el rostro del viejo que destacaba de todos los demás. Sus ojos eran distintos, a pesar de verse cansados verdaderamente reflejaban la esperanza de su alma, su espíritu y sentimientos; esos ojos verduzcos que resaltaban con su piel blanca daban la impresión de mirar pero sin mirar, de buscar sin encontrar, de esperar algo que no terminaba de llegar.
La rutina de aquel anciano era siempre la misma: despertaba muy temprano cuando el sol aún no aparecía, se levantaba sorprendido quizá por el crujido de algún viejo mueble de su triste casa, o por el ligero movimiento de su mecedora, esa que desde hace tiempo la hacía de cama y que sería su compañera hasta el último instante de vida.
Luego se dirigía a su polvorienta cocina y tomaba una taza de contenido dudoso, un líquido que tenía olor y sabor amargo, de tonalidad muy oscura, quién sabe, probablemente era café. Lo bebía tibio mientras se posaba nuevamente en la mecedora y fijaba su mirada con detenimiento sobre el exterior, ese que intentaba adivinar entre la suciedad de la ventana.
Y así pasaban las horas, así se le iban los días sin que a él pareciera importarle, al contrario, daba la impresión de realizar cada cosa como si fuera una tarea importante que cumplir. Disfrutaba cada sorbo de café como si en él se le fuera la vida, lo saboreaba mientras se sumergía en sus pensamientos y perseguía en su cabeza ese recuerdo que no lograba visualizar bien, pero que hacia estremecer cada poro de su piel.
Algunos días tan sólo permanecía inmóvil hasta que el sueño lo alcanzara, otras veces se veía sorprendido por el insomnio, ese dulce bandido que no le permitía descansar, pero que le regalaba más tiempo para dedicarle a su tarea favorita: esperar.
Pero ese día de octubre Don Demetrio se sentía diferente, tenía una sensación que hacía vibrar su pecho, una emoción de esas que, como escalofrío, recorre el cuerpo desde la cabeza hasta la punta de los pies, que provoca que las manos suden y que se acumula en la garganta con muchas ganas de salir disparada. Desde que se despertó, Demetrio quería gritar pero al parecer el viejo había olvidado cómo se hacía eso, se dio cuenta de que ya no recordaba ni el timbre de su voz.
Había intentado pronunciar un nombre, sin obtener resultado, no pudo ni siquiera articular las palabras, y sin más se meció con un tembloroso empujón de sus piernas cansadas.
Así transcurría aquel día, en silencio, con el único sonido que provocaba el choque del viento contra la ventana, cuyo cristal se empeñaba con la respiración del anciano. Pero, pese a la aparente calma, ese intenso sentimiento seguía latiendo dentro de su pecho, provocando que imágenes difusas acudieran a su mente de vez en vez.
De pronto se sintió menos inquieto, parecía que el tiempo se había detenido, y comenzó a percibir un aroma que alertó sus sentidos; un aroma suave, como a flores, a hierba, un olor que de repente le aclaró el panorama, y el nombre con la imagen se concretó:
-¡Teresa, tanto que te he esperado!
El viejo pronunció esas palabras casi sin querer, con la voz entre cortada y rasposa, parecieron de repente un susurro o una queja.
-¡Al fin!
Pronunció de nuevo, abriendo esos labios que hace mucho no servían más que para tomar café, parecía que intentaba formar una sonrisa, pero no consiguió más que un gesto extraño.
Veía frente a él a su amada Teresa, aquella mujer morena, delgada y dulce con la que había compartido toda su vida, con la que había reído y llorado, la chica tierna que lo atrapó a los 16 años y lo enseñó a amar.
Era ella a quien tanto había esperado sentado, en esa casa triste ubicada en la parte vieja de la ciudad; definitivamente era ella, y al fin la tenía frente a él. ¡Su aroma! sí, era eso lo que lo inundaba, esa fragancia a hierba había llenado todo sus ser y sintiéndose pleno cerró los ojos y se dejó llevar.
En ese instante sintió que una mano recorría su rostro y se detenía a acomodar los mechones revueltos de cabello blanco de su cabeza. La sintió de nuevo, como antes, como si nunca se hubiera ido. Sintió sus manos tersas y suaves, y se convenció por completo, era su bella esposa.
La tomó entre sus brazos temblorosos, la sintió, absorbió su aroma y la volvió a amar. Era ese amor el que sin duda nunca había podido olvidar, era ese sentimiento el que palpitaba en su pecho y lo hacía dormir, beber café, esperar frente a la ventana y vivir.
Pero un murmullo ensombrecería ese momento, el viejo desmemoriado abrió los ojos verdes, por los que desbordaba felicidad, y en un instante su amada ya no estaba, no había nada, solo un profundo silencio que lo hacía sentirse diminuto, pequeñísimo ante esa inmensa, triste y solitaria casa.
Se encontró a si mismo ahí, sentado en la sucia mecedora, observando por la ventana. Un recuerdo los hizo entristecer y provocó un extraño temblor en sus piernas, lo llenó de nostalgia y provocó que por sus ojos se asomaran algunas lágrimas.
Había sido el viento que se dejaba amar, esa brisa suave y fresca de octubre que le llevó la fragancia de su dulce Teresa.
Demetrio volvió su atención a la ventana cuando el sol aún mostraba sus rayos, sería esa luz la que permitiría observar de nuevo a su querida, que yacía descansando en patio trasero de su casa. Miró de nuevo sobre la lápida aquel crucifijo blanco, roto y desgastado que él había puesto hacía 7 años.
- ¡Ah, mi linda Teresa!
Pronunció con un suspiro el anciano, y sería esa frase la que inundaría su casa y retumbaría sobre los muros un buen tiempo, hasta que el sueño volviera a sorprenderlo, o quizá cuando la recordara de nuevo, total ya la había olvidado de nuevo.

CIUDAD TESORO

Mi personaje de la vida cotidiana se refugia tras el pseudónimo de Blanco. Escribo este cuento a cerca de él por el significado sentimental que contiene. Blanco es mi personaje preferido, lo encontré en una película, lo traspasé a un mortal de mi vida real, se transformó en mi objeto sentimental, en mi pesadilla recurrente, en mi aparición efímera y trágica. Me convirtió en su títere maleable, en su más versátil fantasía. Blanco tuvo un sueño, un sueño que ocurrió en una Ciudad inimaginable, una Ciudad preñada de significaciones llamada Ciudad Tesoro. Ciudad Tesoro es el espacio más puro de la Tierra, el sitio que Blanco construyó para sí mismo con el fin último del aislamiento.
Despiertas de un lesivo sueño, estás sentado en la contaminada esfera del metro en la Ciudad de México. Nunca has querido ser parte de esto. Yo te observo sabiendo que ambos estamos atrapados en análogos misterios impenetrables. -¿Qué pasa cuando no hay arcoíris bajo nuestro espacio etéreo?- me pregunto. Aquí no hay colores, no hay efervescencia, no hay capacidad de protesta, solo existen los efectos perniciosos de una tóxica ciudad en donde la vitalidad humana se confunde con la agitación permanente.
Por eso te mostraste anhelante de un viaje sin vuelta. Ciudad Tesoro es el único lugar donde se puede ser feliz sin complicaciones.
No nos damos cuenta de los placeres que contiene la vida hasta que pasan frente a nosotros convirtiéndose en espuma del pasado, nunca sabemos cuánto valió la pena hasta que desperdiciamos la oportunidad, sucede también que un encuentro casual resulta ser superfluo hasta el desvanecimiento de la alergia sugestionada ante las relaciones humanas.
Resulta ser que él y yo nos conocimos el suficiente tiempo como para saber que había una espontánea coordinación de caracteres y una compatibilidad extraordinaria; pero jamás lo aprovechamos ni mucho menos nos empeñamos en explotar todas las combinaciones de actividades placenteras por descubrir. El primer paso fue aprender que sólo nos veíamos el uno al otro como queríamos vernos cerrando los ojos y dejándole al escepticismo los aspectos negativos. Mi actitud era crítica sin llegar a seca, la suya era seca sin llegar a destructiva.
Nos conocimos el verano pasado, en una tarde de calor espeso. Fue un encuentro extraño en el que después de un rato de caminar y platicar sin saber nuestros nombres, llegamos a una casa abandonada en las orillas de la ciudad. La casa lucía deteriorada y algo tenebrosa, cayó la noche, el clima se acomplejó pasando del calor penetrante a un frío misterioso; por eso entramos a la casa, con el motivo de refugiarnos pues era casi media noche y el transporte público ya no otorgaba servicio.
Jamás había conocido a alguien con sus características, hablábamos de la vida, de nuestros miedos y nuestras repulsiones.
-Tuve un sueño muy profundo. Despertaba en un sitio nunca antes imaginado, era un Ciudad de paredes brillantes y luminosas sin interrupción del caos humano, sin alteraciones, donde se respiraba un aire de indiferencia involuntaria- me repetía Blanco.
Aquí, en la gran ciudad, la destrucción era ante todo el escudo de la sociedad, lo que me hizo entender el sueño de Blanco, la masa pseudohumana trataba de usar estrategias de represión para minimizarnos al punto de ser sustancias etéreas e intrascendentes, en cambio yo, luchaba contra la vida que cada día urdía más para alterar el sector de calendarios y así provocar el desencuentro fatal de nuestras vidas.
Y aparece ese caprichoso virtuosismo desapegado y crítico que quise adherir a mis principios y siempre fracasando, los valores morales como fantasmas y los prejuicios soc
iales quedaron a un lado siendo insignificantes, el transcurrir del tiempo determinaba ahora el ritmo de nuestros movimientos, la condición de nuestros cuerpos y la deformación de la conciencia.
Para mí todo ese proceso físico venía siendo la plataforma de nuestra relación, nunca quise jugar sucio sin embargo mi inconsciente me traicionaba con una metodología precisa, los malos pensamientos eran casi siempre el estímulo con el que justificaba mis estratagemas. El cinismo se convierte en religión ininteligible, se pierde el sentido a la imagen visual, llega el terremoto y las ideas se programan para ser destruidas. Las complicaciones se aproximan y me quedo inerte esperando, sabiendo de antemano que carezco de las armas necesarias para defenderme de toda aquella manifestación. Se escurrieron los deseos y la metamorfosis se volvió nuestra salida más recurrente.
En esta ciudad no basta el carisma para reconstruir el orden perdido. El camino más resbaloso pero al mismo tiempo el más factible era el éxodo hacia ese lugar que ambos deseábamos. Ciudad Tesoro parecía ser una Ciudad impenetrable, visitaba ese lugar sólo en mis sueños. Blanco estaba más inconforme, su actitud era casi siempre suave, casi nunca violenta ni agresiva. -¿Cómo salir de aquí con todos esos impedimentos morales?- se preguntaba Blanco constantemente. Mi misión en esta historia no era más que la de proporcionarle todas las herramientas que él necesitara para escapar de aquí y viajar allá. Jamás fui buena enfrentando a la indiferencia y al conformismo; pero con Blanco todo era posible.
Para Blanco cada día era el indicado para partir, siempre despertaba al servicio de la fe. ¿Por qué no huía si tenía todo lo necesario para hacerlo? Eso es algo que jamás comprendí completamente hasta el día que realmente decidió partir.
Blanco soñaba con libertad, soñaba con técnicas para la felicidad, con instructivos para la comodidad, con introspectiva permanente.
Era una mañana de agosto, una mañana brillante, multicolor, suave y alucinante. La felicidad se expandía en cada esquina, el viento regulaba el crisol de las emociones, y este día, la emoción era incomprensible y purificada. Tal esfera rompía con la cotidianidad; algo ocurría diferente a los otros días, algo estaba corrompiendo las leyes de la apatía, corrompiendo la complejidad cultural. Era el éxodo de Blanco. Blanco desapareció sin notificarme sus planes. Seguramente Ciudad Tesoro ya era parte de su realidad. Lo único que me acompleja ahora es que sus memorias muy seguramente van a desvanecerse, tal vez lo encuentre en otra vida y me cuente que terminó siendo un viejo sin memoria, feliz, pero sin rastros de memoria. Lo único que quedaba para recordar el mundo real era aquel crucifijo roto que encontramos en esa casa abandona.

LIVE

Para principios de los años dos mil, en un solitario y desafiante bosque, en las entrañas del país Tzico. Se encuentra un grupo de jóvenes ditrumbianos, en busca de experiencias nuevas de campismo con mucha diversión. La razón por la que están ubicados ahí, nos remonta a días atrás
En el transcurso del mes de agosto en la ciudad de Ditrumbo encontramos a César González. Adolescente dedicado a sus estudios, con la característica de ser muy apasionado, gran participante activo de convivencias y fiestas de amigos sin modales.
César en un momento de relajación, en lo desconocido de su habitación, analiza su entorno y rutina diaria. Lo que le permite darse cuenta sobre la falta de meditación y apapacho a sí mismo. Por ello toma la decisión de irse de vacaciones y descubrir la aventura.
Rodolfo Rojas, mejor amigo de César. Es invitado a vivir una semana en lo profundo de la sierra de Estación, estado donde se ubica Ditrumbo.
Ambos personajes se organizaron y planearon el viaje sin detenerse en los detalles, para que se volviera aún más emocionante la travesía. Rodolfo de menor edad y más extrovertido que su amigo, solo dejo una carta a su tío Euflabio avisándole de su decisión. Por circunstancias desconocidas para Rodolf, solo tenía a un familiar; al que quería y cuidaba mucho.
Euflabio una tarde después del plan de su sobrino, llego a la vecindad y observo la carta. De impresión y desconcierto fue la imagen que proyectaba el señor canoso y jorobado.
El tío y su sobrino por la tarde de ese mismo día, se confrontaron en su pequeña habitación de descanso. Platicaron sobre el viaje a la sierra, poniendo en tema principal la inseguridad y los peligros que vivirían. La charla fue sin encontrar soluciones, lo que los llevo al pleito, entre el único lazo de sangre existente en la familia.
Rodolfo enojado por la actitud de su tío, salió de su acogedora casa y corrió hacía el hogar de su amigo. César se mantuvo sereno y escucho atentamente lo ocurrido tras la voz incomprendida del compañero. El joven de cabellera risada, precursor de la aventura, le comenta al delgado y desesperado que se adelanten en su viaje. Que la partida sea esa misma noche.
Sin pensarlo, decidieron emprender el plan y sin mayores recursos, se dieron al arranque de su plan. Una fauna exótica los esperaba con ansiedad. Después los encontramos caminando por las calles de la tranquila ciudad, buscando algún campesino que los acercara a las orillas del bosque. Para su suerte, las horas pasaban y no se visualizaba un apoyo. Su proyección decía cuanto cansancio y hambre cargaban estos hombres morenos.
Rodolf cansado y triste por su situación, le comentaba a su amigo que declinará de esta vivencia y regresara a pedirle perdón a su desconsolado familiar. César lo toma del hombro y lo invita a sentarse en la incómoda banqueta.
Sentados y silenciosos, descansan la hinchazón de sus pies. César observa a su alrededor y mira una bicicleta tirada en la calle sin explicación alguna. Corriendo va y la levanta, se sube en ella y grita “vámonos”. El imaginativo Rojas, sorprendido y con una sonrisa apresura el paso para montarse en la bici. Juntos parten de nuevo a su futuro desconocido.
Dos días comiendo atún y agua, cambiando de conductor constantemente y deteniéndose cada temblorosa de manos. Llegan a su bosque frío y obscuro, pues la noche se hace presente. Su emoción es tan grande que se bajan de la bici gritando. Corren y se avientan entre las ramas húmedas del lugar, para celebrar su acontecimiento.
El agotamiento, la neblina y la luna que los protege, impulsa a que el sueño aparezca. Luego la tierra endurece las ganas de despertar, por lo que se ponen a disfrutar de lo que ahí se encuentra hasta la tarde del día siguiente.
Sin que comer, ni tomar, César le pide a Rodolf que lo acompañe a buscar alimento. El joven rizado camina felizmente disfrutando y contemplando los paisajes olvidados. La costumbre hace muestra de que ahí no hay algo que hacer.
La travesía por el alimento, el cansancio, el frío, la tranquilidad, solo un acompañante y sin algo por hacer, repercute en que comienzan a desesperarse. Rodolfo con orejas grandes y cabello largo analiza, que la situación es por las ideas disparatadas de su compañero. Cambia su actitud, su enojo es tal que se aleja de su fiel amigo de toda la vida.
César se da cuenta que Rojas se va rápido y trata de alcanzarlo. Los dos se pierden entre la maleza, así comienzan una aventura en solitario. El orejón encuentra una pequeña casa abandonada en la mitad del bosque. Con temor, pero ya la lluvia sobre él, decide meterse a esta para protegerse. Sin algún destello de luz, se introduce buscando un alojo para dormir.
Tras va pasando la noche, la incomodidad se hace presente y el sueño no se puede consolidar. Decide indagar dentro del hogar solo tentaleando; la incertidumbre y el poco valor lo acompañan. La casa transmite ruidos de vejez y olor ha olvidado, por el polvo y la madera que la cubren.
Ese lugar fue construido para que desde ahí, cuidar la naturaleza. Pero las antiguas culturas prehispánicas la asechaban, pues era un objeto que invadía el territorio de sus Dioses. Los brujos o hechiceros de aquellas culturas sacrificaron a los guardabosques que allí se encontraban, además de embrujar la casa.
La maldición decía que cualquier persona que entrara a ese lugar, se perdería en el limbo de la obscuridad y al entrar al bosque, se encontrarían con soledad. Lamentablemente Rodolf enloqueció y vio su sufrimiento por desobedecer y abandonar a su único familiar, el jorobado Euflabio.
Por otro lado, César encontró una desesperación por lastimar a su acompañante. Se perdió entre las hierbas, sin alimento y tranquilidad. El tiempo que pasaba lo hacía enloquecerlo más y hacerlo ver alucinaciones. Por momentos encontraba a su amigo, pero este se alejaba desconsolado. En otros veía lo más importante de su vida pasar por segundos, observaba a su familia, hasta que se congelo del cuerpo al ver a un anciano que lo contemplaba fijamente.
Un señor canoso, jorobado, chimuelo, en silla de ruedas, con gran amargura y con una mirada penetrante de odio sobre el chico rizado. Un espejismo era lo que atravesaba la vista del joven. Una persona semejante al tío Eu.
Su culpa lo hacía entristecerse más, corrió hacía él. Lo abrazo lamentándose por la pérdida del único familiar que le sobrevivía. Le comentaba sobre lo que sucedió, le pedía perdón a cada momento. El anciano no lo comprendía, solo lo rechazaba y le pedía que se alejara. Cada intervención del adolescente la negaba, no le creía las palabras, pues nada recordaba.
La profecía se volvió realidad. El sueño de la aventura se cumplió, pero la vida y amistad se derrumbó.
Todo aquel humano que vivía en las orillas del bosque, contaba que varias personas han desaparecido sin explicación. Una cruz comprobaba tales palabras. Una cruz vieja y rota por cada persona maldecida.
Sí la historia es o no verdad, la cuestión es que de César González y de Rodolfo Rojas, nunca se supo que fue lo que les paso. El tío Euflabio y la familia de César reportaron la desaparición, pero nunca supieron su paradero.
La personalidad de los personajes cambia del principio al final de la historia. En las situaciones de la vida se presenta una imagen personal errónea y esto nos lleva a enfrentarnos con acciones o momentos que corresponden a esa personalidad. El problema se presenta cuándo hay un choque de realidades.
También en varias ocasiones no disfrutamos o valoramos la vida y elementos que la acompañan. Dejamos de lado a los seres importantes para nosotros, olvidamos su cariño y nos enfocamos en la rutina. Por esa situación creemos que alejarnos de la realidad nos dará la tranquilidad, la verdad es que sí nos da paz, pero no lo hacemos de la manera adecuada.
En las decisiones de la vida se deben hacer con responsabilidad, obedecer a la familia, por el rol y experiencia que tienen. En ocasiones el arrepentimiento viene después de la tragedia, pero porque llegar a ese momento.
La vida es distinta para cada uno; lo complicado cada quién lo forja, la desesperación cada quién lo permite, y lo grande del vivir cada quién lo decide.

PUEDE SUCEDER

-Como un mar de inspiraciones, calmado y reflexivo-. Así decía mi abuelo siempre que contemplaba Tuetémano; el pueblo donde nació. Y es que en realidad es así: sereno por la mañana, pajaritos cantando, el bala de los borregos por todos lados, el mugido de las vacas también, uno que otro relinche de caballo se aúna al cacareo de las gallinas y canto de los gallos, toda una orquesta animal. Por las tardes uno se contagia de paz, al grado de hundirte en las reflexiones que el corazón manda, en la energía caviladora que de su gente emana. Aunque no llegaba a ni siquiera doscientos habitantes, contenía mucha de la magia que mueve al mundo.
Don Teófilo “el viejo olvidadizo”, así conocían a mi abuelo. Podía enfrascarse en una profunda charla detallada y específica, pero enseguida, como recuerdo fugaz, sus ideas partían de su cabeza hacia no sé dónde. No era una enfermedad, solamente tenía el pensamiento muy revuelto, mas cuando lograba atrapar una idea, la retenía por un buen rato en su mente.
Llegué yo, diez años después de aquella última vez que lo vi. Me recuerdo como un niño que tenía una capacidad de admiración muy bonita e inocente; todo me admiraba, hasta el rebuznar de los burros. Dejé la selva de concreto y vine a Tuetémano, al fin en este pueblo dejé mi origen, esa tierra forjó mi sangre y conspiró para que yo naciera.
Fue en un domingo por la mañana, el ambiente era de absoluto sosiego que no podía creer la existencia de un lugar así: no había ruido ni gente apresurada, en vez de claxons sonando había jilgueros gorjeando, el olor a combustible quemado fue sustituido por el olor a ganado, ¡bueno! Con decir que hasta la popo de los animales olía bien. Nada de apretujones al treparte al camión ni mentadas de madre porque te dejara lejos de la parada. Hasta la gente te dice “buenos días”, así por nada, sólo así: BUENOS DÍAS, sin ningún compromiso, increíble ¿no?
La sorpresa me la llevé cuando al entrar a la casa de mi abuelo no había nadie. Gritaba “abuelo, abuelo”, pero aquella morada sólo me respondió con el eco de mi voz. Lucía muy desolada, como una casa abandonada. Pensé: ¿se le habrá olvidado el camino de regreso a mi abuelo? Imposible con tantos años viviendo aquí, ¿Fue a trabajar en su parcela y se quedó hasta tar…? ¡Parcela! Corrí enseguida con la esperanza de encontrar al viejo arando el campo llano, pero lo único que encontré fue un terreno inhóspito, yermo, sin evidencia de haber sido tocado por la mano del hombre durante un largo tiempo, ¿dónde andaría el viejo olvidadizo? ¿Se le habría olvidado sembrar la tierra?
Contemplé un momento el armonioso campo, horizonte basto de naturaleza, ahí donde el hombre es nomás hombre. Único lugar en el que el ser humano puede ser natural. Fui con el tendero.
-Bueno días- dije con aire de preocupación.
-Bueno días joven, ¿quévallevar?- contestó con voz amable.
-Nada señor, quiero preguntar qué sabe del paradero de don Teófilo.
-No, ps él no tenía paradero, el único que conozco es el del camión, pero ése es de todos.
-Quiero decir que si sabe dónde está.
Nunca había sentido tanta frustración, lo único que ocupa la mente es eso, frustración. Mi corazón aumentó su actividad, pum pum pum… como de mil veces por minuto. Creí que explotaría, pero lo único que pasó es que se me subió a la garganta. A veces, las personas no tomamos consideración que otras personas nos necesitan; anhelan oír timbrar el teléfono y escuchar: “Cómo estás”. Por qué es tan difícil preguntarlo y por qué se ha vuelto tan difícil contestarlo –con sinceridad-. Es una necesidad básica del ser humano, somos como pequeños bebés recién nacidos, pues hasta que lloran sabemos que están vivos. Deberíamos llorar más seguido un “¿Cómo estás? ¡Neta muy bien!” Para sabernos vivos.
El tendero me dijo: -Murió la semana pasada, está en el panteón, su tumba está hasta atrás, es la que tiene un crucifijo roto-.
Ahí estaba el pequeño montículo, un puño de tierra que formaba un bulto. Mi abuelo estaba allí enterrado y sin poder decir más: -Como un mar de inspiraciones, calmado y reflexivo- y sin tener quién le compre un crucifijo; fue sepultado en su mar y junto a sus inspiraciones. Su epitafio decía: “si más no recuerdo les digo: AMEN AHORA O MUERAN POR SIEMPRE”.

NARRACIÓN

Había un bonito río, con agua cristalina y muy calmado. La rivera no era muy ancha, pero los peces nadaban como locos de aquí para allá y de allá para acá. Los árboles eran muy frondosos, sus copas parecían tocar el cielo; las hojas, al soplar el viento, emitían un sonidito que tranquilizaba a la mente más estresada y al viejo más gruñón. Como el que acostumbraba a sentarse en la orilla del río, cerca de la gran roca que ocupaba como respaldo. Talvez por eso iba ahí, porque no le gustaba ser gruñón. Odiaba ser gruñón, pero era gruñón, muy gruñón.
Solía estar largo tiempo viendo al agua correr y a los peces zambullirse. Le causaba cierta gracia cuando brincaban por encima de la superficie y volvían a caer, eso le dibujaba una sonrisa muy difícil en su rostro. Podía quedarse todo un día sin problema, puesto que no tenía hijos, familia y el trabajo no le ocupaba su atención, eso decía él.
Cuando miraba al cielo, a veces se ponía más gruñón. Porque trataba de recordar su niñez sin éxito, le enternecía un poco el corazón la idea de recordarse niño, se dijo: odio ser un viejo olvidadizo. Lo único que recordaba con más claridad era un crucifijo roto, no sabía el porqué de ese recuerdo y por qué era más claro que otros. Se quedaba pensativo, muy pensativo, con la mirada en el río, mientras ocupaba la mente en excavar en el cerebro, pero sin éxito.
Intento tras intento pertinente, una chispa destelló en su mente. Sin saber la manera, recordó una imagen, era de una casa. Se le hizo muy familiar y llegó a la conclusión que esa imagen correspondía a la vieja casa que estaba allá, en la cuenca del río. Movido por un impulso que no sabía de dónde surgió, o quizá sí sabía pero se le olvidó, fue a esa casa, además estaba consciente de que su familia no lo esperaba, porque no tenía o también se le pudo haber olvidado que tenía. Ya después de caminar casi un kilómetro, llegó, y sí, la imagen de su mente era igualita a esa casa. Era bonita, pequeña pero se veía acogedora. Toda de madera con una sola puerta y dos ventanas a los lados. Tocó. Tocó. Otra vez tocó. Una vez más. Se le olvidó cuántas veces tocó. Agarró la manija y abrió la puerta. El ambiente tenía un olor a madera y a antiguo, se identificó con el ambiente. Se sintió cómodo y tranquilo, ya no tan gruñón, de hecho se le había olvidado que era gruñón.
La entrada estaba junto a la sala, un comedor enseguida que lo separaba una barra luego la cocina. Estuvo merodeando, pero no había sillas, trastes –no sé si ya existía la tele o el refri-, muebles. Caminó al pasillo que seguía rumbo a las habitaciones, no era un pasillo muy largo, pero sí algo oscuro y al final había un pequeño mueble. Contenía encima algo, eran evidentes las veladoras encendidas y el tambaleo de la flama. Se acercó, vio el crucifijo roto de su recuerdo y, sorpresa: otro destello en su mente.
Ahora recordó un camino que lo llevaba rumbo a un gran árbol; salió de la casa y lo siguió. Al llegar estaba un niño trepado en una rama. Le preguntó ¿Quién eres? El niño contesto que se llamaba Pedrito. Y luego el viejo hizo otra pregunta: ¿Dónde estoy? Pedrito contestó que debajo de una árbol. El viejo se confundió pero ya no estaba tan gruñón y se quedó callado.
Pedrito brincó de la rama y dijo: Abuelo dame el crucifijo para ponerlo otra vez en la casa porque si te vuelves a poner gruñón y todo se te olvida, no habrá nada en que te vuelva a traer los recuerdos.
Pedrito agarró al viejo de la mano y se fueron.

ELLA... LA DEL VESTIDO ROJO

El camino parecía tener su fin en la cuadra siguiente. La luz tan tenue, que apenas iluminaba sus pasos, se encontraba en el fondo junto a una pila de pedazos de cartón. Era demasiado tarde para andar merodeando por las calles y el frio tan persistente, instalado desde hacía ya cuatro días, era insoportable. Elio llevaba caminando más de una hora; sus pasos eran firmes como si su destino lo llevará de la mano, sin embargo, la causa del paseo tan tarde se debía a un conflicto que había tenido con su esposa, por lo que decidió descargar toda la energía, que recorría su cuerpo, lleno de una rara sensación de impotencia y descontrol.
Llego a la esquina y al dar vuelta sintió la presencia de un automóvil siguiéndole. Guardó la calma, pues ¿Qué tenía de raro que un automóvil circulara a esas horas de la noche? se preguntó. Sus pensamientos ávidos comenzaban a desaparecer; decidió cruzar la calle, miró fijamente los focos de un auto que se aproximaba y pestañeó ante su intensidad. El carro no lo perdía de vista y en unos instantes desvió su curso, arrollando a Elio y siguiendo derecho tras su acción desmedida.
Un sonido irreconocible, irritante y estremecedor fue lo primero que captó Elio al despertar. Abrió lentamente sus ojos. La sensación de haberlos tenido comprimidos durante casi una vida lo dejó inquieto. Pasmado ante la blancura del lugar, tocó su rostro, miró sus manos, sintió sus labios y dio un grito de perturbación:
-¡Donde estoy!
Pronto estaría sedado y su mujer recibiría una llamada inesperada:
- Buenas tardes, ¿Sra. Lucy? hablamos del hospital México-Americano para comunicarle que el Dr. Lozano quisiera hablar con usted lo antes posible, es sobre su esposo, Elio Guevara, ¿Podría presentarse en el hospital antes de las 7 pm?-.
Lucy respondió inmediatamente sin pensarlo – voy para allá, no tardo- y colgó presurosa pero, con cierto temor y desasosiego.
Después de haber estado 10 años en estado de coma, Elio había despertado. Aún permanecía con pocos rastros de memoria, ya que las fuertes lesiones en el cerebro, ocasionadas por el accidente, seguían presentes. A sus 60 años de edad, Elio no recordaba su casa, ni a su mujer, ni a sus hijas y mucho menos se recordaba a sí mismo. La reconstrucción de su pasado y presente no fue tarea fácil. Sin embargo, Lucy asistía a diario al hospital, en promedio de dos a tres horas, con la esperanza de hacerle recordar que tenía una familia que lo extrañaba.
-Me inquietan mis sueños- murmuró justo cuando la enfermera habría las cortinas.
-¿Qué es lo que pasa, Elio?- Contestó risueña la enfermera.
- Siempre con su vestido color rojo- dijo Elio.
- ¿Eso te inquieta?- sonrió mientras le preparaba su medicina.
- Ella siempre viste de color rojo. Pareciera que es su color favorito o quizá se ha dado cuenta que la hace lucir radiante y fresca, con esos ojos negros que iluminan su alma y que ocasionan en mí el desborde de mis impulsos- tomo su medicina y suspiró.
- ¿Quieres contarme de qué se trata?- preguntó tranquila…
- Me desespera no saber quién es; siempre la sueño. Ni siquiera me ha dicho su nombre, ¡Que intrépida!, se inmiscuye en mi casa, la cual no parece ser la mía, porque ni la recuerdo. Parece estar angustiada y siempre que la miro fijamente desaparece- se recostó en la cama mirando a la enfermera.
Elio solía contar sus sueños a la enfermera que lo despertaba cada mañana y que le daba su medicina. Sentía que al contar sus sueños podría recordar su vida pasada. A Regina, la enfermera, le emocionaba escuchar una historia nueva cada día, pero siempre con un mismo personaje: ella…la del vestido rojo.
-Tienes visita Elio- dijo Regina presurosa, pues ya era hora de cambiar turno.
- Hoy no la quiero ver, dice que tengo una familia que me extraña, pero jamás han venido a visitarme- prendió la televisión e ignoró su alrededor.
Lucy entró en la habitación, se sentó en el mismo lugar de siempre y se quedó contemplando el mal carácter que lo embestía. Pasaron un par de minutos y todo parecía estar de igual forma. Levantándose de la silla, volteó a la ventana, miró hacia fuera y le dijo:
-Hoy es tu cumpleaños. Te he traído un pequeño detalle para que recuerdes-.
La televisión seguía trasmitiendo, el volumen se mantenía constante y Elio ignoraba aquella mano extendida, que traía consigo una caja color dorada con un pequeño moño rojo colocado justo en el centro. Lucy insistió en dárselo sin quitar la posición que había adquirido segundos atrás, obligando a que Elio tomara el obsequio y lo dejara con desdén junto a su almohada.
El mal trato que había recibido por parte de Elio ocasionó que Lucy abandonará la habitación con melancolía; se dirigió a su coche y partió a su casa. No entendía cómo Elio había cambiado tan drásticamente su comportamiento en unos cuantos días. Sin embargo, todo tenía una explicación, bastante entendible, dado que Elio no estaba seguro de todo lo que le contaban; se mantenía ajeno a las historias y las personas que decían ser parte de su vida y casi siempre dudaba de ellas. La confianza la depositaba en sus sueños, sólo ellos le podían revelar la verdad.
La mañana siguiente, Elio despertó con una sonrisa en su rostro. Cuando entró Regina a darle su medicamento, exclamó con fervor:
-¡Ella!- volvió a sonreír.
- ¿Quién? – tratando de sonar ajena al tema.
-Me invitó a pasar a su casa, observé su espalda suave y rígida a la vez. Me sentí acogido por el lugar, las fotografías se me hacían familiares, la comida tenía ese sabor de grata alegría y placer. Ella preparaba el postre, mientras, yo la esperaba con ansias. Cuando logré verla al fin, traía puesto su hermoso vestido rojo. Sonreí y le dije: “Sí, eres tú”.
Regina lo escuchaba atentamente, jaló una silla y decidió sentarse para saber más del sueño.
-La miré fijamente a los ojos y al fin pude darme cuenta de quién era. Reconocí su semblante, su figura y por su puesto su peculiar vestido. De repente todo fue desapareciendo, la casa quedó abandonada y ella se desvaneció. ¡La recordé!- gritó con felicidad, Elio.
Regina tenía que retirarse, nuevamente su turno había terminando. Recogió la habitación y al final le dijo:
-Sr. Elio, alguien lo espera detrás de la puerta, ¿Le digo que pase?-.
- Sí, ya era hora-.
Regina salió del cuarto, miró a Lucy y le dijo:
-Ya te está esperando-.
Lucy emocionada entró a la habitación de Elio, lo saludó y él le regresó el saludo con una sonrisa inmensa. Platicaron más de lo común y ella se despidió, ya que se le hacía tarde para ir al trabajo. Elio le pidió que se acercara un poco más, nerviosa ante la petición, Lucy dio tres pasos hacia él.
-Acércate más, quiero verte mejor- exclamó Elio.
Temerosa siguió la orden. Él le sujetó la mano, entrelazó sus dedos y la soltó instantáneamente. Lucy de inmediato se alejó y antes de partir le dijo:
-Hasta mañana Elio- . Se sujetó el cabello y avanzó a la puerta.
-Sólo queda esperar a que se detenga el tiempo en tus labios- murmuró Elio, un poco fatigado.
Cuando Lucy escuchó aquella frase acababa de emparejar la puerta, sus dedos soltaron la manija y lentamente los deslizó sobre su pierna. Trató de retroceder y volver a ser visible ante los ojos que se encontraban encerrados en aquella habitación y que la esperaban con júbilo. Pero Lucy permanecía inmóvil, como si espontáneamente estuviera perdiendo el control de sus movimientos. Presionó fuertemente sus dientes y de sus labios salieron tres palabras:
-Yo intenté matarte-.
No podía creer que ella había sido la que conducía el carro aquella noche, la causante de la tragedia de su esposo; llevaba 10 años sintiéndose culpable y lo era. El secreto había carcomido su alma, su conciencia y su amor por ella misma. Estaba muriendo en vida y lo único que la mantenía despierta era la idea de poder recuperar a su esposo. La frase pronunciada por Elio en esos instantes provocó que Lucy no pudiera contenerse. Era la misma que le había susurrado al oído la última noche antes de su accidente. Sin embargo, inconscientemente se había percatado que Elio la recordaba con ligereza y desencanto. A pesar de ello, aun no la llamaba por su nombre y quizá no sabía que estaba frente a sus ojos.
Eran las 10 de la noche y Elio regresaba de trabajar; abrió la puerta como cada viernes y entró saludando a su hija Bianca, quien como siempre estaba en el recibidor con un libro en sus manos, sólo que esta vez no podía concentrarse en su lectura. Cuando lo miro se lanzó sobre sus brazos y le dijo:
- Mamá está enojada, le he comprado este collar rojo, recuerda que es su color favorito, es preferible que se lo regales tú, quizá mejore su humor y podamos dormir tranquilos-. Elio tomó el collar, lo revisó, pero tan solo pensaba en qué pudo haber hecho mal para que Lucy estuviera molesta.
Al verlo Lucy, inmediatamente le arrojó un crucifijo, que había sido un regalo por sus bodas de plata, Elio alcanzo a tomarlo con su mano derecha y con un movimiento brusco y casi instintivo lo guardo en su bolsillo. La miró fijamente, manteniendo un semblante sereno y le dijo:
- Recuerdo nuestros 25 años de casados; ¡qué bonito día junto a la mujer de mi vida!-. Lucy permanecía parada y como respuesta a tal expresión lanzó al piso la fotografía de ambos, que se encontraba en el tocador.
Tomó aire, cerró sus ojos y Elio le pregunto:
- ¿Por qué destruyes nuestro recuerdos, Lucy? ¿A caso quieres terminar con cada uno de ellos, borrar nuestras vidas y partir rumbo a la soledad?-.
Frunció el seño, se puso sus lentes y mirándolo fijamente a los ojos con un intenso repudio, contestó:
- Quiero que vendas esta casa-.
Poco a poco, Elio se acercó a su figura; le acarició la cara con afecto, y con sus labios colocándose al filo de los de ella, le dijo:
- El tiempo resolverá esa acción, por el momento solo queda esperar a que se detenga el tiempo en tus labios, tranquilízate. ¡Te quiero, Lucy! –.
Abrió los ojos desconcertada y de inmediato se levantó del sillón; tímida y angustiada le preguntó a una enfermera:
– Disculpe ¿el señor Elio Guevara se encuentra hospitalizado aquí o sólo fue un terrible sueño? -.
La enfermera la miró condescendiente, y le dijo:
- Sra. Lucy, debería de ir a descansar, su esposo sigue internado aquí-.
Lucy se había quedado dormida recordando la noche de hace 10 años, las lágrimas comenzaron a apoderarse de ella, sujetó su cabeza con ambas manos y se dijo así misma:
-¿Por qué lo hice?-.
Mientras tanto, Elio se mantenía en el cuarto despierto. Volteó hacia la ventana para alcanzar a ver el sol que apenas asomaba entre las grandes nubes que cubrían el cielo. Tomó una pluma; se estiró para alcanzar el crucifijo; ese que consideraba le había salvado la vida; se cubrió bien con la cobija; puso su cabeza sobre la almohada, inhaló y exhaló tres veces, y cerró los ojos.
El reloj marcaba 15 minutos para el medio día; Lucy se sentía cansada y triste, así que decidió entrar a la habitación de Elio para despedirse como siempre. La puerta permanecía entreabierta, tal cual como ella la había dejado. Entró sigilosamente, se acercó a la cama y al ver a Elio postrado con sus manos pegadas a su pecho, se las separó. Entre ellas, se encontraba el crucifijo roto del día de su accidente; Lucy se lo arrebató, su cuerpo comenzó a flaquear, tomó la mano izquierda de Elio, la presionó y le gritó enloquecida:
- ¡Elio no me dejes!, perdóname por lo que intenté hacer, por lo que provoqué, ¡no me dejes! Quiero revivir nuestros recuerdos, nuestras vidas-. Lucy se inclinó ante su pecho, sollozando con fuerza, soltó su mano izquierda y al momento de extenderla, alcanzo a leer una frase:
“Antes de morir me llevare el único y más bonito recuerdo… el aroma que despide tu cabello, Lucy”.

FRAGMENTOS DE FELICIDAD

Ya hacia una hora que se encontraba frente a la casa recordando y observando, pero aun no encontraba el valor para entrar. Era noviembre y el aire frio calaba su cara, en las cercanías se escuchaba el murmullo de los niños del vecindario corriendo, se percibía el aroma de café con canela, recién hecho en algunas de las casas cercanas, y se mezclaba con el olor a tierra mojada por la llovizna de la tarde, se sentía una tranquilidad emanar de aquellas casas, menos de esa. Esa que en años atrás fue también un hogar, su hogar.
Empezaba a morirse el día y sabia que solo debía cruzar la calle y colocar el letrero de venta, por fin tomo aire y soltó un suspiro que hizo brincar su corazón de tan profundo que fue. Su pierna derecha hizo el primer movimiento para tratar de avanzar, pero fue tan difícil, parecía como si detrás trajera un costal amarrado. Superando un dolor más fuerte que el físico y con el crujir de sus huesos como fondo, inicio la travesía.
Cuando coloco el primer pie en lo que un día fue su hermoso jardín escucho el crujir de una hoja seca aplastada contra el suelo, inmediatamente volteo a ver a aquel gigante que gobernaba el frente y que al compas del viento movía sus ramas soltando sus últimas hojas secas y parecía que se estaba despidiendo, al verlo así, salto a su mente una película antigua, que iniciaba con una pareja plantándolo y con él, no solo plantaban un árbol, también plantaban sus ilusiones, esperanzas, anhelos y sus ganas de ser felices, en el siguiente cuadro se veía una hamaca con un bebe y junto a él sus padres felices, después ya no fue uno sino cuatro, cuatro angelitos que corrían alrededor del árbol, que gritaban por su turno en el columpio, se veía también a un padre que construía una casa para los pajaritos del árbol porque Susanita quiso que los pájaros tuvieran una casa como la de ella, si, parecía una película, una hermosa, alegre y antigua, muy antigua película.
Con un corazón muy débil, físicamente y anímicamente, recorrió el jardín y no pudo evitar llegar hasta la puerta principal, jalo el mosquitero y de inmediato la invadió una nube de polvo y telarañas que la hizo toser y al mismo tiempo regresaron los recuerdos, y volvió a ver las coronas de navidad sobre aquella puerta, las primeras veces que llegaban en sus brazos esos pequeños seres, los besos de bienvenida y despedida hacia el hombre con quien compartió casi cincuenta años de su vida, las primeras veces que sus pequeños salían con temor del primer día de clases, del primer examen, de la primera visita al dentista; tuvo que pedirle a su Dios aliento para seguir adelante.
Había esperado este momento durante algunos días, estaba llena de temor, no por ella, si no por sus hijos, por la vida, por lo tarde que llega la justicia y por lo que significaba en sí, sabía que podía llevarse algo, así que cogió valor para continuar.
Caminó por la sala y observo el catre que seguía allí, en el mismo lugar en el que días antes su amado había exhalo su último suspiro, tomo entre sus manos el crucifico que se hallaba en el piso casi destrozado, aquel que les regaron el día de su boda y que en varias ocasiones, Jorge lo había aventado, y al que ella pedía cada noche que regresara su marido, que regresara de aquel mundo en blanco en el que vivía, cayó sentada al recordar cómo había empezado todo el olvido, al principio fueron las llaves del carro, de la casa, luego fechas, luego todo…Fueron casi ocho años de esta enfermedad y a ella no le pesaban y a veces hasta agradecía el que no se hubiera enterado de todo lo que estaba pasando a su alrededor.
Con un cuerpo lleno de huellas del tiempo, con pesadez propia de la edad y peor con un alma llena de vejaciones, subió aquella escalera en la que se hallaban toda su vida resumida en fotos, fotos de esos momentos que se sentía dichosa, en aquellos momentos que eran una familia, observo la foto de su boda, amarilla por los años, su vestido que fue sencillo en una iglesia pequeña solo sus familias como testigo, pero con todo el amor y esperanza que se puede tener al unirse al ser que te complementa y que te hace una mejor persona, a través del cristal vio el reflejo de sus ojos, ya no se parecían en nada a aquellos de juventud, ahora los parpados caídos representaban como se hallaban sus esperanzas, ya no había brillo en sus pupilas, el maltrato lo había apagado y consumido poco a poco.
Recorrió con su mano nuevamente la foto, como queriendo extraer un poco de felicidad que tanto le hacía falta en ese momento. Al seguir subiendo fue viendo como hizo crecer a su familia, la llegada de cada hijo, los cumpleaños, las graduaciones, todo lo que siempre quiso para ellos, al final como si hubiese sido un presagio se encontraba la foto de la ultima navidad que estuvieron todos juntos, que habría sido de eso unos 10 o 15 años, ¿qué les había pasado como familia?. Recorrió el pasillo estrecho y paso por los que alguna vez fueron las habitaciones de sus pequeños y que uno a uno fue viendo como dejaban la casa.
Cuando Susi se caso, cuando Jorge se fue a hacer su maestría al extranjero y cuando Ana y Emilio se fueron a otra ciudad a la universidad, nunca se puso triste porque sabía que ella siempre había deseado que sus hijos se superaran, que fueran exitosos y buenas personas.
Al seguir por el pasillo llego a la que durante años fue su recamara, giro el pórtico y pudo percibir el olor de la colonia de su esposo, sintió como si a través del aire la estuviese abrazando, vio todo su cuarto, su ropero con algunos vestidos que ella se había hecho para poder guardar dinero para sus hijos, vio su tocador donde se arreglo para tantas ocasiones especiales y vio su cama.

Aquella cama que fue fuerte de tantas guerras de almohadas, que sirvió de protección contra monstruos que vivían debajo de las camas, al recordar eso una risa tenue se asomo por su boca.
Sintió el cansancio de los años sobre su espalda entonces se recostó sobre aquel colchón que tantas noches los albergo y ayudo a descansar después de tanto trabajo, se recostó y puso el crucifijo sobre su pecho, entonces no pudo soportar más y empezó a llorar, con el llanto más profundo y doloroso que esas paredes hubiesen visto alguna vez. Lloro de rabia al recordar lo sucedido esa mañana, no podía concebir como sus hijos tuvieron el corazón de pedir que la declararan mentalmente incompetente, y todo porque, por una casa, por su casa, la casa que ella y su esposo habían construido con sudor y que si, iba a ser para ellos pero no de esa forma.
En que parte se había equivocado, les dio estudios cuido de ellos, los alentó, porque le pagaban así, cuando sus ojos se secaron por no tener ya mas lagrimas pidió perdón a su Dios y así también pidió bendiciones para cada uno de ellos, cuando termino su plegaria cerró los ojos.
Se sentía aliviada y liviana quizá por que su alma estaba vacía, vacía por haber amado, querido y protegido tanto que ya no le quedaba esperanza de seguir adelante, sus motivos habían muerto ò los habían matado, eso ya no importaba, desde siempre había perdonado, porque no habría de haber perdonado ya a su propia sangre.
Cuando tuvo su corazón y cuerpo tranquilo sintió como un aro de paz la cubría por completo, súbitamente le llego un olor conocido y una sonrisa se abrió paso entre tantas arrugas, sintió como una cobija tapaba su cuerpo y sintió calor, ese calor que muchas veces le dio el ánimo de seguir adelante, sabia que iniciaba el camino de vuelta a casa, a su hogar.

CUBA

Un son cubano endulzaba el aire de aquella calle de la vieja Habana que recorría con cautela. Era una música tan suave, que se alcanzaban a distinguir las guitarras en armonía exacta con las claves, el bajo y el entrañable sonido del bongó. La letra se desvanecía entre los sonidos de la ciudad. Una melodía hacía temblar a esas viejas pero coloridas estructuras, llenas de vida y coronados por esos balcones floreados y misteriosos que esconden cientos de historias pintorescas, tan distintas en lo individual, pero tan iguales en su conjunto.
El motor de los anticuados carros, los niños jugando frente a mí, algunos viejos cantando y bailando, el ruido de la multitud en su cotidianidad, todo, todo parecía desvanecerse. "…Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia, de tu querida presencia…" ya podía escuchar claramente. La letra tomaba forma. Poco a poco, me acerqué al lugar de donde provenía la inevitable música. Deseaba llegar ahí.
Tonos de azul, blanco y rojo, pintaban una manta a lo lejos, en la ventana de la casa más pequeña y descolorida, una bandera iluminada por la luz de las 6:30 de la tarde, cuando el sol quiere descansar y sus rayos ligeros apenas nos calientan. Una hilera de pantalones cortos colgaban sus pieles cafés en un balcón que había sobre mí; unas pocas camisas les hacían compañía. Aquí la gente suele andar con pocas prendas. "…Vienes quemando la brisa, con soles de primavera, para plantar la bandera, con la luz de tu sonrisa…". Me detuve a escuchar, el sonido era más fuerte, una tranquilidad llegaba a mí y me hacía volar mientras cerraba los ojos. Cuando los abrí me encontraba frente a una casucha abandonada con un perfume que jamás podría olvidar, no sé de donde pero lo conocía. En la entrada, yacían los restos de una Palma Real, árbol nacional de Cuba. Duré varios minutos frente a la casa, era la misma de la bandera que colgaba del balcón.
El alumbrado comenzó a encenderse, aunque parpadeante y de luz débil. "…Tu amor revolucionario, te conduce a nueva empresa, donde esperan la firmeza, de tu brazo libertario…" sonaba mientras abría la perilla de la vieja puerta de madera apolillada, aunque no era necesario pues con un simple golpecillo ésta hubiera abierto. Con temor, me adentré, era más mi curiosidad por saber porqué la música salía de ahí si la casa no parecía estar habitada. Estaba un paso adentro. Todo se veía iluminado por una luz tenue proveniente del faro de la esquina. Ese todo era un cuarto casi vacío, sólo una parte estaba ocupada por viejos muebles que parecían haber sido utilizado recientemente. No sabría cómo explicarlo pero se sentía una frescura extraña, una frescura como esa que sientes cuando entras a un lugar al que esperabas llegar después de haber estado mucho tiempo fuera."…Seguiremos adelante, como junto a ti seguimos, y con Cuba te decimos: hasta siempre comandante…" disfrutaba mientras tarareaba, tal vez porque me había aprendido el ritmo, tal vez porque ya lo había escuchado antes.

Por un momento, había olvidado que la canción era lo que me había traído hasta aquí. Fijé toda mi atención en encontrar de dónde provenía, era de una vieja consola, un gramófono impresionante. Jamás creí volver a ver uno. Estaba frente a los pocos muebles conglomerados de la esquina. Comenzaba a sentir un fuerte vacío, perdí la tranquilidad que sentía cuando recorría las calles. Mi cabeza retumbaba, una punzadita del lado izquierdo. La melodía me hacía levitar, como si quisiera decirme algo, como si quisiera explicarme por qué la extraña sensación.
Decidí dar algunos pasos hacia el escritorio de frente a la consola, pasos inseguros, temerosos. Casi resbalo con un crucifijo que estaba tirado, era igual al que traía puesto, pero el hecho no me causó extrañeza pues cualquiera pudiera haberse encontrado uno. Son de esos que venden los ambulantes de la isla. Lo recogí, estaba roto, le faltaba la mitad del brazo derecho, roto exactamente en el mismo lugar que el que colgaba de mi cuello. No se me pudo haber caído, pues aún sentía el mío.
A pesar del mareo que sentí, llegué a un mueble carcomido con un letrero enganchado que decía "zapatero", me recargué. Sostuve entre mis manos una foto tomada hace diez años, era el rostro de un sujeto de unos sesenta y seis años, tez morena que contrastaba con los blancos cabellos debajo de un sombrero de paja, barba a medio salir, piel curtida por el sol, una nariz ancha como sus labios. Rasgos muy arraigados, de los de la antigua isla. Escazas cejas, orejas muy grandes aunque discretas, delgado por lo que pude apreciar. Sus ojos, ojos húmedos y pequeños recubiertos por algunas arrugas.
De nuevo un aire familiar, ¿acaso he olvidado algo? Tras un suspiro supe que lo que reproducía el gramófono era una Canción Protesta surgida tras La Revolución Cubana, "Hasta siempre, comandante". Ahora podía predecir un poco de la historia de aquel solitario hombre de la foto.
Todas las mañanas ponía su consola, Carlos Puebla y sus letras llenaban sus ojos de recuerdos, de lágrimas contenidas con ganas de salir de su lugar. Sus ojos llorosos reflejaban una inmensa tristeza que nunca pudo superar, ¿acaso alguna pérdida?, aún no lo descubría, aún no lo recordaba, más bien estaba borroso en mi mente, borroso como mi viaje hacia Miami. Ahora que lo pienso, no recuerdo nunca haberme bajado de la lancha. Sólo estaba presente la incesante tormenta, presente el frío océano encajándose en mi cuerpo hundiéndome al mismo tiempo que desaparecía mi convicción que me llevó a salir de la desastrosa y limitante Cuba, desaparecía mi sueño de triunfar en otras tierras libres de la opresión, tierras libres de recuerdos amargos y pérdidas causantes de un dolor que parecía infinito. ¿Y los bellos y alegres balcones, y el buen sabor del son?, ¿la alegría de la costa con el aire fresco que endulzan los callejones compartidos?, ¿y la esperanza?
"…Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia, de tu querida presencia, comandante che Guevara…". Después de esa melancolía que me hacía sentir la pieza al recordar apagué la consola, me senté en mi silla, prendí mi ventilador como de costumbre, unos cerillos sobre mi escritorio me indujeron a encender mi pipa. Dejé mi sombrero en el perchero empolvado, soplé un poco sobre mis objetos para limpiarlos, tenía que ponerme al corriente pues tanto tiempo fuera me había atrasado el trabajo, cuatro pares de botuchas por arreglar. Ahí estaba yo de nuevo, esperando a que volviera la tranquilidad que me causaba el son al ir descubriendo mi isla como si nunca hubiera estado aquí, no quiero volver al sito donde todo terminó, a ese inmenso mar sin fin, me arrepiento, me resigno. Regresé a Cuba, a la vieja y alegre Cuba pero esta vez, para quedarme.

ESPECTRO SOSÍAS

Era increíble. Justo ahí, frente a mí se encontraba este individuo perfectamente idéntico a mí. Estaba tumbado en el suelo – lo vi llegar dando tropezones, en clara agonía- y aún tenía en su rostro el fantasma de una expresión de horror. Ese horror que sólo la muerte puede causar en alguien. A pesar del rostro crispado pude reconocer mis facciones en él, no podía estar seguro, pero estaba seguro de que tenía una estatura similar a la mía, incluso su barriga se asemejaba a la mía; idénticas complexiones.
Vaya escenario de película jalada, definitivamente jamás habría creído esto, pero me estaba sucediendo, y era real, muy real. Este tipo igualito a mí moría a mis pies, sí, confieso que había bebido un poco, pero de ninguna manera me estaba imaginando esto.
Mi “otro yo” estaba que daba pena, además de estar muerto, claro. Vestía ropas sucias y viejas, aunque iba bastante formal, por alguna razón. – Pobre cabrón – me dije, mira que venir a morir frente a un tipo idéntico a ti, seguro venía bastante mal pero el susto lo acabó de matar.
De pronto me asaltó una idea, una idea que solamente en circunstancias tan extraordinarias como éstas me pudo haber llegado. La verdad es que nunca había sido mamón ni dramático, pero este escenario de película me abrió una oportunidad, ¿oportunidad? , una completa locura, pero algo me decía que no era una coincidencia que mi doble viniera a morir a mis pies. Estas cosas no pasan porque sí, pensé.
No sé que me animó a hacerlo, tal vez el fervor del momento, o qué sé yo. Total, ¿quién me iba a extrañar? Mi esposa, lo dudaba, tal vez mis hijos, o eso esperaba. Mi padre hacía mucho había aprendido a olvidarse de mí, de mi madre ni hablar, pensé amargamente. Ahora lo sé, fue la duda lo que me llevó a cambiar identidades con este sujeto, y tal vez un leve deseo de escapar.
Volteé alrededor y no vi nada ni nadie, era tardísimo y ese sector de la ciudad era bastante solitario, tan rápidamente como pude le quité la ropa, - Estamos igualitos- no pude evitar pensarlo cuando examine con detenimiento a mi doble. En sus bolsillos encontré su cartera y unas llaves, las tome y procedí a desnudarme, rapidito porque hacía frío. Finalmente, y como pude, vestí al hombre, que empezaba a ponerse tieso, con mi ropa. Era yo, y estaba muerto, nadie lo dudaría, al verlo ahí tirado, estuve seguro.
En la cartera del doble encontré algunas identificaciones, y tarjetas de crédito, de esas platino de crédito ilimitado. Esto me desconcertó mucho, el andrajoso resulto no ser lo que yo pensé. Sus credenciales me dijeron quién era, Santino Torres Leyva. Me sonó muy familiar, para acabarla de chingar, el tal Santino tenía la misma edad que yo.
Encontré una dirección y decidí ir allí ¿qué más iba a hacer? Faltaban horas para que se supiera de mi muerte, además el hecho de que hubiera llegado solo a morir a un lugar tan abandonado en medio de la madrugada me dijo que probablemente vivía solo.
Me dirigí a la dirección del difuntito, en una buena colonia, de las más antiguas en la ciudad. Su casa no tenía número pero debía ser esa, una enorme residencia, que alguna vez debió reflejar opulencia al por mayor. Sin embargo ahora estaba abandonada, se veía tenebrosa, me acerque a la reja y como estaba abierta entré, la puerta principal abrió con una de las llaves que tomé, pasé con cautelo.
Era una pocilga, pero definitivamente alguien vivía ahí, había platos y algunos vasos sucios en los rincones. Los muebles estaban cubiertos con sábanas y había una gruesa capa de polvo en todo el lugar. El doble había mantenido su hogar olvidado, al igual que yo, aunque yo me largué de aquel hoyo en cuanto pude; él se quedó aquí y cavó un hoyo más profundo, o eso me pareció; no me gustaba pensar en asuntos familiares.
Con tremenda curiosidad, me dediqué a buscar algo que me dijera más sobre el misterioso Santino. No encontré nada en el primer piso, por lo que subí las escaleras hacia las habitaciones. Fue en el último cuarto, el más alejado de la escaleras, que encontré algo, mucho más de lo que esperaba.
Era un estudio, cubierto de polvo igual que el resto de la casa. Junto a la ventana, en una silla de piel se sentaba un viejo que, de primer momento, me pareció estar muerto. Esta imagen me hizo estremecerme de terror, y regresé apresuradamente a la puerta, entonces el viejo despertó. Estaba vivo y me miraba con desconfianza.
-¿Quién eres tú?- me gritó, notablemente alterado. Tuve miedo, pero me aferré en mi papel y contesté – ¡pues yo! Pareció reconocerme, y su semblante se suavizó. –Santi, regresaste, hijo- . ¡En la madre!, pensé, al parecer mi doble no había vivido en esta casa por un largo tiempo, y este viejo debía ser su padre.
Ahora el viejo pensaba que era su hijo que regresaba al hogar de la familia, -acércate, Santino, deja que tu viejo te mire bien-, pensé que quizá el viejo no tendría la mejor vista y reconocería en mi a su hijo. Me acerqué y repentinamente el viejo se altero de nuevo, - ¿Quién eres tú? ¡No te conozco! ¡Lárgate de mi casa! – me apresuré a la puerta, decidido a salir de ahí. Entonces escuche los sollozos del viejo, decir que estaba muy desconcertado es poco.
Volví la vista y noté que lloraba con profunda consternación, no pude dejarlo, nunca sabré porqué. De nueva cuenta me acerqué a él, esta vez extendió el brazo, quería darme algo. La impresión al ver lo que me ofrecía casi me hizo desmayar, en su mano reconocí un objeto que no había visto en décadas, desde que mi madre enfermara.
El crucifijo que sostenía el viejo era el mismo, estaba seguro. El tiempo no había pasado en vano y ahora estaba roto, pero era el mismo. Nunca olvidaría ese crucifijo, mamá me dejaba sostenerlo cuando algo me afligía, - no hay mal que Dios no cure, amor – siempre me decía, y siempre lograba tranquilizarme. Había amado a mí madre muchísimo. Nunca había logrado perdonarme por lo que pasó.
-Tómalo-, me dijo el viejo.- A ella le hubiera gustado que tú lo tuvieras -, fue en ese momento que miré bien al hombre.
Mi padre me miró también, las lágrimas llenaban sus ojos, aquellos ojos que fríamente me miraron abandonar mi casa a los 17 años. No había vuelto a ver esos ojos desde entonces, y aún no lo perdonaba, como sé que él jamás me había perdonado a mí, amaba a mi madre como nunca amó a nadie en su vida, eso todo el mundo lo sabía. Perdió las ganas de vivir cuando perdió a su esposa.
Pero entonces su mirada cambió de nuevo, me miro con furia y agresión - ¿Quién eres tú?, ¡Llamaré a la policía e irás a prisión por entrar a mi casa! ¿A caso no sabes quién soy? ¡Largo, vago! -, había perdido la razón, o la memoria, razón nunca tuvo.
Tomé el crucifijo de mi madre y salí de la casa.
Caminé aceleradamente, sin rumbo, los recuerdos regresaban y olvidé por completo lo ilógico y ridículo de lo que acababa de vivir. Mi pasado, el que había enterrado hacia tanto tiempo, salía de debajo de la tierra para abrazarme nuevamente. Percibí mis palpitaciones aceleradas y comencé a respirar con dificultad. Mientras más caminaba me atacaba un mareo que me provocó náuseas.
El crucifijo de mi madre casi me ardía en la mano, y en ese momento caí al suelo, aplastado por el peso del crucifijo, ¿o era la culpa lo que me aplastaba? Miré alrededor, la calle estaba vacía y nadie me podría ayudar allí, justo como nadie logró ayudarme a olvidar mi obscuro pasado. Viví negado, atrapado en mi propia culpa, fue eso lo que alejó a todos los que intentaron amarme: mi ex – esposa, mis hijos, mis amigos. Fue hasta ese momento que lo entendí.
Esta revelación me dio las fuerzas para levantarme, estaba mareado, y sentía mi corazón palpitar con violencia mientras seguía caminando, necesitaba ayuda. Ayuda para soportar esta carga, para librarme de la culpa por la muerte de mi madre, una ayuda que nunca antes me interesó buscar.
Fue entonces que a lo lejos vi a un hombre salir de un establecimiento, se dirigía a su auto, mi urgencia y desesperación me impulsó para acercarme a él. Notaba como mis pasos se hacían más lentos y el mareo ya casi no me permitía ver nada, el crucifijo cayó de mi mano. Me acerqué al hombre, que estaba de espaldas tratando de entrar a su vehículo, debió oír mi dificultad al respirar pues volteó a verme. Ayúdame, pensé al ver que volteaba, miré su rostro y me sentí caer, escuchando el último latido de mi corazón. Era yo.